Mi programa favorito.

3 2 0
                                        

-Por favor, continua - dijo con solemne seriedad el señor sentado a mi lado, en un viejo banco sobre el cual una leve brisa refrescaba la tensión del momento. La luz de la farola era tenue, pero me permitía adivinar unos, digamos, sesenta años tras ese bigote castaño y aquellas gafas totalmente fuera de lugar para la noche oscura qué se comenzaba a cernir sobre nosotros.
Deben ser gafas para detertarlos, supuse.
¿Continuar con qué? ¿Cómo contarle a un extraño algo que no lograría entender jamás, porque ni yo mismo era capaz de hacerlo?
La noche había empezado como cualquier otra. Salí del trabajo y camine a casa por el aún bullicioso pueblo, cuyos habitantes apenas servían la cena en su gran mayoría. Me defendía en el periódico local, no era escritor, no, ni redactor, ni editor de notas. Mi labor era más simple, limpiar. Había dedicado los últimos años de mi vida, tres para ser precisos, a limpiar el pequeño edificio de dos plantas donde entraban a diario cotorreos del pueblo qué se transformaban en sensacionales noticias capaces de captar a cualquier incrédulo, de los cuales abundaban de un extremo a otro.
Había pensado parar a cenar algo en el único lugar en el que podría hacerlo, no por mi bajo salario sino porque era, en efecto, el único restaurante que había, pero al mirar el reloj en mi muñeca recordé que estaba a punto de comenzar mi programa de televisión favorito. Cuestión de prioridades.
Justo cuando me disponía a cruzar el parque para llegar a mi pequeño apartamento en el 3er piso con muebles de atrezo y un piso muy mal agradecido, en uno de los cinco edificios de tres plantas de los que se componía el barrio, sucedió...
-Por favor, continua - me di cuenta que el señor a mi lado estaba algo intranquilo, pero no me presionó hablar. Mi instinto decía que ya sabía lo que yo iba a decir, solo necesitaba saber hasta que punto había visto y comprendido la escena, pero, ¿para qué? ¿Acaso pensaba hacerme daño si había visto "de más"? Bueno, era probable. Yo no sabía quién era.
Lo único que sabía es que le había visto asestar un golpe a una chica. Pero, ¿fue realmente un golpe? Mi mente me traicionaba. La mala iluminación, la rapidez del momento, ¿había visto un resplandor? Cómo de un objeto brillando en su mano... quizás. La chica, menuda, había caído sentada sobre el suelo y se arrastro hacia atrás con sus pies hasta chocar con un árbol. El señor de las gafas le había agarrado por el pie y arrastrado hacia él con un movimiento igual de brusco que de rápido, demasiado ágil para alguien de 60 años. Al menos para alguien común. Y había asestado varios golpes más.
Nunca hubo ni siquiera un grito. Todo fue tan rápido, tan violento. Y tan impropio de este diminuto pueblo en el mapa en el que, lo peor que podías consebir, es que te escupieran a los pies. Sucedió en cuestión de segundos cuando de la nada, aparecieron dos figuras. Una alta, persa, de facciones finas y ojos llenos de ira. La otra más encorvada y juvenil, aunque el temple era el mismo. No se acercaron, no corrieron, no fue producto de la mala iluminación. Aparecieron sin más, como si hubieran decidido materializarse en aquel momento agachados junto a ella y mirando al hombre de gafas. Tomaron a la chica por ambos brazos y volvieron a desaparecer, esta vez los tres. Sin humos, sin rastro, sin nada.
Quizás debí ir a comer algo, pensé, el hambre me esta haciendo alucinar. El señor de las gafas se levantó, agazapado como estaba, de un salto y comenzó a mirar alrededor con desespero e impotencia, deteniendo sus ojos, llenos de rabia, en mi persona.
-Puedes confiar - dijo al ver que yo no decía nada - lo que hayas visto, tiene una explicación.
Una explicación que yo, hombre de 42 años, proveniente de un país lejano, solo y, aún, hambriento, no encontraba. Y mira que había visto cosas a lo largo se mi vida y mis viajes, pero lo de aparecer y desaparecer... Es que ni siquiera había ido a un circo nunca. No soportaba la magia.
- ¿Ella está bien? - fue lo único que dije.
- Lamentablemente, sí - fue su respuesta.
Levanté la vista desde el banco en el que nos encontrábamos y vi la ventana de mi apartamento mirándonos a cortinas cerradas, como juzgando mi muy mal momento para llegar. Si hubiera ido a cenar, no habría visto nada. Desee haberme podido materializar ahí dentro, a salvo, justo como esos dos chicos.
- ¿Qué hará conmigo? - el terror comenzó a propagarse dentro de mí, caminando lentamente desde la boca de mi estómago - le prometo no haré nada, no diré nada, es más... ni siquiera estoy hablándole ahora.
El hombre suspiró.
- Ciertamente, fue un error que no debió suceder. Más culpa mía que suya, debo admitir. Por desgracia, no puedo dejarle ir.
Mi corazón dió un brinco. Mire la ventana, o más bien la vida que había tras ella, mi vida, mis cosas, todo simple pero... mío.
- No diré nada - repetí
- No, no lo hará - dijo convencido, el doble sentido en sus palabras no dejó lugar a dudas. Miré el reloj de soslayo, mi programa favorito ya había comenzado.

El señor de las gafas.Stories to obsess over. Discover now