«¿Quién eres tú, que me aferras a la vida con tus hilos invisibles y me das la bienvenida?»
El infierno era un eco eterno de gritos, sangre y carne desgarrada. Dean Winchester ya no recordaba el olor de la lluvia, ni el sabor de una cerveza fría, ni el sonido de la voz de Sam. Llevaba cuarenta años siendo un pedazo de carne desprovisto de humanidad, un torturador que olvidó que alguna vez caminó bajo el sol.
De repente, un estallido de luz blanca y cegadora perforó la oscuridad eterna de las fosas.
No hubo palabras. Solo una mano que se hundió en el lodo del abismo, aferrándose al hombro de Dean con una fuerza sobrenatural. El agarre quemaba, pero no con el fuego del azufre, sino con una pureza que Dean creía extinta. El ángel tiró de él hacia arriba, cosiendo con hilos invisibles los pedazos rotos de su alma maldita, arrastrándolo de vuelta a la superficie de la Tierra.
Dean despertó jadeando dentro de un ataúd de madera, rompiendo la tierra con sus manos desesperadas. Cuando logró salir a la superficie, el aire fresco de la noche llenó sus pulmones. Se miró la piel del hombro en el espejo del Impala: allí estaba la huella de una mano quemada sobre su carne.
-¿Quién eres tú? -le rugió Dean semanas después, acorralándolo en aquel almacén abandonado, en medio del aleteo de sombras gigantescas en la pared.
-Soy el que te rescató de la perdición -respondió el ser de ojos azules, con una calma que desarmó por completo al cazador. Dean no lo sabía entonces, pero esa huella en su hombro era la bienvenida a una vida completamente nueva.
«¿Quién eres tú, que me envuelves con tus alas y tus luces... es nacimiento en mi zona despoblada?»
Castiel ya no tenía alas. Su gracia le había sido arrebatada y el cielo se había desmoronado sobre la Tierra. Por primera vez en milenios, el ángel sentía frío, hambre, sueño y el peso sofocante de la mortalidad. Se refugiaba en el búnker, intentando comprender cómo funcionaba el defectuoso cuerpo humano.
Dean lo observaba en silencio desde la puerta de la biblioteca. Ver a este guerrero celestial vestir camisas de franela prestadas y batallar con una taza de café caliente le partía el alma. El búnker siempre había sido un lugar frío, una zona despoblada en el pecho de Dean, un cuartel militar sin rastro de calidez.
Pero una noche, mientras Cas intentaba abrigarse con una vieja manta frente a los mapas de la mesa, Dean se acercó. Sin decir una palabra, se sentó a su lado y le pasó un brazo por los hombros, compartiendo su propio calor.
-Es extraño -susurró Cas, mirando la madera de la mesa-. El mundo de los humanos es caótico y doloroso. Pero cuando estás cerca... es como si todo tuviera un propósito.
Dean apretó el agarre. El ángel ya no tenía sus luces celestiales ni sus alas físicas para envolverlo, pero la vulnerabilidad de Cas estaba haciendo nacer algo nuevo y fértil en medio de la tierra seca y muerta del corazón de Dean.
«Desangelada me hablaste, en el medio de toda la nada. Tan despojada me amaste, y un día me diste tu alma.»
-¡Golpéalo hasta que no quede nada! -la voz de Naomi resonaba en la cabeza de Castiel como mil agujas de hielo.
En la penumbra de la cripta, Castiel descargaba su puño una y otra vez sobre el rostro de Dean. El cazador estaba de rodillas, ensangrentado, con los ojos casi cerrados por los golpes y el labio partido. La tableta del ángel brillaba con una luz dorada sobre el suelo. Cas levantó la espada de ángel, listo para dar el golpe de gracia. El control mental era absoluto; la máquina perfecta del cielo estaba a punto de ejecutar su orden.
-Cas... -logró articular Dean, con la voz rota, ahogándose en su propia sangre. No intentó defenderse. No levantó las manos. Se quedó allí, completamente despojado de sus armas, desarmado ante el ser que amaba-. Cas, soy yo. Somos una familia. Te necesito.
El ángel se detuvo a milímetros de su pecho. La espada temblaba. En el medio de la nada de su mente lavada por el cielo, las palabras desangeladas y desesperadas de Dean rompieron la programación de Naomi. Castiel soltó el arma, que tintineó fuertemente contra el suelo de piedra.
Miró sus manos ensangrentadas y luego miró a Dean, quien le ofrecía su alma entera en esa mirada de perdón. Cas extendió la mano, tocó el rostro herido del cazador y la tableta se rompió, liberándolo. Había elegido a Dean por encima del mismísimo Paraíso.
«Ya sé quién eres tú. Lo supe en tu mirada... Y al fin puedo ser flor, entre tus besos que mojan mis labios de amor.»
Las paredes del búnker se cubrían con la materia oscura del Vacío. La muerte golpeaba a la puerta y el tiempo se había agotado. Castiel miró a Dean, quien permanecía de pie, con los ojos llenos de lágrimas y la respiración agitada, esperando el final catastrófico.
-Dean -dijo Cas, con una paz absoluta inundando su rostro-. La felicidad no está en el tener, está en el ser. En decirlo. Desde el momento en que te saqué del infierno, cambié. Porque tú cambiaste todo lo que yo creía saber del universo.
Dean lo miró, y en ese cruce de miradas, los últimos muros que el cazador había construido durante toda su vida se desintegraron por completo. Ya sé quién eres tú, pensó Dean con una claridad dolorosa. Eres todo lo que importa.
-Te amo, Dean -confesó el ángel, con una sonrisa triste pero radiante, justo cuando la marca de sangre en la puerta comenzó a brillar y la mano negra del Vacío se extendió para llevárselo.
-¡Cas, no! -gritó Dean, pero el impacto lo arrojó al suelo.
...Sin embargo, la historia no terminó en esa fría tarde de desesperación. Meses después de que Jack reescribiera el universo, la puerta del búnker volvió a abrirse. Castiel cruzó el umbral, libre de las garras del Vacío, con la gabardina gastada y la misma mirada azul profunda.
Dean no esperó. No hubo preguntas, ni reproches, ni vacilaciones. Corrió a través de la biblioteca del búnker y estrelló su cuerpo contra el de Cas, atrapándolo en un abrazo que amenazaba con romperles las costillas. Cuando se separaron lo suficiente para mirarse, Dean acunó el rostro del ángel entre sus manos rudas de cazador.
-No vuelvas a despedirte así -susurró Dean, con la voz quebrada.
-Ya no tengo que hacerlo -respondió Cas.
Dean acortó la distancia y lo besó. Fue un beso cargado de los años de tortura, de la gracia perdida, de la cripta de Naomi y de la confesión en la oscuridad. Sus labios se unieron con la fuerza de un juramento eterno. En ese búnker que alguna vez fue una tumba de concreto, el amor de ambos finalmente floreció, transformando el dolor del pasado en un hogar definitivo
