Prólongo

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Ciudad de México

El reloj marcaba las doce de la noche cuando Dalilah Polanco entró a su mansión. Cerró la puerta tras de sí y se apoyó contra la madera fría, dejando caer la cabeza hacia atrás. Erguida, imponente, vestida de negro impecable, con esa cabellera negra como la noche que caía ondulada hasta su cintura, ojos oscuros y mirada de hielo —a sus treinta y nueve años, todos decían que era la mujer más hermosa de la ciudad. Nadie se atrevía a mirarla a los ojos demasiado tiempo. Nadie se acercaba de verdad. Y ella lo quería así. Fría, distante, arrogante, odiaba la debilidad... y odiaba a los niños. Le recordaban lo que le habían arrebatado.

Caminó hasta el gran ventanal de su despacho. Allí, sobre the mesa, un calendario abierto en 9 de junio. Sus dedos largos y finos acariciaron la fecha. Y por primera vez en el día, su máscara se resquebrajó. Los ojos se le llenaron de lágrimas que no dejó caer, apretó los labios y respiró hondo. Quince años. Quince años sin ti.

—¿Otra vez esa fecha, Dalilah? —se dijo en voz baja, amarga—. Ellos te dijeron que murió. Tienes que dejarlo ir. Pero no puedo... jamás podré.

A los veinticuatro años, todo había sido un error de un mes. Un mes de risas, de besos, de un amor tan intenso como breve: Aldo de Nigris. Rubio, de ojos azules deslumbrantes, carismático hasta deslumbrar, y con un orgullo tan grande como el suyo. Habían ardido juntos treinta días. Y la última noche, se amaron con furia... y al amanecer, él se fue. Tomó un avión a Nueva York a estudiar, sin saber que dejaba algo vivo latiendo dentro de ella. Sin despedirse bien. Sin volver.

Luego vino el parto, el grito, el dolor... y luego la pesadilla. Le dijeron que se la habían llevado. Que la habían cambiado. Y semanas después, la sentencia que la partió en dos: había muerto. Sus padres, Aida y Cutberto Polanco, la obligaron a irse a Londres, a estudiar, a construir un imperio, a olvidar. "No hay nada que hacer, hija. Sigue adelante". Y lo hizo. Se convirtió en la mejor, en la temida dueña de la agencia de publicidad más importante del país. Pero el corazón se le quedó aquel día, junto a su bebé.
A unos kilómetros de allí, en una casa mucho más modesta, Mónica terminaba de arreglarse el uniforme. Tenía quince años. Cabello rubio brillante, ojos azules clarísimos iguales que los de Aldo, y unas pecas hermosas esparcidas por la nariz y las mejillas, idénticas a las de Dalilah. Era idéntica a ambos, una mezcla perfecta que el destino había mantenido oculta todo este tiempo. La enfermera que la intercambió se la entregó a una pareja joven cuyo bebé había nacido sin vida; ellos nunca supieron la verdad, la criaron con amor... y ahora, su madre adoptiva acababa de conseguir empleo como empleada doméstica en la mansión de Dalilah Polanco, y la llevaba consigo para ayudar en las tareas.

—Vamos, Mónica, no llegaremos tarde —llamó su madre desde la puerta.
—Ya voy, mamá —respondió ella con una sonrisa dulce y desconocedora de todo.
Al día siguiente, en la sala de juntas más lujosa del centro financiero, el aire se volvió denso cuando él entró.

Aldo de Nigris tenía treinta y nueve años también. Seguía siendo espectacular: alto, rubio impecable, traje carísimo, sonrisa encantadora que llegaba a todos menos a ella. Sus ojos azules se clavaron en Dalilah y brillaron con esa mezcla de furia y algo más que nunca lograban apagar. Llevaba ocho años peleándose con ella por cada contrato, cada proyecto, cada centímetro de terreno empresarial. Y ahora... el destino se burlaba de ambos.

—Bueno, ya están todos —dijo el presidente de la junta, mirando los papeles—. El contrato multimillonario exige que trabajen juntos. Serán socios en este proyecto. Y ninguno de los dos puede retirarse. Está firmado.

