CAPITULO 1: Algo que no sabemos nombrar

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Ferran no sabía por qué siempre terminaba buscando a Pedri.

No era algo que hiciera conscientemente. Simplemente ocurría. Entre todos los jugadores del campo, sus ojos acababan encontrándolo. En el vestuario, terminaba sentado cerca de él. En los viajes, siempre había alguna excusa para hablarle. Y cuando Pedri se marchaba antes que él, se quedaba con una sensación extraña en el pecho que no sabía explicar.

Aquella tarde, después del entrenamiento, estaban prácticamente solos en el vestuario. Algunos compañeros ya se habían ido y el ruido de las duchas llegaba desde el otro lado de la habitación. Pedri estaba sentado en uno de los bancos, con el pelo todavía húmedo y el móvil entre las manos.

Ferran lo miró durante unos segundos.

No sabía por qué lo hacía.

Simplemente le gustaba hacerlo.

—¿Qué? —preguntó Pedri de repente, levantando la mirada.

Ferran parpadeó.

—¿Qué?

—Me estás mirando.

—No.

Pedri soltó una pequeña risa.

—Sí.

—Estás obsesionado conmigo.

—Claro —respondió Pedri, riéndose—. Ese es mi gran problema.

Ferran sonrió. Aquella sonrisa de Pedri tenía algo que siempre conseguía cambiarle el humor, incluso cuando había tenido un día horrible. No entendía por qué. Nunca se había parado a pensarlo.

Solo sabía que le gustaba verlo sonreír.

—¿Qué haces luego? —preguntó Ferran mientras comenzaba a guardar sus cosas.

—Nada. ¿Por?

—Por nada.

Pedri lo miró unos segundos.

—Podríamos ir a comer algo.

Ferran levantó la cabeza inmediatamente.

—Vale.

La respuesta había salido demasiado rápido.

Pedri arqueó una ceja, divertido.

—Ni te lo has pensado.

—Tengo hambre.

—Ya.

Los dos rieron, pero ninguno comentó aquella pequeña sensación que había aparecido en el ambiente.

Era extraño.

Cuando estaban juntos, todo parecía demasiado fácil. Podían pasar horas hablando de cualquier tontería, molestándose, riéndose de cosas que probablemente no tenían ninguna gracia. Y, aun así, había momentos en los que se quedaban en silencio y ninguno sabía muy bien qué hacer.

Como aquel.

Pedri se levantó y pasó por delante de Ferran para coger su mochila. Sus hombros se rozaron apenas durante un segundo.

Fue suficiente para que Ferran se quedara quieto.

No entendió por qué había sentido aquel pequeño vuelco en el estómago.

Pedri tampoco entendió por qué, al notar el contacto, había dejado de respirar durante un instante.

Ninguno dijo nada.

—¿Vamos? —preguntó Pedri.

—Sí.

Salieron juntos del vestuario.

Por el camino hablaron de cualquier cosa. Del entrenamiento, de una jugada que había salido mal, de una tontería que había dicho uno de sus compañeros. Todo era normal.

O al menos eso pensaban.

Porque había algo en la forma en la que Ferran miraba a Pedri cuando este no se daba cuenta. Algo en cómo Pedri buscaba su compañía incluso cuando tenía a otras personas alrededor. Algo que ninguno de los dos sabía explicar.

No era amor.

Al menos, eso era lo que ambos habrían dicho si alguien se lo hubiera preguntado.

Eran amigos.

Muy buenos amigos.

Y ya estaba.

Pero aquella noche, cuando se despidieron en la puerta del restaurante, ninguno de los dos tuvo ganas de marcharse realmente.

—Nos vemos mañana —dijo Pedri.

—Sí. Mañana.

Se quedaron mirándose un segundo más de lo necesario.

Después, Pedri sonrió y se marchó.

Ferran lo observó alejarse hasta que desapareció de su vista.

No entendía por qué le costaba tanto apartar la mirada.

Pedri, mientras caminaba hacia su coche, tampoco entendía por qué sonreía.

Ninguno sabía qué les estaba pasando.

Todavía no.

Y quizá lo peor era que, mientras ellos intentaban convencerse de que no había nada extraño entre los dos, aquello que no sabían nombrar empezaba a hacerse cada vez más grande.

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