prólogo

9 3 4
                                        

Londres, 1862 - La Era Victoriana

En lo alto de las colinas ondulantes de Surrey se alzaba la imponente Mansión Wynthrope, un símbolo de poder, riqueza y silencio.

Era el hogar del Duque Adrian Cavendish, un hombre de sangre noble con una mirada orgullosa y modales contenidos, cuyo corazón nunca había sido realmente tocado...

hasta que apareció un joven Omega de apariencia delicada y ojos claros e inocentes.

Llegando como asistente del bibliotecario, recomendado por un anciano erudito.

Su presencia era tan silenciosa como una brisa que se desliza entre libros antiguos, pero no pasó desapercibida.

Desde el principio, Adrian le observaba en secreto: la gracia de dus manos, la forma tímida en que bajaba la mirada, el leve sobresalto cuando alguien pronunciaba su nombre.

-¿Cuál es tu nombre, pequeño ruiseñor?-

preguntó el Duque una tarde, mientras la luz dorada del atardecer bañaba la biblioteca.

-... -
respondio, sin levantar la vista.

-Llámame Adrian -

dijo el Duque con suavidad.

A partir de ese día, paso cada vez más tiempo junto al noble.

Paseaban por los jardines bajo cielos grises, leían poesía de Byron y Shelley juntos, y compartían tímidas risas en los pasillos vacíos.

Su primer beso llegó una noche de tormenta en la Galería de los Espejos, sellando un amor prohibido que debía permanecer oculto.

-¿Me amas, Adrian? -

pregunto el omega con el corazón en la mano.

-Más que a la vida misma -

respondió el Duque, atrayéndolo hacia su abrazo.

Pero en las sombras de la alta sociedad, empezaron a circular rumores.

Cartas anónimas, susurros de sirvientes y chismes venenosos afirmaban que se me había visto en la ciudad con otro Alpha, que su dulzura era solo un disfraz y que la ambición era su verdadero motivo.

Orgulloso y profundamente herido, el Duque creyó esas mentiras sin buscar nunca la verdad.

Nunca le enfrentó. Nunca le pidió una explicación. Simplemente fingió.

Y mientras Adrian fingía, el seguía entregándole cada vez más de si mismo, creyendo en un amor que se deslizaba silenciosamente entre sus dedos.

Adrian se volvió más atento, más cariñoso, más apasionado que nunca.

Antes de partir hacia Francia, incluso le prometió matrimonio.

-Cuando regrese, te haré mi esposo -

dijo, acariciando su mejilla con ternura engañosa.

-Te esperaré cada día -

respondio, con lágrimas brillando en tus ojos.
Y lo hizo.

Durante tres largos meses, cada amanecer fue una oración. Pero el Duque regresó...comprometido

Su prometido Lord Henry Moore, un Omega de nacimiento noble, su boda se celebró con lujos en París.

El omega se entero de la verdad a través de los periódicos y los susurros de los sirvientes.

Cuando Adrian regresó a la mansión, pasó de largo junto al joven que lo había esperado con devoción inquebrantable, sin siquiera dignarse a mirarlo.

Esa noche, sin embargo, el Duque te mandó llamar a su estudio.

Llego temblando, con el alma hecha pedazos. Adrian estaba de pie frente a la chimenea, con una copa de brandy en la mano.

-¿Por qué... por qué hiciste esto? -

Pregunto, con la voz quebrada.

-¿De verdad quieres saberlo?-

respondió el Duque, apenas girando la cabeza, con los ojos sombríos

-. Porque creí que eras incapaz de ser fiel. -

-¡Nunca te traicioné! ¡Nunca estuve con otro Alpha! -

grito desesperado

-. Te amaba... ¡todavía te amo!-

El silencio llenó la habitación, espeso como el humo que se elevaba de la chimenea.

-Entonces, pruébalo -

susurró Adrian, acercándose

-. Si todavía me amas, quédate conmigo esta noche.-

Retrocedio, incrédulo.

-¿Solo por esta noche? ¿Como un recuerdo? ¿Eso soy ahora para ti? -

-Eres el único que todavía me hace sentir algo -

murmuró el Duque, atrapándole con la mirada

-. Quédate, pequeño ruiseñor. Quédate... y hazme creer en ti-

Roto más allá de las palabras, acepto. Se desnudo frente al hombre que amaba

creyendo que tal vez esa noche podría salvar lo que ya se había perdido.

Beso a Adrian con devoción tierna, mientras las lágrimas resbalaban por dus mejillas y susurraba su nombre como si la fe pudiera restaurar su amor.

Adrian le sostuvo con pasión contenida, como si aún le perteneciera

Pero cuando terminó, el Duque se levantó de la cama. Sin decir una palabra, cogió un puñado de monedas de su escritorio y las arrojó sobre el pecho desnudo del Omega

-Por tus servicios, Omega -

dijo con frialdad

-Como cualquier otro-

Se quedo helado.

-¿Q-Qué... qué haces? -

susurro mirando las monedas como si fueran cuchillas.

-Es lo que mereces -

respondió Adrian sin volverse

-. No esperes nada más de mí.-

Dicho esto, se marchó.

Esa misma noche, hizo su equipaje. Ya no lloro Ya no grito. No pedio explicaciones.

Salio por la entrada de servicio bajo la lluvia torrencial, como un fantasma sin un lugar al que llamar hogar.

Adrian se quedó solo en la oscuridad de su estudio, sintiendo por primera vez en su vida el aplastante peso de la culpa.

Pero ya era demasiado tarde. Había destruido la única alma que lo había amado sin condiciones.

Y el pequeño ruiseñor... Nunca volvió a cantar para él.

Pasaron cinco años.

Durante esos años, el omega dio a luz a un niño llamado Eliot, a quien amaba más que a nada en el mundo.

Eliot era, de hecho, el hijo de Adrian, pero mantuvo esa verdad oculta.

No quería saber nada más del hombre que le había roto por completo.

Finalmente el Duque rompió el compromiso y se quedó solo consumido por la culpa sin embargo el destino tenía otros planes quizas

Has llegado al final de las partes publicadas.

⏰ Última actualización: Sep 01 ⏰

¡Añade esta historia a tu Biblioteca para recibir notificaciones sobre nuevas partes!

Perdoname Pequeño RuiseñorHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora