"Niñero"

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POV ALE:

Soy Ale, Tengo 18. Acabo de cumplirlos.

Soy un omega con el cuerpo que todos esperan de un omega. Cintura pequeña, marcada, de esas que se nota aunque traiga ropa grande. Cadera un poco más ancha, piernas largas y delgadas, y los muslos suaves, con forma. No soy fuerte, soy liviano.

Por eso en las otras casas no me veían como trabajador.

Me corrieron de la última casa no por romper un plato.

Me corrieron porque el alfa dijo que yo lo había provocado. Porque según él, yo entré a su oficina a preguntarle por la aspiradora y me quedé parado de una forma que era una invitación.

Yo solo quería limpiar.

Ese fue el trabajo número tres. En el dos, la esposa del alfa me dijo que me fuera porque olía demasiado a omega, que ponía nervioso a su marido. En el uno, el alfa no me dijo nada, solo me empezó a seguir por la casa. De la cocina a la sala. De la sala a mi cuartito. Hasta que una noche se paró frente a mi puerta y me dijo -tú sabes lo que pasa aquí-. Y yo sí sabía. Por eso me fui a las tres de la mañana con mi mochila.

Siempre es lo mismo. Buscan -omega para servicio doméstico, discreto, amable- y lo que quieren es otra cosa. Yo ya aprendí a leer entre líneas. Pero necesito el dinero. Necesito comer. Necesito un lugar donde no me miren como si fuera comida.

Cuando vi el anuncio de Gabi, pensé que era otro más.

-Se busca niñero para niño de 6 años. Cuarto propio. Horario fijo. Pago puntual. Persona tranquila.-

Nada de -bonito-, nada de -complaciente-. Solo eso. Lo mandé sin esperanza.

Y me contestó en una hora. -¿Puedes venir mañana a las 9? Calle Roble 14.-

Llegué diez minutos antes. Con mi mochila negra, mi camisa blanca que ya está un poco amarilla del cuello, y las manos sudando.

La casa no era como las otras. Las otras eran muy limpias, muy blancas, muy de aparentar. Esta era de madera. Toda. El piso tronaba. Olía a madera vieja y a café recién hecho. A hogar, no a casa muestra.

Toqué.

Y abrió él.

Gabi.

Era más alto de lo que imaginé. Pelo negro desordenado, como si se acabara de levantar. Playera gris simple, pantalones de mezclilla. Y cargando a un niño.

No me miró como los otros. Me miró con duda. Con esa cara de -¿tú vas a poder con esto?- No con la de -¿qué me puedes dar?-.

-Tú eres Ale?- me dijo. Su voz es grave. Muy grave.

-Sí. El del anuncio de niñero.-

Asintió. No se movió para dejarme pasar. Me escaneó. De arriba a abajo, pero no de forma fea. De forma cansada. Como un papá que ya ha entrevistado a diez personas y todas se han ido corriendo cuando ven al niño.

-¿Has cuidado niños antes?-

-No... pero aprendo rápido. Soy ordenado. Y puedo cocinar y limpiar también si necesita.-

No era mentira. Sé hacer de todo. En las otras casas aprendí a que todo brille porque si no, te gritan.

El niño que cargaba se asomó. Tenía seis años, cachetes gordos, pelo igual de negro que el de Gabi pero más esponjoso. Me miró fijísimo.

-Tú hueles a vainilla-, me dijo.

Me quedé helado. Nadie nunca me había dicho algo así sin morbo detrás.

Vainilla y Madera.    || AlebiHistórias para pegar e não largar. Descubra agora