La tarde había empezado como cualquier otra.
Martina estaba sentada en el sillón del living, con las piernas recogidas y el celular entre las manos.
Tenía el pelo negro suelto y algunas pecas marcándole la nariz. Sus ojos verdes iban de la pantalla a la televisión, aunque hacía varios minutos que no prestaba atención a ninguna de las dos cosas.
Desde que sus padres vivían en otra ciudad, ella y Nicolás se habían acostumbrado a estar solos. Bueno, solos dentro de lo posible. Con Ota entrando y saliendo, aquello nunca era del todo tranquilo.
—Marti —la llamó Nicolás desde la cocina.
Ella no apartó la vista del celular.
—¿Qué?
—¿Comiste?
—Sí.
—¿Qué comiste?
Martina levantó lentamente la mirada.
—Ota, ¿me estás haciendo un interrogatorio?
Nicolás apareció en la entrada con una expresión divertida.
—Te estoy preguntando.
—Comí.
—Eso no responde qué.
—Entonces preguntaste mal.
Ota negó con la cabeza.
—Sos imposible.
—Y vos pesado.
El timbre interrumpió la charla. Nicolás miró hacia la puerta y después a su hermana.
—Debe ser Santi. Abrí vos, estoy ocupado.
—Estás tomando agua —remarcó ella.
—Exactamente. Ocupadísima tarea.
Martina soltó una risa, se levantó del sillón y caminó hacia la entrada.
Pero cuando abrió la puerta, las palabras se le quedaron atoradas.
Tuvo que echar la cabeza hacia atrás para medir al chico parado del otro lado. Santi medía alrededor de 1,90 m, llevaba el bolso de entrenamiento colgado de un hombro y el pelo oscuro aún algo húmedo de la ducha post-práctica.
Lo primero que notó Martina no fue su altura, sino la forma en que la miró.
Santi tenía unos ojos marrones profundos, cálidos y atentos, acompañados por una sonrisa despacio, de esas que no tienen apuro. Sus ojos no buscaron la cocina ni a Nicolás; se frenaron directo en los de ella.
—Hola —dijo él. Su voz era tranquila, más grave de lo que Martina esperaba.
—Hola... —Martina parpadeó, ajustándose la camiseta holgada de River—. Sos Santi.
—Y vos sos Martina.
No dejó de mirarla ni un segundo. Sostuvo el marco de la puerta con una mano, quedando a muy poca distancia.
—Nicolás me dijo que eras bajita, pero no me dijo que me iba a costar tanto dejar de mirarte.
A Martina se le cortó el aire un segundo. No lo dijo en tono de burla ni para hacerse el lindo; lo dijo con una naturalidad absoluta, con esa amabilidad atenta que le hizo hervir las mejillas.
Santi no esperó a que ella se incomodara. Le dedicó una sonrisa diminuta y dio un paso adentro, rozándole el hombro sutilmente al pasar.
—Permiso —murmuró, muy cerca de ella.
