Capítulo 1: El Reino de la Magia

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El castillo de Lumenne despertaba siempre con el mismo sonido, el crujido de los pergaminos que las corrientes de aire arrastraban por los pasillos de la Torre Real, mezclado con las risas de tres hermanos que llevaban toda la vida intentando no romper nada importante en el proceso.

-¡Hyunwoo, esa no es forma de sostener una espada, pareces un espantapájaros con ambiciones! -gritó Hyuna desde el balcón que daba al patio de entrenamiento, con una manzana a medio morder en la mano.

Abajo, su hermano mediano se tambaleaba tratando de recuperar el equilibrio después de un golpe que uno de los guardias veteranos le había propinado sin demasiada delicadeza. Se enderezó, se sacudió el polvo de la túnica de entrenamiento y levantó la vista con una sonrisa que no combinaba nada con el dolor que sin duda sentía en el hombro.

-¡Al menos yo no le prendí fuego de nuevo a las cortinas de la biblioteca la semana pasada! -respondió, señalándola con la espada de práctica.

-¡Fue un accidente menor y las cortinas eran horribles de todos modos! -Hyuna se cruzó de brazos, fingiendo una dignidad que se le escapaba por las comisuras de la boca, donde ya asomaba la risa.

Era una escena habitual en el Reino de Lumenne, más conocido en el resto del continente simplemente como el Reino de la Magia. Sus tres herederos -Hyuna, Hyunwoo y Till, en ese orden de nacimiento- habían crecido entre hechizos que se torcían, entrenamientos que terminaban en carcajadas y una educación real que, pese a su rigidez formal, jamás había logrado apagar el buen humor con el que los tres parecían haber nacido.

Hyuna, la mayor, era la heredera directa al trono. Desde niña había mostrado una afinidad natural con la magia que corría por las venas de su linaje desde generaciones, control elemental, encantamientos de protección, y una habilidad especial para tejer ilusiones que sus maestros consideraban excepcional incluso para los estándares de la familia real. Pero lo que más la definía no era su poder, sino su manera de llevarlo. Hyuna reía fuerte, hablaba sin filtros con sus hermanos y trataba a los sirvientes del castillo con la misma calidez que a los nobles visitantes, algo que no todos en la corte aprobaban, pero que su padre, el rey Doyun, siempre había defendido como una virtud y no un defecto.

-Una reina que no sabe reír con su gente -solía decir el rey- tampoco sabrá llorar con ella cuando haga falta.

Hyunwoo, el segundo, entrenaba desde los ocho años para convertirse en el próximo comandante de la Guardia Real, un puesto que tradicionalmente recaía en un hijo o hija de la familia gobernante como símbolo de unidad entre la corona y sus fuerzas armadas. A diferencia de su hermana, su magia estaba más orientada al combate: refuerzos físicos, escudos reactivos, pequeñas ráfagas de fuerza concentrada que podían desviar un golpe o derribar a un oponente descuidado. No era el mago más poderoso de la familia, ni pretendía serlo. Lo suyo era la disciplina, la constancia, y una lealtad feroz hacia las personas que algún día tendría que proteger.

Aun así, dentro del castillo, Hyunwoo era el primero en proponer una broma, el primero en robarse un pastel de la cocina antes de la cena y el primero en defender a su hermano menor cuando algún noble visitante hacía comentarios que no le gustaban.

Y luego estaba Till.

Till era el menor de los tres, y también el más callado en las situaciones equivocadas, aunque nadie que lo conociera de verdad lo describiría como serio. Con sus hermanos, Till era tan ruidoso y juguetón como ellos, el que inventaba los juegos más ridículos en los jardines del castillo, el que imitaba a los consejeros reales hasta hacer llorar de risa a Hyuna, el que se colaba en la cocina a medianoche para robar dulces junto a Hyunwoo como si todavía tuvieran diez años.

Pero había una faceta de Till que solo aparecía en un contexto muy específico... cuando debía tratar con emisarios de otros reinos.

Desde que cumplió dieciséis años, Till sabía que su papel en la familia real no sería el de gobernar ni el de liderar ejércitos. Su función, la que los consejeros del reino habían decidido para él mucho antes de que pudiera opinar al respecto, era la de convertirse en un puente, un matrimonio estratégico que uniera al Reino de la Magia con otro reino, fortaleciendo alianzas en un continente donde el equilibrio de poder entre las naciones mágicas era, como mínimo, delicado.

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