Hay historias que comienzan con una coronación.
Otras, con una guerra.
La mía comenzó con ambas.
Durante aquellos años, las tierras todavía pertenecían a coronas, reyes y antiguos clanes. Los hombres juraban lealtad a sus señores, los guerreros defendían sus estandartes y las fronteras podían cambiar después de una sola batalla.
Yo servía bajo la corona del rey Harry, soberano de Aurelion.
Había nacido lejos de los grandes salones y de las familias nobles.
Conocí el barro de las aldeas antes que los mármoles del castillo. Y, aun así, conseguí convertirme en guerrero.
Pero había algo que nadie sabía.
Yo era un Omega.
Y durante años había vivido ocultándolo.
En Aurelion, los Omegas rara vez recibían un lugar entre los guerreros. Se creía que éramos demasiado vulnerables para el campo de batalla.
Por eso, desde mi juventud, había aprendido a comportarme como un Alfa delante de todos.
No podía permitir que descubrieran la verdad.
Pensé que podría mantener aquel secreto toda mi vida.
Me equivocaba.
Porque existía un hombre capaz de cambiar el destino de dos tierras con una sola decisión.
Erling Haaland.
El Enigma.
El líder del clan vikingo que durante años había amenazado las fronteras de Aurelion.
Y yo ya había visto su rostro una vez.
Pero aquella noche...
Lo vi demasiado cerca.
El bosque estaba en silencio.
Solo se escuchaba el viento atravesando las ramas y el lejano sonido de los cuernos de guerra.
Yo estaba apoyado contra el tronco de un árbol, intentando recuperar el aliento.
Habíamos perdido.
Las fuerzas de Aurelion habían sido derrotadas y los estandartes blancos de nuestro reino habían desaparecido entre la oscuridad del bosque.
Mi armadura estaba dañada y apenas podía mantenerme de pie.
Entonces escuché pasos.
Uno.
Dos.
Tres.
Levanté la espada.
-¿Quién anda ahí?-
Nadie respondió.
Hasta que una figura apareció entre los árboles.
Alto.
Cabello rubio recogido.
Una capa oscura sobre los hombros.
Y aquel rostro.
Lo reconocí inmediatamente.
Haaland.
El Enigma se detuvo a unos metros de mí.
-Bellingham.
Apreté la espada.
-No pronuncies mi nombre como si fuéramos amigos.
Una pequeña sonrisa apareció en su rostro.
-Nunca dije que lo fuéramos.
-Entonces vete.
-Podría matarte.
