Lucas intenta entablar conversación con "el chico tímido de la sala de espera" para mostrarse simpático. Darío responde con monosílabos, interpretándolo como un intento torpe de sacarle una foto o pedirle un autógrafo
¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.
POV'S DARÍO
Para Darío, el mundo funcionaba mucho mejor cuando las cosas tenían un orden matemático. Noventa minutos divididos en dos tiempos de cuarenta y cinco. Un pase entrelíneas a tres metros de distancia. Tres pasos largos antes de acomodar el cuerpo y patear con el borde interno del pie derecho.
El fútbol era predecible si sabías leer el espacio. La gente fuera de la cancha, no. La gente afuera era un ruido constante de estímulos indescifrables, expectativas sociales que lo agotaban y micrófonos metidos en la cara después de cada partido en el Estadio Monumental. Por eso, los martes y los jueves a las 17:50 horas, el centro de rehabilitación en Vitacura era su refugio.
Bueno, lo era hasta hacía un par de semanas.
Darío estaba sentado en el sillón de la esquina de la sala de espera, con las manos metidas en los bolsillos de su polerón holgado y la capucha casi cubriéndole los ojos. Su entrenamiento con el plantel de honor de Colo-Colo había terminado a las cuatro. Se había duchado en el vestuario, evitando la cháchara ruidosa de sus compañeros, y se había ido directo al consultorio. Le gustaba ir a buscar a Matías, su hermano mayor, para desahogarse un rato antes de volver al departamento. Matías era terapeuta ocupacional e integrador neurodivergente, y era una de las tres personas en el mundo a las que Darío no necesitaba explicarles por qué a veces no podía sostener la mirada por más de dos segundos.
Ajustó su espalda contra el respaldo y respiró. Faltaban tres minutos para las seis de la tarde.
En su cabeza, comenzaba la cuenta regresiva. Tres, dos, uno...
La puerta de cristal de la entrada principal se abrió y el timbre sonó con un bip agudo. Darío tensionó los hombros sin querer. Ahí estaban.
Entró el chico de unos veinte años, alto, de pelo algo despeinado y polera ancha, sosteniendo con suave firmeza la mano de un niño pequeño. El niño tendría unos seis años, caminaba mirando obsesivamente sus propias zapatillas y llevaba una mochila con forma de dinosaurio.
Darío se los quedó mirando por debajo de la capucha. Eran un patrón. Durante las últimas cuatro semanas, los martes y los jueves, a las 18:00 en punto, el chico y el niño cruzaban esa puerta. Entraban, hablaban brevemente con la recepcionista y el pequeño ingresaba al box de atención número cuatro. Cuarenta minutos después, salían. Darío los veía exactos tres minutos al entrar y tres minutos al salir.
Para su mente autista, ese patrón era extrañamente reconfortante. Le daba estructura a su tarde. Sabía qué esperar. Pero por otro lado... había algo en la forma en que el chico mayor lo miraba que le provocaba un nudo en el estómago.
El chico de la polera ancha caminó hacia el mostrador, pero antes de hablar con la recepcionista, sus ojos recorrieron la sala de espera y se fijaron directamente en la esquina donde estaba Darío.