**Capítulo 2: La distancia se rompe**
La videollamada se cortó de golpe. Sin previo aviso, la pantalla se quedó en negro y el último atisbo de la habitación oscura de Wakasa en Tokio desapareció. Miré el celular con el ceño fruncido. No era la primera vez que pasaba; sabía perfectamente que estar metido en el mundo de las pandillas implicaba que las situaciones se ponían violentas o urgentes en cuestión de segundos. Dejó el teléfono sobre la cama, suspirando con una mezcla de frustración y la habitual adrenalina que me mantenía en vilo desde que habíamos empezado a salir.
Los días siguientes transcurrieron con una extraña pesadez. Los mensajes que le enviaba tardaban horas en llegar o quedaban en visto, algo inusual incluso para él. La preocupación empezó a carcomerme por dentro, superando cualquier lógica. Estaba a miles de kilómetros, en Lincoln, sintiendo que mi vida cotidiana en la tranquilidad de la provincia de Buenos Aires me quedaba chica, mientras mi cabeza estaba en las calles de Shibuya.
Fue un martes a la tarde cuando mi celular vibró con insistencia sobre la mesa. No era una notificación común de WhatsApp. Era un correo electrónico con una confirmación de vuelo internacional emitida a nombre de Abigail González, con destino directo al Aeropuerto Internacional de Haneda, en Tokio. Y, justo debajo, un mensaje de texto de un número desconocido que solo decía: *"Te compré el pasaje. Dejá de dar vueltas y vení a cuidarme de una vez, Abi"*.
El corazón me dio un vuelco en el pecho. Wakasa no solo estaba bien, sino que había decidido cruzar la línea definitiva para acortar la distancia entre nuestros mundos. Con 19 años, la idea de armar las valijas y dejarlo todo para volar hacia el caos de Japón era una locura absoluta, pero en el fondo era exactamente lo que había estado esperando desde el día en que le di *match* a ese delincuente de ojos lilas en la aplicación de citas. Tomé el teléfono, respiré hondo y comencé a organizar mi partida.
