Prologo

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Hay ausencias que terminan.

Otras aprenden a vivir dentro de una casa.

Se acomodan en una silla vacía, en un lado de la cama que nadie vuelve a ocupar, en una taza que ya no se sirve. Se quedan en las conversaciones que no ocurren y en las puertas que una parte de nosotros sigue esperando escuchar.

María José Garzón llevaba tres años viviendo con una de esas ausencias.

Tres años aprendiendo a seguir adelante sin aceptar del todo que estaba avanzando.

Había vuelto al trabajo.

A las reuniones.

A los vuelos.

A los números.

A esa versión de sí misma que sabía tomar decisiones antes que todos los demás y que rara vez permitía que alguien la viera dudar.

Desde afuera, parecía haber sobrevivido.

Desde adentro, no estaba tan segura.

Porque algunas noches todavía despertaba con la certeza de que alguien debía estar a su lado.

Algunas mañanas todavía encontraba cosas que no había sido capaz de mover.

Y algunos días, sin ninguna razón aparente, una memoria pequeña conseguía atravesarla con más fuerza que cualquier aniversario.

Había dejado de esperar milagros.

O al menos eso se decía.

Había dejado de hacerse preguntas imposibles.

O al menos lo intentaba.

Había aprendido a vivir con una historia interrumpida.

Lo que María José no sabía era que el pasado no siempre permanece donde uno lo entierra.

A veces regresa.

No de la forma correcta.

No en el momento esperado.

Y casi nunca devuelve exactamente lo que se llevó.

Porque hay amores que sobreviven a la distancia.

Otros sobreviven al tiempo.

Y algunos tienen que enfrentarse a algo mucho más cruel:

ser recordados por una sola persona.

Esta historia empieza ahí.

Donde todavía estás Stories to obsess over. Discover now