1.Cenizas Y Compromisos

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El silencio en el comedor era denso, pesado, de esos que convierten el chocar de los cubiertos contra la porcelana en un ruido estridente. Yoko contemplaba su plato casi intacto, removiendo la comida de un lado a otro sin apetito real. A su lado, Kenai parecía igual de incómodo, buscando una vía de escape en el vacío de la estancia.

Sin decir nada, él alargó la mano hacia el mando y encendió el televisor. Un murmullo lejano de noticias llenó el aire, sirviendo de frágil pantalla para la tensión.

-¿Te importa? -Preguntó Kenai, mirándola de reojo-.

Yoko se limitó a negar con la cabeza, manteniendo la vista fija en la mesa. No tenía energía para discutir por el canal.

-Oye, Yoko, no puedes seguir así. -Dijo él, dejando escapar un suspiro mientras apoyaba los codos sobre la madera. -Estás en bucle-.

-¿Y cómo pretendes que esté? -Respondió ella, alzando por fin los ojos. La frustración le quemaba en la garganta. -No tengo trabajo. La cuenta está bajo mínimos y este piso no se paga solo con buenas intenciones-.

Kenai se inclinó hacia ella y, con una suavidad que a Yoko casi le dolió, le rozó la mejilla con las yemas de los dedos.

-Lo pagaré yo, no te preocupes-.

-No. -Interrumpió ella tajante, echándose ligeramente hacia atrás para romper el contacto. -Ese dinero es tuyo. Bastante haces ya-.

-Lo sé, pero me da igual. Déjame cubrirlo hasta que encuentres algo estable. Somos un equipo, ¿Recuerdas?-.

-Te recuerdo que sigo estudiando, Kenai. -Añadió ella con amargura, cruzándose de brazos. -El tiempo no me da para más-.

-Bueno, pero empiezas las prácticas en dos días. Eso ya es un paso-.

Yoko puso los ojos en blanco, incapaz de reprimir un gesto de exasperación.

-Yokis, por favor, estate tranquila, ¿Sí? -Suplicó él, intentando suavizar el tono. -Ahora termina de comer, que nos vamos al centro a dar una vuelta y a comprar-.

-Claro, di que sí. Una idea brillante. -Ironizó ella. -No me llega ni para la parte del alquiler, pero vámonos de compras-.

-¿No decías ayer que necesitabas un par de cosas imprescindibles antes de empezar en las prácticas?-.

-Sí, pero da igual. Ya me apañaré con lo que tengo-.

Kenai no rebatió. Sabía cuándo era inútil seguir presionando. Haciendo oídos sordos a sus protestas, recogió su plato y el vaso de la mesa, dejándola sola con sus pensamientos en mitad del comedor.

Yoko se quedó mirando la puerta por la que él acababa de desaparecer. Kenai siempre había sido su refugio, una especie de ángel de la guarda insistente. Se conocían desde los ocho años, cuando la suerte los sentó en la misma fila del colegio. Desde aquel día, se volvieron inseparables, como uña y carne, a pesar de que el mundo parecía empeñado en marcar las distancias entre ambos.

La diferencia fundamental entre los dos siempre se redujo a una palabra. Dinero. Al padre de Kenai, un hombre rígido y clasista, nunca le gustó que su hijo se juntara con alguien de su escala social. Pero a Kenai le importó tres pimientos la opinión de su padre. Durante años mantuvieron su amistad a escondidas, encontrándose en rincones discretos como si estuvieran cometiendo un delito, cuando lo único que hacían era ser niños.

Hasta que, como era de esperar, la realidad les estalló en la cara.

Ocurrió una tarde cualquiera en la residencia familiar de Kenai. Habían quedado para ver una película, confiados en que la casa estaría vacía. Terminó de la peor manera imaginable. Las voces elevadas, la humillación, Kenai expulsado a la calle con lo puesto y Yoko en la urgencia del hospital con una brecha sangrante en la cabeza.

Aquel día lo cambió todo. Kenai pasó los dos años siguientes viviendo en casa de Yoko, apretados pero a salvo, hasta que cumplió la mayoría de edad. En cuanto tuvieron los dieciocho, recogieron sus pocas pertenencias y se subieron a un autobús rumbo a Madrid, necesitados de dejar atrás los fantasmas y el estigma de su ciudad natal.

La capital no fue fácil, pero consiguieron salir a flotar gracias al primo de Kenai. Kael Salazar, una de las figuras influyentes del sector empresarial madrileño que les echó un cable para asentarse. Mientras Kenai abría paso en su propio camino, Yoko había logrado colocarse de camarera. Las jornadas eran infinitas y el sueldo rozaba lo ridículo, pero era lo suficiente para pagar su parte del techo, cubrir los libros y mantenerse en pie.

O al menos lo había sido hasta hace unas semanas, cuando la estabilidad volvió a tambalearse.

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