Adhara
El limpiaparabrisas marcaba un ritmo constante, barriendo una fina capa de llovizna que parecía no terminar nunca. Al otro lado del cristal, el paisaje no se parecía en nada a lo que había dejado atrás en Venezuela: no había montañas imponentes de vegetación salvaje ni el calor sofocante del trópico. En su lugar, solo se extendía una marea infinita de colinas de un verde casi irreal, divididas por viejos muros de piedra gris y arbustos tupidos.
Apoyé la frente contra la ventana fría y solté un suspiro lento, empañando el cristal con mi propio aliento. Dibujé una línea distraída con la yema del dedo sobre el vapor antes de volver a mirar hacia afuera. El motor del auto nuevo de mi padre aminoró la marcha al abandonar la carretera principal para adentrarse en un camino estrecho de asfalto húmedo. A medida que avanzábamos, los árboles del bosque de Wexford empezaron a cerrar el cielo como un techo denso de hojas oscuras.
-¿Ya casi llegamos? -Pregunto la voz de Ian a mi lado, por decimoquinta vez en las casi ocho horas que llevábamos de trayecto.
Mamá solo se limitó a asentir hacia mi hermano dedicándonos una radiante y feliz sonrisa, tratando de transmitir una calma que yo no terminaba de sentir. Odiaba esta decisión. Hacía ya casi dos meses que mis padres nos lo habían contado a mi hermano y a mí, y yo seguía sin aceptarla, es peor que la noticia de cuendo se separaron.
Me ajusté la chaqueta, saqué el teléfono del bolsillo y cambié de canción en la lista de reproducción. Ninguna melodía lograba encajar del todo con la mezcla de melancolía y nervios que llevaba atrapada en el pecho desde que despegó el avión. Mi padre había conseguido ese nuevo trabajo con el que tanto soñó y, de la noche a la mañana, nuestra vida al otro lado del océano había quedado en pausa. Sé que debía sentirme feliz por él, pero no quería dejar todo atrás: mis mejores amigos, a Justin y mi vida entera, solo para venir aquí. Aún no era mayor de edad para haberme quedado sola, y como no conseguí que mis padres aceptaran que me quedara a vivir con Mari y mis tíos sus padres, no me quedó más remedio que aceptar ser arrastrada hasta este lugar.
Cuando el coche giró hacia un pequeño camino de gravilla blanca que crujió con fuerza bajo las ruedas, por fin la vi: una casa de piedra maciza, con marcos de madera blanca en las ventanas y un hilo sutil de humo saliendo tranquilamente por la chimenea.
La casa del abuelo.
El motor se apagó y un silencio casi sagrado envolvió el habitáculo, roto solo por el golpeteo suave de la lluvia sobre el techo.
-Llegamos, niños -murmuró mamá, mirándome específicamente a mí por el retrovisor.
Desabroché el cinturón de seguridad y abrí la puerta. El aire helado de la tarde me golpeó el rostro de golpe, trayendo consigo un olor profundo a tierra mojada, pino y leña quemada. Era un olor completamente nuevo, pero que extrañamente me hizo sentir cobijada.
La puerta principal de la casa se abrió de par en par antes de que pusiéramos un pie en el porche. Ahí estaba él. El abuelo lucía su infaltable suéter de lana gruesa y esa sonrisa cálida que arrugaba la comisura de sus ojos. Apenas cruzamos las miradas, el frío de Wexford pareció desaparecer por un segundo.
-¡Familia! -exclamó con esa voz profunda y familiar que tanto había extrañado escuchar sin la interferencia de una pantalla.
No me importó la llovizna ni la gravilla resbalosa. Corrí los pocos pasos que nos separaban y me refugié en su abrazo. El abuelo me apretó con fuerza, transmitiéndome esa firmeza que siempre lo caracterizaba.
-Por fin estás aquí -susurró sobre mi cabello, dándome palmaditas suaves en la espalda-. Bienvenida a tu nueva casa, mi angelito.
Al separarnos, me tomó del rostro con sus manos ásperas y llenas de historia, examinándome con infinito cariño. Sabía que dejar mi país, mis amigos, mi novio y mi rutina no iba a ser fácil, y que este trozo de tierra rodeado de bosque y carreteras estrechas era un mundo entero por descubrir. Pero al mirar la luz cálida que salía por la puerta abierta y el abrazo sincero de mi abuelo, entendí que este no era solo el lugar del trabajo de papá.
