**Capítulo 1: Distancias, pantallas y miradas peligrosas**

El reflejo de la pantalla del celular iluminaba por completo mi habitación en Lincoln. Eran altas horas de la madrugada y, mientras afuera las calles de la provincia de Buenos Aires descansaban en un silencio absoluto, del otro lado del mundo, en Tokio, la vida se movía a un ritmo salvaje y caótico.

Todo había empezado semanas atrás, casi como una broma del destino o un experimento de madrugada en una aplicación de citas internacional. Entre perfiles vacíos y chicos comunes, lo había encontrado a él: **Wakasa Imaushi**. Su perfil decía que vivía en Tokio, que tenía esa mirada aburrida y pesada, y un estilo que gritaba peligro. Lo supe desde el primer momento; no hacía falta ser una genio para darse cuenta de que no era un chico de oficina, sino un delincuente en toda regla, alguien envuelto en pandillas y peleas callejeras. Y, extrañamente, eso fue lo único que no me espantó. Le di *match* sin dudarlo.

De los mensajes fríos pasamos a las videollamadas interminables. A pesar de las horas de diferencia, los husos horarios cruzados y los doce mil kilómetros que nos separaban, nos habíamos vuelto inseparables. Él se burlaba de mi acento argentino cuando intentaba hablar en inglés o me ponía apodos, y yo le aguantaba las mañas, fascinada por ese aura oscura que lo rodeaba y que él apenas disipaba con una sonrisa perezosa de lado. Con 19 años, yo sabía perfectamente dónde me estaba metiendo, pero la adrenalina de estar con alguien como Wakasa era un imán del que no quería escapar.

—¿Te vas a quedar dormida mirando el techo otra vez, Abi? —su voz ronca y pausada sonó a través de los auriculares, sacándome de mis pensamientos.

En la pantalla, Wakasa aparecía recostado en algún rincón oscuro de Tokio, con una marca morada en el pómulo y un rastro seco de sangre en la comisura de los labios. Había tenido otra pelea esa noche; las gavillas, los territorios y los enfrentamientos de la *Tokyo Manji* o leyendas vivas como él siempre encontraban un motivo para desatar el caos.

—No estoy dormida, Waka —respondí con una sonrisa, cruzándome de brazos frente a la cámara de mi teléfono—. Solo pensaba en lo ridículo que es esto. Yo acá, en medio del campo argentino, y vos ensangrentado en la otra punta del planeta como si fueras el dueño de Japón.

Wakasa soltó una pequeña risa seca, acomodándose el cabello bicolor y clavando esos ojos lilas y cansados directamente en la cámara, como si pudiera atravesar la pantalla y tocarme.

—Deja de hablar tanto y vení a curarme vos si tanto te molesta verme así —respondió con esa suficiencia que tanto lo caracterizaba.

No sabía cómo, ni en qué momento el universo se había empeñado en cruzar nuestras vidas tan opuestas, pero lo que estaba a punto de pasar iba a cambiar las reglas del juego para siempre.

la novia de Wakasa es de Lincoln?!Stories to obsess over. Discover now