Parte 1: el sábado que todo cambio.

5 0 2
                                        

Era sábado, día de paga en mi aburrido trabajo en la tienda de conveniencia

¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.

Era sábado, día de paga en mi aburrido trabajo en la tienda de conveniencia. Caminaba de regreso a casa con el uniforme aún puesto, las piernas cansadas y los hombros relajados, porque por fin tenía mi sueldo en el bolsillo. Lo acaricié con la mano, sonriendo sola: comida rica esta noche, pagar la renta antes de que me presionen, y quizás guardar un poquito para empezar a juntar algo. Ya era hora de tener un respiro.

En la acera, más adelante, vi a un niño pequeño con anteojos un poco torcidos y el cabello revuelto, como si una vaca lo hubiera lamido de arriba abajo. Iba saltando, contando los pasos con alegría, ajeno a todo. Yo caminaba despacio, así que pronto me adelantó.

Lo vi reír y brincar... hasta que de pronto frenó en seco, como si algo lo hubiera jalado por dentro. Se apretó el vientre con ambas manos, cruzó las piernas temblando y apretó los labios. No pudo aguantar más.

Se puso rojo como un tomate, bajó la mirada y susurró apenas:
-¿Me ayudas, por favor? Me ensucié...

-¿De qué hablas? -pregunté, acercándome sin entender-. ¿Cómo te ayudo, pequeño?

Él hundió más la barbilla en el pecho, la voz casi un hilo de aire:
-Se me escapó todo... los calzoncitos... los pantalones... -se le quebró la voz-. No sé qué hacer, me da vergüenza...

Me quedé confundida, sin saber bien qué sentir, pero vi cómo le temblaban las manos y supe que no podía dejarlo así. Me arrodillé a su altura, le sonreí suave y le pedí el número de su mamá. Lo dió con voz temblorosa y llamé de inmediato; no vivía a más de dos cuadras.

Mientras marcaba, sentí un escalofrío. Algo oscuro y lúgubre estaba a mi lado, como una sombra que no debería estar ahí. Giré la cabeza bruscamente, pero no había nada. Solo el sol de la tarde y el niño con la mirada fija en el suelo.

Llegó su mamá corriendo, despeinada y sin abrigo. Lo abrazó fuerte, me dio las gracias varias veces con los ojos llorosos y se lo llevó, cubriéndolo con su propia chaqueta. Los vi alejarse y luego seguí a mi casa, con una sensación extraña en el pecho, como si algo se hubiera roto en el aire.

Esa noche no logré quedarme en el departamento. Salí a caminar, buscando cualquier cosa que me distrajera: luces, gente, ruido... pero todo se sentía lejano. De pronto, el mundo se volvió silencioso. Sentí que me desprendía de mi cuerpo, ligera como el viento. Al mirar hacia atrás, vi mi propia figura tendida en el pavimento, inmóvil, con los ojos entreabiertos.

Una luz cálida y brillante apareció frente a mí, tan hermosa que me hizo olvidar el miedo. Ya es mi hora, pensé, y avancé hacia ella con resignación, lista para descansar. Pero antes de llegar, una figura alta, de un tono violeta oscuro como la noche antes de la lluvia, se interpuso en mi camino. Negó con la cabeza lentamente y luego abrió un libro o lista inmensa, pasando páginas que no se acababan.

-¿Quién eres? -pregunté con voz temblorosa.

Me señaló con un dedo largo y sombrío, luego hizo señas claras: no podías pasar. No hablaba, solo se comunicaba así.

-¿Eres la muerte? -negaron con la cabeza-. ¿No puedo ir a la luz porque no era mi momento? -asintieron.

Comprendí entonces con un frío que me atravesó: había muerto por error. Regresé de prisa hacia mi cuerpo, intenté entrar, volver, respirar... y nada. La figura violeta pareció sonreír, como si mi esfuerzo fuera algo gracioso.

Llegaron las ambulancias. Vi cómo me revisaban, cómo sacudían la cabeza. Uno de los paramédicos tomó mi reloj de la muñeca:
-Ya no lo va a necesitar -dijo, y lo guardó.

Me sentí pequeña, olvidada, injustamente borrada. Me acerqué a la figura:
-¿Y yo qué? No puedo trascender, ni volver... ¿qué será de mí?

Me hizo señas para que la siguiera. Caminamos por un lugar que no era cielo ni infierno, hasta llegar a una habitación blanca y silenciosa de hospital. En la cama estaba el niño, inmóvil, pálido, con los anteojos puestos sobre la mesa de noche.

La figura habló por fin, una voz profunda y tranquila:
-No soy la muerte. Soy quien corrige los errores. Tu muerte no debió ocurrir. Quien debía partir era él.

-Entonces tómame a mí -dije sin dudar-. Yo ya viví cosas. Él apenas empieza. Doy mi vida por la suya.

-No es tu decisión -respondió ella, firme-. Las reglas no se negocian. Así se hará, aunque parezca injusto.

Me callé, pero el pensamiento me quemó por dentro: ¿Injusto? Esto es cruel... me han borrado por equivocación. Solo pregunté:
-¿Qué me toca hacer entonces?

Sonrió con una mueca burlona:
-Volverás a la vida. Pero en su cuerpo. No hay otro disponible. Lo siento. Así es la vida... y la muerte.

-¿Cómo murió? -pregunté, acercándome a la cama-. No tiene golpes, no parece enfermo.

-Le dijeron que tenía gastroenteritis y deshidratación -respondió la figura-. Su corazón se detuvo del susto.

-Pero eso se cura -dije-. No era para tanto.

La figura me rodeó con su sombra:
-Tú lo sabes. Él no sabía qué significaba esa palabra.

Tocó mi frente con un dedo frío:
-Olvidarás todo esto. Nadie debe saber cómo es cruzar.

Me empujó suavemente hacia la cama. Sentí un tirón fuerte, como si me jalara hacia adentro, una luz que me envolvió... y todo se apagó.

Desperté mareada, con la cabeza dándome vueltas. Estaba en una cama pequeña, con sábanas de dibujos, en una habitación llena de juguetes y colores suaves. Me toqué la cara: manos pequeñas, brazos delgados, todo diferente. No grité, no lloré; solo me quedé mirando, sin entender, hasta que el sueño me venció de nuevo.

 No grité, no lloré; solo me quedé mirando, sin entender, hasta que el sueño me venció de nuevo

¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.

Cuando desperté de nuevo, la habitación estaba más clara. Entró una enfermera joven, sonriente:
-¡Buenos días, Azumi! ¿Cómo amaneció nuestro valiente?

Miré a todos lados. No había nadie más.
-¿A mí? -susurré, con una voz que no era la mía, aguda y fina.

Ella se rio suave y me acomodó la almohada:
-Claro que a ti, chiquitín. Hoy es miércoles, hace tres días que llegaste y hoy te vamos a dar de alta. ¡Qué alegría!

Tres días. Yo recordaba que era sábado. Aquí el tiempo no corre igual. Me quitó el suero y me ayudó a levantarme. Mis pies tocaban el suelo y se sentían ajenos. Caminé despacio, sintiendo cada paso nuevo, extraño. No recordaba cómo llegué aquí, solo la noche, las luces, la sensación de caer.

-¿Me siento bien? -pregunté, sin saber qué más decir.

-Perfectamente -me aseguró ella-. Ya estás listo para volver a casa con mamá.

Asentí, sin saber qué esperar. Salí al pasillo, las manos pequeñas aferradas a la sábana que me envolvía, y supe que nada volvería a ser como antes.

El Error Y El Nuevo Inicio.Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora