La parte que no ensayaron.

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La parte que no ensayaron.

—No me gusta.—

Manuel levantó los ojos hacia el espejo, aunque en realidad llevaba varios minutos mirándola a través de él.

Lucero estaba sentada en uno de los brazos del sillón del camerino, con las piernas cruzadas y las manos apoyadas a los lados del cuerpo. Había llegado vestida para el escenario aunque todavía faltaba casi una hora para que saliera, un vestido rojo, corto, ceñido hasta la cintura y con una falda que se movía cada vez que cambiaba de postura, botas negras, el cabello suelto y abundante sobre los hombros. Demasiado hermosa para estar quieta. Demasiado consciente de que él no conseguía dejar de verla.

—¿Qué no te gusta? —preguntó Manuel.

La maquillista aprovechó que había dejado de hablar para pasarle la brocha por la frente. Él cerró los ojos un segundo y volvió a abrirlos.

Lucero señaló con la barbilla la hoja del programa que tenía junto a ella.

—Que salga casi hasta el final.—

—Eres la invitada especial.—

—Precisamente.—

—¿Precisamente qué?—

—Que voy a estar esperando casi todo el concierto.—

—Puedes verlo.—

—Ya lo he visto.—

—Gracias.—

—Muchas veces.—

—Muchísimas gracias.—

—Te sé hasta las entradas.—

La maquillista sonrió sin levantar la mirada. Manuel la vio hacerlo por el espejo y luego regresó a Lucero.

—Entonces no entiendo para qué viniste.—

—Porque me invitaste.—

—Pensé que querías cantar conmigo.—

—También.—

—Ah.—

—Y quería verte.—

La respuesta lo dejó callado apenas un instante. Uno muy pequeño, pero Lucero lo vio. Lo veía todo cuando se trataba de él, la forma en que trataba de contener la sonrisa, el modo en que bajaba la mirada como si necesitara revisar algo sobre la mesa, ese gesto suyo de apretar un poco los labios cuando ella conseguía tocarlo donde no esperaba.

Llevaban saliendo apenas unos meses. Todavía no habían aprendido a disimularse. O quizá Manuel sí lo intentaba y Lucero sencillamente no tenía interés.

Él se aclaró la garganta.

—¿No acabas de decir que ya me viste muchas veces?—

—No hoy.—

Manuel volvió a mirarla por el espejo. Lucero sonrió, satisfecha.

—¿Vas a seguir haciendo eso toda la noche?—

—¿Qué cosa?—

—Decirme cosas mientras hay gente para que no pueda contestarte.—

—Puedes contestarme.—

—No como quiero.—

La maquillista soltó una risa breve y se apartó un paso.

—Yo ya terminé.—

—Qué oportuna.—murmuró Manuel

—Te quedó muy guapo. —dijo Lucero

—Siempre está muy guapo —intervino la mujer mientras guardaba sus brochas.

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