La Soledad

39 3 2
                                        

Madrugada

Oops! This image does not follow our content guidelines. To continue publishing, please remove it or upload a different image.

Madrugada.

Las noches en Madrid eran sumamente crueles con Julián. O al menos eso era lo que pensaba cuando la brisa fresca de la madrugada hacía ecos entre las paredes de su hogar.

Julián pensaba que nada podía empeorar y, sin embargo, empeoraba. Un sinfín de noches pasó en vela, esperando y esperando hasta que los ojos se le cerraban del cansancio. Se preguntaba qué había pasado, qué cosas tendría que haber cambiado en un pasado para poder tener un presente mejor.

Pero el temor al arrepentimiento era más fuerte que él.

Le dolía más que a nadie este punto sin retorno al que habían llegado los dos, una burla hostil del destino que les gritaba en la cara lo poco que lograron para lo mucho que lucharon. Por las noches la soledad desesperaba, dolía, angustiaba. Carcomía como la lava de un volcán, sin parar, hirviendo y destruyendo todo a su paso. Era compartir una vida con alguien que al caer la noche se volvía inalcanzable. Que pese a correr y correr y correr se disolvía al instante en el que su mano le tocaba las puntas de sus dedos.

Luchaba contra la idea de romper todo y abandonar ese juego de tira y afloje en el que habían caído los dos. No quería hacerlo, Julián no quería abandonar a nadie. Y tampoco sabía cómo.

Suspiró una vez más limpiándose los rastros de las lágrimas. Su corazón temblaba pensando en lo solo que se sentía. La autocompasión lo estaba desmoronando lentamente, noche tras noche. El vacío a su lado se sentía cada vez más pesado y el calor del abrazo que en la juventud supo curarlo hoy lo estaba matando. Se preguntaba dónde estaba, qué es lo que hacía, por qué lo abandonaba. Tenía miedo, miedo de que siempre sea igual y miedo de que se acabe. Porque sabía que si se acababa, la soledad que hoy sentía como momentánea iba a transformarse en algo permanente.

La luz del celular, que yacía en la mesita de luz al lado de su cama, alumbró todo el cuarto que permanecía en oscuridad absoluta, iluminado únicamente por la luna llena que se hacía presente una vez más como su única compañía, siempre fiel, siempre cálida. Ocultado artificialmente el frío que dejaba él cada vez que se marchaba.

Julian lo agarró con prisa pensando que tal vez, solo tal vez, era quien quería que sea. Arrepentido, quizá.

No fue sorpresa para nadie que el mensaje fuera de su amigo, Giuliano.

Julian lloró al leer "¿cómo estás?" 

Una simple pregunta lograba romperle el corazón en mil pedazos. ¿Hace cuánto su pareja no le preguntaba eso?  Está bien, Giuliano siempre se ocupó de él. Siempre estuvo ahí en el pasado y también ahora en el presente. No es justo tampoco comparar a su pareja con alguien que es como su hermano. Pero, dios, Julián deseaba que esa preocupación tan sincera que le daba Giuliano se la diera su novio. ¿Cuánto más podía soportar? ¿Cuánto más podía anhelar? Julían quería que su pareja lo mire con amor, con cariño, con devoción... así como lo miraba él. Necesitaba sus abrazos, sus caricias. Quería que lo abracen por las mañanas y que le sequen sus lágrimas por las noches. No quería sentirse un estorbo, un insoportable ni un necesitado.

donde Madrid duele menos - giulianStories to obsess over. Discover now