Ocho meses bastaron para que la calle Olleros se transformara en una arteria de culto para el circuito de la moda y la cultura porteña.
Detrás de los ventanales de vidrio repartido, la nave central del taller operaba a un ritmo casi sinfónico. Don Héctor, con su tijera de sastre plateada, cortaba un paño de lana pura traído directamente de Milán, mientras Helena coordinaba la digitalización de los nuevos figurines para la pasarela de primavera. Marta controlaba la agenda de entregas internacionales y Nina organizaba los percheros donde las etiquetas doradas leían con orgullo: CLEO x SARTORI.
Cleo estaba de pie sobre la tarima de pruebas, ajustando las alfileres en la falda de tul plisado de una de las actrices más cotizadas del cine nacional. Vestía un pantalón de sastre gris de corte impoluto y una camisa blanca de seda con las mangas arremangadas hasta los codos. Había algo en la postura de su cuello y en la firmeza de sus manos que revelaba una seguridad conquistada a pulso: la mujer que un día esperó en la sombra de Belgrano se había convertido en la figura más influyente del diseño independiente de la región.
—Está perfecto en la cintura, Cleo —dijo la actriz, mirándose en el espejo de tres cuerpos—. En la producción de la revista dijeron que tenés el ojo más afilado de Buenos Aires, pero se quedaron cortos.
—Es solo física y tensión de hilo —respondió Cleo con una sonrisa breve y serena, retirando el último alfiler—. Si el corte respeta la caída del cuerpo, la prenda no tiene por qué pelear contra vos.
A las cinco de la tarde, Julián entró al taller.
Traía el cabello ligeramente despeinado por el viento de la calle y una carpeta de cuero bajo el brazo. Al ver la actividad del lugar, esperó pacientemente junto a la mesa de corte, conversando en voz baja con Marta hasta que Cleo terminó la prueba de vestuario y la clienta se despidió.
—¿Mucha presión para el evento del viernes? —preguntó Julián, acercándose a ella con esa calidez quieta que siempre lograba desacelerar el ritmo frenético del taller.
—La colección está lista —contestó Cleo, apoyando la cabeza un segundo en el hombro de él—. Sartori reservó el salón principal del Museo de Arte Decorativo. Van a ir diseñadores, prensa internacional y la gente del ministerio. Marta dice que confirmaron más de trescientas personas.
Julián le acarició la espalda con un gesto suave, sintiendo la firmeza de su postura.
—Te lo ganaste, Cleo. Cada metro de tela que hay en esta habitación lo pusiste vos.
Lo que Cleo no notó fue el peso sutil de la mano izquierda de Julián en el bolsillo de su saco, rozando el borde rígido de una pequeña caja de terciopelo azul que llevaba escondida desde la mañana.
Esa misma tarde, el contraste no podía ser más brutal en un penthouse alquilado de Recoleta.
El departamento olía a tabaco dulce, alcohol derramado y aire acondicionado al mínimo. Las persianas metálicas estaban bajas, dejando pasar únicamente delgadas tiras de luz solar que cortaban el humo suspendido en la sala. Hay botellas de champán vacías sobre la mesa de centro de mármol y prendas de marcas de lujo tiradas sobre las sillas.
Paco estaba tirado en el sillón de cuero, con las piernas cruzadas sobre la mesa.
Llevaba unos anteojos de sol oscuros de marco ancho en plena penumbra, una dentadura temporal de oro en los caninos superiores y una campera inflada de color neón abrochada a medias sobre el pecho desnudo. A su alrededor, dos productores de música urbana y un par de modelos conversaban a los gritos sobre el volumen de un parlante portátil que escupía un beat pesado de trap.
Cato entró a la habitación abriéndose paso entre la gente. Apagó el parlante de un manotazo.
—¿Qué hacés, Cato? —gruñó Paco, sin sacarse los anteojos de sol ni cambiar la postura en el sillón—. Dejá el tema, chabón. Estábamos armando la previa para la fiesta de la noche.
—Paco, son las seis de la tarde —dijo Cato, tirando un paquete de botellas de agua mineral sobre la mesa—. En tres horas tenés la prueba de sonido para el festival en el Estadio Diego Armando Maradona. Tenés que estar sobrio.
Paco largó una carcajada seca, falsa, sobreactuada para el público que lo observaba en la sala. Se sacó los anteojos solo un milímetro para mirar a su mánager con ojos inyectados en sangre y pupilas dilatadas.
—¿Sobrio para qué, gordo? —dijo Paco, dándole un trago largo a un vaso con hielo y ginebra—. Si canto con playback o si canto en vivo, la gente grita igual. Se venden las remeras con mi cara, se llenan los estadios y las marcas me pagan los pasajes a Miami. El personaje funciona solo.
Cato lo miró con una mezcla de cansancio infinito y pena contenida.
—Te estás destruyendo el cuerpo y la cabeza, Ulises.
—¡No me llames así! —saltó Paco de golpe, poniéndose de pie con una violencia nerviosa que hizo que los demás en la sala se quedaran en silencio—. Ese piba ya se murió, ¿entendiste? No existe más. Acá el que cobra los cheques y llena la prensa es Paco. Así que guardate el sermón de madre y traeme la ropa para el show.
Cato suspiró, dio media vuelta y salió al balcón para atender una llamada de la discográfica.
Paco se volvió a calar los anteojos de sol oscuros sobre la cara. Agarró su teléfono del bolsillo y abrió la pantalla de inicio por inercia. Entre las notificaciones de portales de noticias y mensajes de fanáticos, apareció la alerta de la revista de espectáculos con la vista previa del evento del viernes: «CLEO Y SARTORI PREPARAN LA NOCHE MÁS EXCLUSIVA DEL AÑO EN EL MUSEO DE ARTE DECORATIVO».
Paco apretó el teléfono con la mano temblorosa, sintiendo la punzada del veneno recorriéndole el estómago. Se llevó el vaso a la boca, trago de un golpe el líquido amargo y sonrió hacia el reflejo del televisor apagado: una máscara de oro, gafas oscuras y orgullo vacío, hundiéndose en el ruido para no escuchar el eco de su propia ruina.
YOU ARE READING
LA CHISPA DE UNA LLAMA
FanfictionTras dejar atrás el caos de la capital y las heridas del pasado, Cleo Santander y Ulises se afincan en Maschwitz para construir un refugio donde la vida y el arte puedan al fin coexistir. En un imponente galpón de ladrillo visto, lejos de las presio...
