Como dos almas tristes, rotas y sumidas en la soledad, Armando había invitado a Marcela a tomar una copa en la penumbra de su oficina.
—Necesito entender en qué momento se me salió esto de las manos, Marce... —dijo Armando, haciendo una pausa cargada de pesadez antes de apurar el trago de coñac—. ¿En qué momento Betty se volvió una desconocida? ¿En qué momento dejó de amarme?
Marcela lo observó en silencio, manteniendo la compostura mientras se llevaba la copa a los labios para dar un sorbo pausado.
—Lo que empieza mal, termina mal —sentenció ella, dejando escapar un profundo suspiro.
Armando enterró la cabeza entre las manos, abrumado por el vacío.
—Beatriz es una mujer que, a su edad, apenas está descubriéndose —continuó Marcela en tono sereno—. No justifico lo que hizo, pero...
Armando levantó la vista, fijando en ella una mirada desesperada que le suplicaba que se explicara.
—Dejó su propia vida de lado para entregártela a ti —concluyó Marcela, mirándolo fijamente—. Dirigió la empresa de tu familia, se convirtió exactamente en lo que la sociedad esperaba que fuera y, al final, se cansó. El amor no basta cuando la rutina es más fuerte.
Armando soltó el aire en un largo suspiro.
—Debo confesarte que, a veces, me pregunto... ¿qué hubiera pasado si...?
Marcela levantó una mano con delicadeza y le colocó un dedo sobre los labios para interrumpirlo.
—Shh, no lo digas.
—¿No lo piensas nunca? —insistió Armando, alejándose un poco para sostenerle la mirada.
Marcela dejó escapar un suspiro pesado y desvió los ojos hacia la penumbra de la oficina.
—Solía hacerlo, por mera nostalgia—confesó con la voz levemente quebrada—. Me imaginaba una vida contigo, una familia... —Bajó la mirada, fijándola en sus propias manos—. Pero es mejor así. No me gustaría haber vivido la vida de Beatriz... Debe ser una sensación terrible.
Armando asintió con amargura, sintiendo el golpe directo de sus palabras.
—Es una pena que pienses eso —murmuró él con pena—. Tú te merecías la mejor versión de mí, la que nunca supe darte.
Marcela se levantó del sofá para servirse otra copa, dejando que el tintineo del cristal rompiera el denso silencio de la oficina.—Es curioso que, al final del día, siempre terminamos siendo...
—Solo tú y yo —terminó la frase Armando, poniéndose de pie para tomar la botella suavemente de las manos de Marcela y servirse él también.
Se quedó de pie a tan solo un paso de ella, sosteniendo la jarra de cristal con una mano y buscando su mirada con una intensidad cargada de nostalgia y alcohol.
—Es como si estuviéramos destinados a estar juntos —dijo Armando, mirándola directo a los ojos, con la corbata suelta y el rostro desgastado por el peso de sus propios errores.
—Juntos... —repitió Marcela en voz baja, casi en un susurro, probando el peso de la palabra en sus labios como si intentara descubrir si le traía paz o consuelo.
Lo miró fijamente a los ojos mientras él colocaba la copa sobre una mesa cercana, acortando la distancia entre los dos con la mirada fija en sus labios. Marcela dejó escapar un suspiro tembloroso; la confusión del alcohol y la tormenta de sentimientos encontrados le nublaban por completo la razón. Buscando apoyarse para no ceder ante el vértigo que le provocaba tanta cercanía, su mano encontró la mejilla de Armando. Él cerró los ojos por un segundo, disfrutando de ese tacto suave y cálido, exactamente como lo recordaba.
Armando le tomó el rostro con ambas manos, temblando ante la expectación de volver a besarla. Sus labios finalmente se encontraron en una caricia suave que rápidamente fue ganando intensidad. Pegó su cuerpo contra el de ella, anulando cualquier distancia y reconociendo al instante la firmeza de sus formas y la calidez de su piel. Recordó con una punzada de nostalgia lo bien que encajaban sus cuerpos, cómo el resto del mundo solía desaparecer cuando la tenía en sus brazos, reduciendo toda la penumbra de la oficina a esa única y repentina explosión al tenerla nuevamente entre sus manos.
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One-Shots #Parcela.
FanfictionLa tercera temporada me dejó mucho que desear... Disfrutemos juntos.
