Hace muchos años, donde se podía respirar aire limpio en las calles sin tanta contaminación y se podía sentir como el sol pasaba sin nubes tan bochornosas que podían quemar al piel al tacto. Existía una familia que a pesar de no ser famosa, era muy longeva para esa época, la familia Uribe era conocida no solo por sus años de línea, sino también por tener herederos muy capaces en los negocios, dinastía siempre prolifera y muy religiosa, siendo intachable ante la sociedad y un que dirán bien cuidado.
En ese entonces el jefe de la familia era el hijo del viejo Manuel Uribe, Claudio Manuel Uribe, quien había hacía casi veinticinco años contraído matrimonio con su amiga de la infancia, Eulalia Mainez, hija de una familia casi igual de conservadora y longeva que los Uribe, quien llegó del norte del país a asentar raíces de su negocio familiar en creación de muebles de alto lujo que los propios políticos fascinaban comprar a sus esposas.
Se conocieron al asistir al mismo colegio de alta clase manejado por los Jesuitas y ser compañeros en la misma congregación. Al ser familias con ideales tan casi iguales, se volvieron amigos en un instante aumentando la popularidad de ambas líneas de sangre, que incluso desde antes que Eulalia y Claudio se enamorarán, ya sus propios padres habían planeado su boda incluso en contra de la voluntad de sus hijos, pero fue voluntad de Dios que ellos se amarán.
A los veinte años cumplidos de ambos, se casaron un sábado 01 de noviembre de todos los Santos, siendo una gran boda en la catedral de la ciudad, con más de trescientos asistentes que presenciaban y validaban la unión perfecta de ambos primogénitos que traerían éxito a la familia Uribe y la familia Mainez.
Un año después nació su primer hijo y primogénito de la familia, Edmundo Manuel Uribe Mainez, quien de bebé era tan bello que todas las chicas de sociedad, morían por tener el suyo propio tan pronto como pudieran, con el tiempo se volvió un niño regordete pero aún así dulce, que al llegar su adolescencia pegó el estirón y se volvió tan alto como su abuelo, pero con la musculatura y galantería de su abuelo materno, Danilo Mainez, nadie creería que en su juventud no fuese un joven rompe corazones, que en lo contrario, fue un chico demasiado ensimismado en su persona y siguiendo los ideales de su familia, solo estaría con la mujer que mereciera estar a su altura a pesar desde la niñez, se enamoró varias veces de distintas jovencitas tan solo ver las sonrisas que ellas le compartían.
Y otro año después nació su segundo bebé, su hija Brígida Sofía Eunice Uribe Mainez, la bebé más risueña que tuvo la familia en su vida y que mantendría durante toda su juventud y adultez hasta que la vejez le cobró sus dientes pero jamás dejó sus risas tan soñadoras que en todo su entorno llenaba de un ánimo cálido, esperaban que la belleza de las mujeres Mainez se hiciera presente, sin embargo ganó la sangre de las mujeres Uribe la que predominó, si bien toda fémina de la dinastía no eran feas, tampoco eran señaladas por su encanto facial, si no más bien su porte e inteligencia, la cual Brígida mezclaba con su sonrisa y risa a lo cual más de un hombre hizo suspirar, y también por su esbelta figura igual a la de su madre pero mucho más alta que ella.
Siendo la familia perfecta, y ante la aprobación de todos, creían que nada más los podía hacer felices y completos. Hasta que en el quinto cumpleaños de la pequeña Brígida, Eulalia antes de soplar las velitas, escuchó la conversación de dos tías abuelas de su esposo, diciendo que aprovecharían tomar tantas fotos a su sobrina bisnieta con su vestido y cabello largo antes de tomar los hábitos, aquella conversación llegó como un zumbido al oído de Eulalia a lo que la llevó a recuerdos vagos de su juventud de cuando Claudio le contó que su último hermano se iba a volver sacerdote y en pláticas de reuniones familiares hablando de la costumbre de los Uribe de mandar al hijo menor de cada integrante a tomar los hábitos, hombre o mujer, no importaba, se volvía uno con la iglesia.
Esa misma noche después del festejo de la hija de ambos, Eulalia consultó a su esposo del tema y quien le afirmó de lo cierto, sus padres habían tenido cinco hijos, dos mujeres y tres varones, y el último, Sixto, al cumplir dieciocho años empezó su preparación para volverse sacerdote, y todos los hijos menores de sus tíos y primos, tenían el destino marcado.
Durante las semanas siguientes, el cerebro de Eulalia maquinó al mil por hora, amaba a sus dos hijos y deseaba más que nada que ambos encontraran el amor en personas de bien y que tuviesen sus hijos como ella y Claudio concibieron, y no por deber, sino por la pasión desmedida que los unía desde hacía años, incluso desde antes de contraer nupcias y que con un doloroso y asfixiante sacrificio de llegar al altar puros ya era muy lejano en cada noche que pasaban. Hasta que un miércoles por la tarde viendo a sus hijos jugar en la casita, el cerebro de Eulalia se detuvo, y supo la respuesta de inmediato: ocupaba volverse embarazar.
Y en esa misma noche, mientras Claudio volvió tarde en la noche ante una junta, al entrar a su cuarto se encontró con su mujer en la ropa más atractiva posible y que tan solo la energía de la sangre de él se activó de nuevo. Era común que ellos consumaran su amor casi todos los días, con la diferencia de que Eulalia se había dado la tarea de buscar un nuevo embarazo, hasta que lo consiguió y ocho meses después de saber de su preñes dio a luz a su tercera hija, Adela Uribe Mainez, quien a diferencia de sus hermanos, no nació del amor, nació del deber putrefacto de seguir los ideales familiares y la cual su propia madre no ideó una línea de nombres al solo ser la vasija que salvaba a sus hermanos del destino que ya era para ella.
Eulalia no sentía ninguna compasión de su hija menor y reprochaba con amargura de que Adela haya heredado la belleza de las mujeres Mainez y la estatura baja que compartía con su madre. Y fue a ella, quien más empeño le entregó a estar al pendiente de su educación religiosa, a quien le negó compartir escuela con sus hermanos e ir siempre a institutos femeniles a cargo de las monjas más estrictas en su estirpe que habían olvidado alguna vez su niñez para ser esposas de Cristo.
Con una frialdad que rompía el trato distinto que tenía a sus otros hijos y que justificaba con que era para hacer a su hija más fuerte y que amara con fascinación la vida de hábitos y rezos.
Hasta que el décimo octavo cumpleaños de su hija llegó y llegaría el camino para volverse una religiosa.
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Entre todas las mujeres
RomanceLa última de la familia es la que se vuelve religiosa por obligación familiar. No es un camino deseado ni esperado y tampoco aceptado. Ser amado no es opción, a excepción de lo que puede sentirse como con otros amores prohibidos que son peligrosos.
