La curiosidad ante lo desconocido

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Hadrien podía escuchar los lamentos de Samantha por detrás de la puerta. Cada que la chica agudizaba el llanto, sentía el pecho apretujado, cerraba los puños y respiraba con dificultad. La frustración crecía en su interior, como un burbujeo ácido desde el estómago, a punto de traspasarle el tracto.

Ella no merecía eso. Ni sus padres. Nadie.

Si era la voluntad de dios, ¿por qué los castigaba?

Su familia estaba compuesta por creyentes. No eran pecadores como los que el sacerdote describía, esos llenos de vicios y pensamientos malévolos en contra del Señor. Hadrien y su padre se dedicaban a la caza, principalmente, y al cultivo del trigo. Vendían los sobrantes en los mercados locales para abastecerse de arroz, semillas, verduras, mantas y otro tipo de necesidades. Su madre era una mujer de casa, amable, atenta, que le enseñaba todo lo necesario para alimentarse y vivir. Y Samantha era la niña más radiante y dulce que había conocido. Era su confidente de juegos y la razón para sonreír cada día. No eran personas que le desearan el mal a otros.

Respiró profundamente, frustrado, y se encaminó al extremo contrario del pasillo. No había manera de calmar el llanto de su hermana, no sabía de qué manera ayudarla.

Llegó a la pequeña sala donde había una mesa rectangular junto a una estufa de brasero metálico y desgastado, tomó un abrigo grueso del perchero incrustado en la pared cercana a la puerta y salió. Cruzó las hortalizas marchitas, mientras la nevada iniciaba con un aire lento y gélido.

Todos los caminos rumbo a las praderas estaban cubiertos de una capa blanca, el agua de los lagos y riachuelos se enfriaba cada vez más, a punto de congelarse. Los animales silvestres, que aparecían de vez en cuando de entre los límites del bosque, buscaban refugio y se preparaban para sobrevivir el invierno.

La casa de la familia Sampson no era la única que relucía por la blancura, el resto del poblado tenía los tejados blanquecinos y los jardines y los senderos empedrados ocultos.

En la plaza central, los pueblerinos se hallaban reunidos, por la situación que acababa con sus vidas día con día. Gritaban e imploraban desesperadamente. Sus rostros transmitían un martirio que parecía acompañar la extrañeza de la villa, pues los mercados estaban cerrados, las calles parecían abandonadas; barriles, cajas y carritos de mulas se encontraban arrumbados a los costados. Era como si estuvieran resignados a continuar.

El chico se acercó a la multitud, con la intención de descubrir el plan de los líderes, o escuchar alguna buena noticia para salvar a los enfermos.

La plaza mayor tenía una estructura de madera sobresaliente en forma de escenario tableado, entre dos edificios altos y grises, de arquitectura gótica y ostentosa, con ventanales hermosos y gárgolas en forma de criaturas bíblicas y crucifijos. Uno era la iglesia, el símbolo más importante de los fieles. El otro, el palacio de gobernación. Ambos eran el faro de iluminación cuando se trataba de la ley, la justicia y la toma de decisiones.

Con cada minuto que transcurría, la muchedumbre se mostraba más alterada. Portaban antorchas, para aluzar entre la niebla y las sombras del atardecer, mientras pronunciaban plegarias de angustia y alaridos de ira. La desesperanza se entremezclaba con el dolor en sus rostros lagrimosos. Algunos estaban paralizados por el tormento incesante, cansados de ver a sus seres queridos perecer sin explicación aparente. Nadie podía comprender qué ocurría de verdad.

—¡Esto no puede seguir así! ¡Mis hijos están en cama! ¡Ni siquiera pueden levantarse! —gritó uno de los hombres de la primera fila, de barba pronunciada y mirada pesarosa.

—¡Mi esposo tampoco ha podido salir de cama! ¡Y ha comenzado a vomitar sangre! ¡Por dios! —agregó una mujer de los costados, con un pañuelo en la mano para limpiarse las lágrimas.

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