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Lando Norris no recordaba exactamente cuál había sido la primera vez que vio a Oscar Piastri.

A veces pensaba que lo conocía desde siempre.

Sus casas estaban una frente a la otra desde mucho antes de que cualquiera de los dos pudiera entender lo que significaba tener un vecino. Sus padres se conocían, sus familias se habían saludado incontables veces y, durante años, sus vidas habían transcurrido prácticamente una al lado de la otra.

Cuando eran pequeños, no existían los sentimientos complicados.

No existían las universidades, los exámenes, las responsabilidades ni las preocupaciones que tendrían años después.

Solo existían dos niños que vivían frente a frente.

Lando tenía unos seis años cuando Oscar llegó con su familia.

Recuerda haber estado jugando en el jardín cuando vio un automóvil detenerse frente a la casa de enfrente.

Su curiosidad infantil hizo que dejara inmediatamente lo que estaba haciendo.

Se acercó a la ventana.

Había cajas.

Muchas cajas.

Una mujer entraba y salía de la casa cargando algunas cosas, mientras un hombre intentaba organizar todo.

Y entonces apareció un niño.

Llevaba una camiseta demasiado grande y sostenía un pequeño juguete entre las manos.

Lando lo observó durante unos segundos.

El niño miró hacia su casa.

Sus ojos se encontraron.

Lando se escondió inmediatamente detrás de la cortina.

No sabía por qué.

Solo le dio vergüenza que lo descubrieran mirando.

Unos segundos después volvió a asomarse.

El niño seguía ahí.

Esta vez sonrió.

Lando no pudo evitar devolverle la sonrisa.

Aquello fue todo.

Su primer encuentro.

Sin palabras.

Sin presentaciones.

Sin imaginar que aquel niño terminaría siendo una de las personas más importantes de su vida.

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Los primeros años fueron sencillos.

Sus familias comenzaron a relacionarse cada vez más y, eventualmente, ellos también.

Al principio no eran exactamente amigos.

Eran simplemente los dos niños que vivían enfrente.

Si uno salía al jardín, el otro probablemente terminaba apareciendo.

Si uno jugaba afuera, el otro preguntaba si podía unirse.

Y si alguno tenía algo nuevo, inevitablemente terminaba enseñándoselo al otro.

Lando era el más hablador.

Oscar era más tranquilo.

Esa diferencia se hizo evidente desde el principio.

-¿Quieres jugar?

-Sí.

-¿A qué?

Oscar se encogía de hombros.

EN SECRETO - LandoscarHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora