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Mondstadt estaba patas pa arriba últimamente con el inminente regreso de Varka a Mondstadt y de todos los caballeros que se llevó consigo. Aunque había júbilo y expectativa, también con eso venían las preocupaciones y tareas extras para los caballeros que se quedaron en la ciudad, y mucho más para Jean.

Los pasillos de la Sede de los Caballeros de Favonius parecían no dormir nunca. Informes de intendencia, logística de última hora para habilitar cuarteles, reportes de patrullaje que se duplicaban y peticiones de los gremios comerciales inundaban su escritorio hasta formar torres que amenazaban con derrumbarse sobre ella en cualquier momento.

Eran las tres de la mañana, y el único sonido en la oficina era el rasguido constante de su pluma sobre el pergamino y el parpadeo perezoso de la vela. Jean masajeó el puente de su nariz, sintiendo una punzada sorda de migraña latirle en las sienes. Extrañaba el aire libre. Extrañaba dormir más de cuatro horas seguidas.

Fue entonces cuando la puerta de su despacho se abrió sin previo aviso, rompiendo el silencio.
ya sabia quien era con solo escuchar el tintinear de todos los adornos que llevaba puestos en su uniforme.

—Si vienes a decirme que los suministros de vino para la recepción de bienvenida se retrasaron otra vez, te voy a enviar a ti a que vayas y los traigas personalmente —murmuró Jean, sin levantar la vista de los inventarios de grano, con la voz áspera por las horas de silencio.

—Vaya bienvenida y eso que aún no he abierto la boca —respondió él con una sonrisa perezosa, apoyándose con total tranquilidad en el marco de la puerta antes de adentrarse en la estancia.

Kaeya traía el parche ligeramente torcido, como si se lo hubiera acomodado con desgana en algún callejón oscuro antes de subir, y en su mano derecha sostenía una botella que claramente no pertenecía a las raciones oficiales de los Caballeros. Sus ojos azules brillaban con esa astucia que lo caracterizaba.

—No estoy de humor para juegos, Kaeya. Varka estará aquí en menos de una semana, la mitad de los informes de guardia están incompletos y Lisa está durmiendo, lo que significa que todo el peso administrativo recae en mí —replicó Jean, deteniendo por fin la pluma y exhalando un suspiro pesado que parecía arrastrar los restos de su alma—. ¿Qué quieres?

—Solo venía a ver si respirabas todavía. Empiezas a solo encerrarte de nuevo aqui, Gran Maestra interina —bromeó, dando un par de pasos hacia el escritorio para dejar caer sobre los informes un sobre cerrado con el sello familiar de los Ragnvindr—. Aunque supongo que esto te interesará más que mis atentos cuidados.

Jean frunció el ceño, mirando el papel con desconfianza. El simple hecho de ver ese emblema hizo que la poca paz que le quedaba se tambaleara por completo.

El destello rojo del lacre sobre el papel blanco le llamó la atención por un segundo. Jean apartó la mirada hacia Kaeya, buscando alguna pizca de burla o advertencia en su expresión, pero el capitán de caballería solo se encogió de hombros, con una media sonrisa indescifrable dibujada en los labios.

—No me mires así, Jean —dijo Kaeya, girando la botella entre sus dedos con total calma—. No me corresponde a mí abrir el correo de los Ragnvindr. Solo soy el humilde mensajero que pasaba por el callejón de atrás a altas horas de la madrugada.

Jean soltó un chasquido bajo con la lengua y extendió los dedos con lentitud, como si el sobre fuera a morderla.

—Diluc no manda cartas a la Sede de los Caballeros. Y menos a estas horas —su voz sonó más frágil de lo que pretendía—. Menos ahora que... bueno, ya sabes cómo están las cosas entre los cuarteles y el viñedo con el inminente regreso del Gran Maestro.

—Quizás el buen amo Ragnvindr simplemente extraña los viejos tiempos, o quizás el caos de la ciudad finalmente logró filtrarse hasta su preciada mansión —replicó Kaeya, dándose la vuelta con la misma parsimonia con la que había entrado, agitando la mano en señal de despedida sin mirar atrás—. Léela tú misma, Jean. Yo me voy a dormir antes de que me encomiendes la intendencia de los caballos.

La puerta se cerró con un clic suave, dejándola otra vez sola en el despacho.

Jean se quedó inmóvil, con el parpadeo de la vela proyectando sombras largas en las paredes. Su corazón golpeaba con una fuerza extraña contra sus costillas, mucho más rápida que el cansancio acumulado de la noche. Con manos que apenas temblaban —por pura frustración, se juró a sí misma—, rompió el sello de cera y desplegó el papel.

La carta decia lo siguiente:

Estimada Gran Maestra Interina,

Le escribo bajo la inoportuna hora que dictan las circunstancias, motivado exclusivamente por la urgencia logística que rodea el inminente y estrepitoso regreso del Gran Maestre Varka a nuestra ciudad.

Los inventarios y solicitudes de mercancía especial que su administración ha requisado para el festival de recibimiento han llegado a mis bodegas. Sin embargo, tras revisar los detalles, me veo en la imperiosa necesidad de consultar directamente con usted ciertos pormenores sobre la distribución y los volúmenes solicitados. Dudo seriamente que los almacenes de los Caballeros puedan gestionar semejante cargamento sin comprometer los suministros habituales del resto de los gremios.

Quedo a la espera de una pronta respuesta para evitar que la planeación de este esperado recibimiento termine convirtiéndose en el caos operativo que, por costumbre, suele rodar tras sus filas.

Atentamente, Diluc Ragnvindr.

Jean apretó el papel entre sus dedos con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. El aire pareció escaparse de sus pulmones de golpe, reemplazado por una mezcla de rabia repentina y un cansancio que amenazaba con aplastarla.

—Es en serio... —bufó para sí misma en la penumbra del despacho, con la voz temblando de pura frustración—.

Solo quería esto... ¿Diluc no podría haber esperado hasta mañana?
¿Qué significaba exactamente ese recado con ínfulas de auditoría formal? ¿De verdad, hasta en medio de los preparativos para recibir al mismísimo Varka, iba a mantener esa hostilidad tan innecesaria, escudándose en la administración del Viñedo del Amanecer solo para buscarle pleito a altas horas de la noche?

Con un movimiento brusco, estiró el pergamino sobre la madera de su escritorio, tomó la pluma con una determinación renovada —mientras la migraña en sus sienes latía con más fuerza que nunca— y decidió que no le iba a dar el gusto de dejarlo esperando hasta el amanecer.

Si Diluc Ragnvindr quería jugar a las cartitas a las tres de la mañana, ella le iba a dar una respuesta que lo sacaría de quicio.

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Hola buenas pues esta es una idea que me venia rondando la cabeza desde hace un ratito por un comic que vi de estos dos y me dieron ganas de retomarlo asi que espero que disfruten esta pequeña historia

Gracias por leer

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⏰ Última atualização: Sep 18 ⏰

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