Lucía soporta desde hace tiempo la sombra de una relación construida sobre la inmaduridad, los desplantes constantes y la indiferencia de su novio, Santiago Beltrán, segundo arquero de la Selección Argentina, para quien la fama y los amigos siempre...
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El viento helado de julio bajaba con furia por las tribunas del estadio, colándose sin piedad entre las costuras de la ropa y congelándole las manos a Lucía. Miró la pantalla del celular por enésima vez. El mensaje que le había mandado a Santiago hacía media hora seguía ahí, en gris, sin leer ni un solo tick azul. Allá abajo, sobre el verde césped perfectamente iluminado por los reflectores artificiales, los jugadores realizaban los movimientos precompetitivos bajo las órdenes del preparador físico, pero la cabeza de Lucía estaba a kilómetros de esa fiesta deportiva, rumiando exactamente la misma angustia de siempre: la de ser un simple adorno decorativo que se arrastra a los estadios únicamente para cumplir con el protocolo invisible de novia de futbolista.
Desde que a Santiago lo habían convocado por primera vez como segundo arquero de la Selección Argentina, las cosas no habían mejorado ni un poco; por el contrario, se habían tornado insostenibles. Entre la marea de la nueva fama, la euforia de las redes sociales, las concentraciones eternas en Ezeiza y la necesidad perpetua de encajar con el grupo en las bromas de vestuario, las partidas interminables de videojuegos y las salidas clandestinas, para él Lucía se había transformado en un mueble más que decoraba su departamento. Esa misma tarde, sin ir más lejos, la había dejado literalmente colgada en la platea VIP del estadio mientras él subía a los ponchazos al micro oficial, cantando a los gritos con sus compañeros y revoleando la ropa, sin siquiera frenar un segundo a preguntarle si tenía abrigo suficiente para soportar la helada polar que se venía anunciando desde la mañana en los noticieros.
—Tirá para allá, amor, métete rápido con la gente que ahí vienen los dirigentes y nos apuran —le había soltado a las apuradas antes de desaparecer por la manga de acceso, dejándola sola con la valija y el bolso en medio del tumulto.
Un escalofrío violento la hizo encogerse sobre su propio cuerpo, cruzando los brazos con fuerza mientras intentaba ocultar los dientes que le traqueteaban por la baja temperatura. El partido estaba a pocos minutos de comenzar y ella sentía las piernas entumecidas, casi sin sensibilidad. A su alrededor, los familiares de los titulares festejaban, charlaban y sacaban fotos, ajenos por completo a la tormenta silenciosa que Lucía venía aguantando desde hacía meses, tragándose los desplantes, las llamadas cortadas y las excusas de un pibe que no tenía la menor intención de madurar.
A unos cuantos metros de allí, en la zona mixta y bordeando la línea de cal antes de arrancar los ejercicios formales de calentamiento, el plantel argentino se agrupaba en semicírculo. Emiliano Martínez caminaba con paso firme y pesado, corrigiendo posturas, ordenando a gritos y acomodándose los guantes con gestos mecánicos, imponiendo esa presencia magnética que mandaba en toda el área y contagiaba respeto a propios y extraños. Pero en medio de la charla técnica previa y el bullicio general, algo desvió la atención del arquero titular.
De reojo, con ese radar implacable que tenía para percibir todo lo que pasaba alrededor, el Dibu escaneó la platea baja, justo en la zona cercana al banco de suplentes de la delegación local. No tardó demasiado en ubicar a la chica que siempre acompañaba al pibe Beltrán a los partidos. La había cruzado en un par de cenas, en algún asado de protocolo en el predio y en reuniones íntimas del plantel. Le habían bastado un par de observaciones para notar el contraste abismal entre cómo la trataba Santiago —siempre displicente, ignorándola olímpicamente, riéndose con los otros suplentes mientras ella esperaba sentada en una esquina— y la profunda soledad con la que la chica cargaba a cuestas. Y en esa tarde helada, al verla tiritando de esa manera, encogida sobre su propio asiento con una camperita de jean que no le abrigaba ni las ideas, al arquero se le encendió una pequeña alerta interna.