CAPÍTULO I

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Gravedad instantánea

​¿Quién diría que después del divorcio de mis padres me tocaría mudarme con mi madre? Y aquí vamos otra vez, mirando por el espejo retrovisor del automóvil. Al otro lado de la ventanilla, las montañas del oeste se funden con un atardecer de tonos naranjas y violetas que tiñen las nubes de un gris nostálgico.

​Mientras avanzábamos por la carretera, yo iba sumergida en mi propio refugio. Llevaba mis auriculares puestos, dejando que los acordes de Breaking Benjamin resonaran directo en mis oídos. Mamá conducía en silencio, con la radio sintonizada en una emisora de baladas románticas que a ella tanto le gustaban.

Sabía que estaba triste por todo el proceso de la separación, así que preferí ponerme los audífonos para darle su espacio, no incomodarla y evitar que el aire del auto se sintiera demasiado pesado. Entre las notas de rock alternativo y el paisaje que se desvanecía, mi mente no dejaba de dar vueltas pensando en cómo sería mi nueva vida, una nueva escuela y rostros completamente desconocidos.

​Llegamos al fin al atardecer. El nuevo vecindario era un rincón tranquilo y apacible de Oregón, rodeado de calles limpias y casas rodeadas de naturaleza. La casa que alquilamos era de dos pisos, muy bonita, cómoda y con un patio trasero bastante amplio que prometía buenos momentos con mis dos gatos, Saturno y Venus, cuando terminaran de adaptarse al viaje. Nos tocó desempacar a medias y ordenar lo indispensable entre cajas de cartón. Escogí el dormitorio del frente, el cual tenía una ventana amplia con vista a la calle y un árbol enorme cuyas ramas rozaban casi el cristal. Estaba agotada física y mentalmente por el trayecto, así que solo me dejé caer sobre el colchón, decidí cerrar los ojos por un breve lapso... y caí en un sueño profundo.

​¿Quién diría que me iba a despertar directo a las 7:00 a.m.?

​Mamá ya había salido muy temprano al hospital; como médico, sus turnos solían empezar antes del alba, y entre las prisas y el cansancio, ni siquiera me había despertado para mi primer día en la secundaria.

​¡Mierda, iba tarde! Y odiaba llegar tarde.
​Sin pensarlo dos veces, me calcé las Converse, tomé mi mochila cargada con mis cuadernos de dibujo y salí disparada. Saqué mi bicicleta del garaje y pedaleé a toda velocidad hacia la preparatoria. Al llegar, dejé la bicicleta asegurada en el aparcamiento y corrí directo hacia la entrada principal.

​-Vamos, vamos... -murmuré para mí misma mientras mis zapatillas resonaban en el pavimento.
​Crucé las puertas dobles y eché a correr por el pasillo principal, intentando ubicar las aulas contrarreloj. Iba tan concentrada en no perder el ritmo que no vi venir el desastre.

​¡Crash!
​Un choque seco, un impacto contra otra persona detuvo mi mundo de golpe. Los cuadernos y papeles volaron por los aires. Cuando alcé la vista para disculparme, me quedé sin aliento.
​Allí estaba ella.

Cody

​Tenía una piel canela preciosa, salpicada de pecas sutiles, y una cascada indomable de voluminosos rizos oscuros que enmarcaron su rostro en el momento de la colisión. Tras ese torbellino de rizos se asomaban unos ojos profundos, color café, que irradiaban una mezcla perfecta de inteligencia aguda y un fastidio monumental.

Su expresión era de absoluta seriedad y enojo; era evidente que no le hacía ninguna gracia haber sido interrumpida ni arrojada al piso. Ambas terminamos en cuclillas sobre el suelo frío del pasillo, rodeadas de hojas sueltas.

​Mientras yo la miraba con una sonrisa boba, incapaz de apartar los ojos de su rostro, ella me devolvió una mirada cargada de pura impaciencia y un atisbo de fingida simpatía. Incapaz de contener los nervios y la fascinación del momento, terminé soltando una pequeña risa tonta.
​Eso fue la gota que derramó el vaso para ella. Cody frunció aún más el ceño, tomó sus cuadernos con brusquedad y, con un tono cortante, me soltó:

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