Prólogo

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‎Vivimos rodeados de juicios rápidos. Es la naturaleza humana: vemos una fachada impenetrable, una mirada distante o un silencio prolongado, e inmediatamente asumimos que conocemos toda la historia. Nos resulta cómodo etiquetar a los demás para no correr el riesgo de intentar comprenderlos. Construimos murallas alrededor de lo que no entendemos y llamamos «arrogancia» a la simple prudencia ajeno.
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‎Hay historias que empiezan con la cotidianidad de un apartamento compartido, con el bullicio de la rutina y la falsa seguridad de creer que conocemos el mundo que nos rodea. Pero basta un solo instante -un nombre asignado en una lista, una obligación compartida, un proyecto inesperado- para que los cimientos de esa tranquilidad comiencen a agrietarse.
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‎Ayleen Cavalier y su grupo entendían el mundo bajo estas reglas simples. Su rutina era cómoda, compartida entre las paredes de un apartamento lleno de vida, donde el futuro parecía predecible y los límites de su universo estaban bien trazados. Al otro lado de la balanza existían ellos: los hermanos Marín. Vivianne y Demian, dos figuras distantes, envueltas en el halo de misterio que la gente suele interpretar como frialdad. Impertérritos, perfeccionista, selectivos y celosos de su espacio, eran el tipo de personas a las que todos observan pero nadie se atreve a tocar.
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‎Pero las certezas son frágiles. Basta un instante -un proyecto imprevisto, una mesa compartida, una obligación académica- para que el cristal a través del cual miramos el mundo comience a resquebrajarse.
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‎Sin embargo, la cercanía forzada tiene una forma peculiar de derribar máscaras.
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‎Al cruzar esa línea, Ayleen no solo descubrirá que las etiquetas sociales suelen ser un refugio para los prejuicios, sino que la distancia de los Marín no responde al orgullo, sino a la supervivencia. La tensión inicial pronto da paso a una complicidad inevitable y, entre Ayleen y Demian, a una chispa que desafía cualquier lógica previa. Lo que comenzó como un pacto forzado de convivencia reveló matices insospechados, miradas que hablaban más de la cuenta y una conexión silenciosa con Demian que pronto desafiaría la lógica de su entorno
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‎Detrás de cada mirada reservada hay una razón; detrás de cada regla estricta, un peligro latente. El verdadero problema de derribar un muro no es lo que encuentras del otro lado, sino descubrir por qué se construyó en primer lugar.
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‎Te sugiero que no te acomodes demasiado en las primeras impresiones. Prepárate para dudar de cada mirada, de cada silencio y de cada verdad a medias. Porque cuando cruces esta página, comprenderás la regla principal de esta historia:
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‎Acompaña a Ayleen en este trayecto, pero avanza con cautela porque en esta historia, querido lector, nada es lo que parece.

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