DULCE CASTIGO

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No sé si esto cuenta como un castigo... o como algo mucho peor, pero cuando lo pienso no se siente suave. Se siente como vos. Apareciendo cuando no te espero, justo al salir del trabajo, cuando creo que el día ya terminó y no puede pasar nada más. Y de repente estás ahí, apoyado contra el auto, mirándome como si ya supieras exactamente lo que va a pasar. No preguntás, nunca lo hacés. Solo abrís la puerta y esperás, con esa seguridad que no deja lugar a dudas, como si la decisión ya estuviera tomada desde antes de que llegue.

Y lo peor es que no me niego. Porque cuando me acerco y paso tan cerca tuyo, siento que no estás jugando. Que si entro, no va a ser para dar una vuelta cualquiera. Y aun así entro. La puerta se cierra y ese sonido resuena más de lo normal, como si marcara un límite invisible del que ya no se vuelve tan fácil.

No dudás, no necesitás explicarme nada. Se nota en la forma en que te acercás, en cómo invadís mi espacio sin pedir permiso, pero sin incomodarme, como si supieras exactamente hasta dónde avanzar. Y cuando frenás de golpe, el aire cambia. Todo queda en pausa por un segundo... hasta que te inclinás apenas, lo suficiente para que tu presencia se vuelva imposible de ignorar.

Ahí es cuando dejo de pensar. Porque cuando no me das tiempo a reaccionar, cuando te acercás así, seguro, sin dudas... es cuando más me prendo fuego. Y lo sabés. Sabés que no te voy a frenar, que si avanzás un poco más no voy a retroceder. Tus dedos se enredan en mi pelo para robarme ese beso, mientras la otra mano despierta mi piel con una lentitud que me desarma. Quiero frenarte, debería hacerlo; sin embargo, mi cuerpo siempre me traiciona y el primer gemido se escapa antes de que pueda contenerlo.

El resto del camino fue una verdadera tortura. Manejabas como si nada hubiera pasado, con una tranquilidad que me desesperaba, mientras de vez en cuando buscabas mi mirada y sonreías de costado, disfrutando del efecto que habías provocado en mí. Sabías perfectamente lo que estabas haciendo. Cada semáforo parecía durar una eternidad y las ansias me carcomían por dentro. Lo único que quería era llegar. Sentía que cada minuto jugaba en mi contra, mientras vos parecías divertirte estirando ese momento, dejándome arder en silencio hasta que, por fin, doblaste la última esquina.

Me llevás a la habitación. No esperás. Me acercás a la cama... ya sé lo que me espera después de tantos días diciéndote que no. Me das la vuelta, levantás mi ropa, dejando mi piel expuesta. Un beso que arde me obliga a cerrar los ojos. Por dentro vuelvo a sentir ese delicioso castigo, ese que espero en secreto cada vez que aparece uno de tus mensajes.

Tus labios se adueñan de mi cuello, de mi pecho y de cada rincón de mi piel. Ya no puedo soportar la espera. Estoy incendiada. Todo en mí te busca. Te miro casi suplicando, pero disfrutás hacerme desear un poco más. Querés que sea yo quien lo pida. Te divierte cuando lo hago, pero más te enloquece saber que tenés el control.

Cada instante hace que el mundo desaparezca un poco más. Tu voz se mezcla con mi respiración y apenas puedo distinguir qué decís. Solo sé que no quiero que termine. Cada roce me recuerda por qué siempre vuelvo a vos, como si nadie más pudiera despertar en mí esta mezcla de ansiedad, deseo y calma al mismo tiempo.

Ya no intento controlar nada. Disfruto cediéndote el mando. Cierro los ojos y me dejo llevar una y otra vez, hasta quedar agotada. Recién entonces decidís que es el momento. Me hacés mirarte, exigiendo que no aparte la vista, como si quisieras asegurarte de que entendiera, una vez más, quién llevaba las riendas.

Porque en ese punto ya no se trata de resistir, sino de descubrir hasta dónde sos capaz de llegar.

Y sé que, si te dejo...

No tenés límites.

Y yo...

Hace tiempo elegí no detenerte.

Aunque ahora que lo pienso...

Si así me ibas a castigar...

Al menos me hubiese gustado que me avisaras que era una despedida.

Pero no lo hiciste. Y quizás fue mejor así. Porque hay despedidas que no necesitan palabras, ni promesas, ni un último adiós. A veces simplemente llega un momento en que entendés que aquello que tanto deseabas ya no puede darte nada más. Y mientras vos seguías creyendo que todavía quedaba algo por descubrir, yo ya estaba aprendiendo a soltar.

No lo supe esa noche. Todavía no.

Lo entendí después, cuando descubrí que algunas personas no se van de tu vida de golpe. Primero se van de tus ganas. Después de tus pensamientos. Y finalmente, sin hacer ruido, dejan de doler.

Quizás esa fue tu verdadera despedida. La última vez que abriste aquella puerta y yo elegí entrar sin saber que, cuando la cerraras detrás de vos, algo en mí también iba a cerrarse para siempre.

No sabía que era una despedida. Pero quizás vos tampoco sabías que era la última vez que iba a elegir entrar.





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