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    2010

Dalílah sabía que tenía que aceptar aquella propuesta. Había pasado algún tiempo trabajando en Estados Unidos, o haciendo especiales y unitarios para la televisora, pero nada parecía salir como ella quería. Los días se hacían más largos de casting a casting y solo lograba llegar a su casa para desplomarse en el sofá, con su amado gato paseando por sus talones.

—Quisiera un reto, algo más, ¿sabes?—le decía al felino mientras le acariciaba su cabeza—Si me tengo que quedar con el programa, será un poco más de lo mismo.

Era una mujer exitosa, una carrera de más de 20 años en el medio del espectáculo, y lo había conseguido a base de exigirse siempre más. Un programa de variedades de medianoche no era lo más espectacular que podían ofrecerle. Además, estaba la otra cosa.

—¿Es neta?—había soltado sin pensar—¿Con Facundo?
—Es uno de los mejores conductores del canal y se ha atrevido a hacer de todo.

Dalílah no creía que un patán pudiera ser el mejor en absolutamente nada, y por eso no dudaba que el programa sería un fracaso. Si bien era cierto que tenían algunos amigos en común como Gaby o Yordi o Roxana, simplemente no podía caerle bien. Rodó los ojos al encender el televisor y encontrárselo en el programa que estaban emitiendo.

—Había tenido un día tan bueno—dijo para si misma, antes de encogerse de hombros—Es lo que hay.

Respiró profundamente, antes de ponerse de levantarse. Caminó descalza por su hogar, disfrutando la soledad del resonar de sus pies contra la madera.

—¡Vamos, Cuzco!—llamó a su gato—Me merezco un premio, antes de decidir si aceptar el programa.

Armada con una botella de vino tinto y un paquete de galletas de doble chocolate, volvió a sentarse. Solamente quería descansar, dejar de pensar en todas las cosas que hubieran podido pasar si hubiera cambiado aunque fuese un poco su camino y dejarse llevar por su intuición. Porque eso era lo peor: su intuición le decía que aquel programa sería un éxito, que lograría colocarlos a ambos donde nunca habían estado dentro de la televisora. Necesitaba aceptar, solamente no encontraba las razones para hacerlo.

Del otro lado de la ciudad, Facundo arrancaba su motocicleta después de pasar la tarde en casa de su ex-esposa. Pensaba una y otra vez en la propuesta de trabajo que le había llegado unas semanas atrás. Era lo más interesante que había escuchado en mucho tiempo, después de dos programas de variedades bastante exitosos, además de mostrarle con reto al que nunca se había enfrentado pues tendría una conductora que lo acompañara, y ese era justo el problema: Dalílah.

—Deberías conocerla mejor—le había dicho Yordi, muchos años atrás—Es una persona que vale la pena.
—Es muy soberbia, no se adapta a lo que no le parece y siempre le hace caras a todos—había zanjado él.
—Te estás comportando como un niño. Si te esforzarás, podría sorprenderte.

Realmente, habían coincidido mucho antes de trabajar juntos. Una fiesta, cuando ella aún iba a la escuela de actuación. Él estaba de mal humor, después de haber pasado toda la noche buscando cosas en un cementerio, pero intentó acercarse a Dalílah, que reía a carcajadas con sus amigos. Ambos hicieron el mismo chiste, y todo parecía ir bien al principio, hasta que Facundo tuvo a mal contar una anécdota que involucraba a alguien que ella conocía, provocando que se enojara, aunque no se lo dijo en ese momento. Desde entonces, Dalílah se alejaba de él cada vez que se encontraban en las fiestas de la televisora, solamente se comportaba profesionalmente. Estaba seguro que nunca podrían ser amigos, porque ella no era capaz de aguantar un chiste.

—Debe haber una manera en la que pueda sacarla del proyecto de manera amigable—pensó seriamente—Solo debo de pensar cual es.

Facundo podía ser encantador, pero Dalílah era mucho mejor que él para hacer relaciones públicas. No recordaba un solo momento en que ella se hubiese visto envuelta en un escándalo, así que las posibilidades de sacarla del programa por eso eran muy bajas. No le quedaba  mucho tiempo para pensar, pues faltaban pocas semanas para que se hicieran las primeras pruebas del programa. Lógicamente, sabía que la mejor opción era aceptar que compartirían aquel trabajo, pero no era capaz de hacerlo. Desde muy joven había trabajado solamente para ganar, no iba a dejarse perder por la mujer que más le representaba a un reto en el medio artístico.

—Dalílah y yo no podemos trabajar juntos—zanjó en voz alta, sin importar que nadie lo escuchara—Simplemente, no funcionará.

Les habían explicado que se trataba de un programa de variedades, donde mezclarían las cosas que ambos habían hecho en trabajos anteriores: entrevistas, sketeches, cápsulas, cocinar, presentaciones en vivo, todo el combo destinado para el éxito. Estaban dispuestos a darles el horario estelar de la televisora, para que todo el país los viera, así era la confianza que el productor estab depositando en ellos.

Durante las siguientes semanas, los dos trataron de seguir sus vidas normales. Facundo aún tenía un compromiso en la radio, donde concentraba toda su energía mientras acosaba a preguntas a sus compañeros para que le contaran más cosas de ella. Dalílah, por su parte, se dedicaba al teatro, pensando mucho más en Facundo de lo que le gustaría. Dejaba todo en el escenario, como siempre lo había hecho, pero empezaba sus días escuchando su molesta voz en el radio, apagándolo abruptamente antes de llegar a ensayar. Finalmente, llegó el día de la primera prueba.

Dalílah se levantó temprano, viendo con diversión como su gato se alejaba de la cama para irse a su torre, molesto.

—Yo tampoco quiero levantarme temprano, créeme—le dijo a su mascota—Pero al menos te quedarás aquí mientras yo trabajo.

Cuzco se estiró, sin hacerle el menor caso. Ella se apresuró a tomar su café, desayunando ligeramente; seguía aquel mismo ritual antes de cada nuevo proyecto. Era una de las tantas manías que la acompañaban desde que era pequeña, acentuándose a medida que se convertía en una mujer.

—¡Volveré pronto, Cuzco!—le gritó a su gato, antes de cerrar la puerta.

Condujo su camioneta hasta la televisora, saludando a todos los que conocía. Siempre procuraba ser amable, consiguiendo que le devolvieran los saludos. Estaba esperando ver a dos de sus mejores amigas, que trabajaban en el noticiero, pero no tuvo oportunidad. A medio camino se encontró al productor del programa.

—¿Estás lista, Dalílah?—preguntó el hombre, animado.

Al escucharlo, se sintió más emocionada por el programa, hasta que recordó un pequeño detalle.

—Y Facundo? ¿Ya está aquí?
—No ha llegado, espero que no tuviera ningún contratiempo.

Dalílah torció el gesto, dándose cuenta que aquel programa estaba empezando con el pie izquierdo.

Dalílah torció el gesto, dándose cuenta que aquel programa estaba empezando con el pie izquierdo

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