CAPITULO 1.

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Nunca entendí por qué mis padres estaban tan convencidos de saber qué era lo mejor para mí.

Quizás porque desde que era chica habían decidido cómo iba a ser mi futuro.

Y yo, aparentemente, solo tenía que aceptarlo.

Aquella tarde estaba en mi habitación, sentada frente al escritorio, pintando mientras escuchaba música. Tenía varios pinceles alrededor, manchas de pintura en las manos y una hoja frente a mí que todavía no sabía exactamente en qué iba a convertirse.

Me gustaba eso.

No saber qué iba a salir.

Dejar que la música sonara y hacer lo que quisiera sin que nadie me dijera cómo tenía que hacerlo.

Era el único momento del día en el que conseguía olvidarme de la universidad.

De la carrera.

De todo.

Estaba concentrada cuando escuché dos golpes en la puerta.

-¿Qué?

La puerta se abrió y mi papá asomó la cabeza.

-Cuando termines con eso, bajá al comedor. Tenemos que hablar.

Suspiré.

-¿Ahora?

-Cuando termines.

Cerró la puerta.

Dejé el pincel sobre la mesa.

Tenemos que hablar.

Nunca significaba nada bueno.

Unos minutos después bajé.

Mis padres estaban sentados en el comedor.

Me senté frente a ellos.

-¿Qué pasó?

Mi mamá miró a mi papá antes de hablar.

-Mañana vas a empezar a trabajar.

Fruncí el ceño.

-¿Dónde?

-En el estudio de Jon.

-¿Jon?

-El amigo de tu papá. El abogado.

Sabía quién era.

Había escuchado su nombre cientos de veces.

-No quiero trabajar en un estudio.

Mi papá levantó la mirada.

-No te estoy preguntando si querés.

-Entonces ¿para qué me lo decís?

-Porque necesitás empezar a tomarte en serio tu carrera.

-Me la tomo en serio.

-No parece.

-Tengo buenas notas.

-Eso no alcanza.

Apreté los labios.

-No me gusta.

-Ya lo sabemos.

-Entonces no entiendo por qué siguen insistiendo.

Mi mamá intervino.

-Porque te faltan dos años para terminar y después vas a poder hacer lo que quieras.

-¿Y mientras tanto?

-Mientras tanto, aprendés.

-¿A hacer qué?

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