EL HOMBRE LINEAL
Curtis Logan
a Rongny y Leonydax por animarme a terminarla
Parte UNO.
2777 DC
Refugio. Lugar Desconocido.
La luz verde del LED parpadeó una última vez antes de transmutarse en un rojo fijo y ominoso. Un bip constante, agudo como un grito de alarma, llenó la habitación. Jolan observó a su amigo, Agnor, tendido en la cama donde había estado postrado durante años, conectado a un laberinto de cables, tubos y máquinas que mantenían su cuerpo envejecido con vida artificial. Bombas de oxígeno, inyecciones intravenosas, nutrientes sintéticos y cócteles de medicamentos fluían hacia su organismo, sosteniendo lo que ya no era más que un cascarón humano. El bip dejó de sonar, y Jolan levantó la vista justo a tiempo para ver cómo cubrían a Agnor con una sábana blanca.
—Ha muerto —anunció la voz fría y metálica del androide médico.
Jolan sintió una agradable sensación de relajación en todo su cuerpo. Sabía que aquello era producto del cerebro electrónico que regulaba el exoesqueleto al que estaba unido y que lo mantenía vivo. Aquella especie de simbionte cibernético, pensó, que le permitía realizar todos los movimientos que necesitaba en su vida diaria e inyectaba las vitaminas, hormonas y fluidos que su organismo requería para funcionar correctamente, pese a la edad biológica que tenía. Sonrió irónicamente. A pesar de sus casi tres siglos de vida, seguía resistiéndose a morir. La única diferencia con su viejo amigo era que este había decidido no seguir viviendo, mientras que Jolan se aferraba a la existencia. Y ahora estaba solo. O al menos, así lo sentía.
—No es cierto —dijo en voz alta—. No estoy solo. También están los Ancianos.
—Sí, Ciudadano J88 —dijo el androide médico—. También estoy yo. Y en este edificio hay muchas otras unidades de asistencia.
—Ya lo sé, 65B —lo interrumpió Jolan—. Solo pensaba en voz alta.
La puerta de la habitación se abrió con un siseo, y entraron dos androides idénticos a 65B, de forma humanoide, con líneas suaves y minimalistas, construidos con aluminio anodizado y fibra de carbono, de acabados plateados, blanco mate y detalles en azul luminiscente. Sólo los diferenciaba el número en letras escarlatas en su pecho.
"Debo verme igual que ellos", pensó Jolan. No recordaba cuándo había sido la última vez que se había mirado en un espejo.
Los androides terminaron de desconectar el cuerpo de Agnor de su exoesqueleto y lo amortajaron. Luego lo tomaron con delicadeza por los hombros y los pies y salieron de la habitación. Jolan sabía adónde lo llevaban.
—Los hornos atómicos —susurró. Pero ya no había nadie para escucharlo.
En aquellos hornos terminaba todo el material orgánico e inorgánico que no se pudiera reusar. Jolan se encogió de hombros. Por un momento, se sintió abrumado al darse cuenta de que él, y los cien ancianos que habitaban aquella edificación, eran lo último que quedaba del género humano. Ciento un ancianos varones. Sin ninguna mujer. En uno de los laboratorios del séptimo piso, en nichos gélidos, millones de embriones humanos esperaban ser introducidos en las probetas para iniciar su crecimiento.
Durante años, tanto Agnor como muchos otros se habían negado a traer nuevos seres humanos a ese mundo. Jolan apretó los puños con furia.
—La humanidad es un fracaso —dijo amargamente, con la voz cargada de desesperación y los ojos fijos en el vacío.
Les había bastado una década para convertir la Tierra en una roca podrida y estéril. Después de cientos de años de conflictos menores, se desató uno de los mayores enfrentamientos bélicos a nivel mundial, solo comparable a las guerras del siglo XX, ocurridas más de seis siglos atrás.
YOU ARE READING
EL HOMBRE LINEAL
Science FictionAño 2777. La Tierra es una roca radiactiva y estéril. En las profundidades de un refugio subterráneo rodeado de androides y máquinas de soporte vital, Cristopher Jolan (J88) es uno de los últimos hombres sobre la faz del planeta. Con casi tres siglo...