Dalilah soltó una risa fría y cortante, cruzando los brazos sobre el pecho.
—¿Disculpe? ¿Con él? Prefiero que me arranquen la piel viva. Cualquier cosa antes que compartir mi trabajo con este arrogante insoportable.
Aldo la miró de arriba abajo con esa sonrisa media burlona que la sacaba de quicio.
—Igualito siento yo, Dalilah. Ver su cara todos los días va a ser un castigo. Pero no se preocupe, yo sé comportarme... a diferencia de ciertas personas que solo saben gritar y dar órdenes.
—¿Yo dando órdenes? ¡Usted es incapaz de hacer algo bien sin que se lo corrijan! Llevo ocho años viendo sus errores, De Nigris.
—Y yo llevo ocho años soportando su altivez, Polanco. Cree que el mundo entero gira a su alrededor y no es así.
—¡Basta! —intervino el presidente—. El trato está hecho. Juntos. Si fracasan, pierden ambos. Tienen que entenderse.

Salieron de la sala uno tras otro, sin hablar, con el ceño fruncido. Pero al llegar al pasillo, Aldo la detuvo del brazo. Su tacto le quemó la piel a los dos.
—Escúcheme bien —le dijo bajito, mirándola a los ojos con intensidad—. No sé qué trama el destino, pero este contrato lo haremos funcionar. Y mientras tanto... mantenga su distancia. ¿Entendido?
Dalilah se zafó de un tirón, con las mejillas encendidas, furiosa y con el corazón latiéndole desbocado como solo él lograba hacerlo.
—No me dé órdenes. Haré mi parte. Y no se preocupe: tocarlo a usted sería lo último que deseo. Tiene suficiente con su esposa, ¿no? Mar Contreras, ¿verdad? Espero que ella al menos lo aguante.
Aldo se puso serio de golpe. Nadie sabía lo que pasaba tras las puertas de su casa. Tres años casado con Mar, una mujer superficial y vacía que lo engañaba a cada oportunidad que tenía. Él lo sabía. Aguantaba. Y cada día se sentía más solo.
—No hable de lo que no conoce, Dalilah —respondió con voz grave y seca—. Y ponga de su parte. Nos vemos mañana a las nueve en su despacho. No llegue tarde.
—No espero menos de usted. Y váyase. Su presencia me molesta —respondió ella, altiva, aunque cuando él se alejó, se quedó mirando su espalda mucho más tiempo del que debía.
Esa tarde, Dalilah regresó temprano a su mansión. Y al entrar al gran vestíbulo, vio a su nueva empleada... y a ella.

Mónica estaba de pie junto a su madre, con las manos entrelazadas, un poco tímida. Y cuando Dalilah puso los ojos en la joven, se quedó inmóvil. El aire se le escapó de los pulmones. Los ojos azules... las pecas... esa mezcla exacta de rasgos que parecían salir de un espejo combinado entre ella y... Aldo. El corazón le dio un vuelco tan fuerte que tuvo que apoyarse en una columna.

Mónica alzó la vista, la miró con respeto y una pequeña sonrisa educada.
—Buenas tardes, señora. Soy Mónica. Mucho gusto.

Dalilah no respondió de inmediato. Le temblaba levemente la barbilla. Quería preguntarle quién era, quiénes eran sus padres, de dónde salía esa cara... pero la barrera de hielo volvió a cerrarse rápido. Sacudió la cabeza, pensando que era solo su imaginación, que la fecha la ponía sensible. Frunció el ceño y adoptó su tono más frío y cortante.
—... Buenas tardes. No hablen más de lo necesario. Cumplan con su trabajo y no se metan en mi camino. Y manténganse alejadas de las zonas privadas. ¿Quedó claro?
—Sí, señora —respondió Mónica bajando la mirada, un poco asustada por la frialdad de aquella mujer tan hermosa y tan dura.

Dalilah pasó de largo sin detenerse, pero no pudo evitar mirar por última vez sobre su hombro. Y mientras subía las escaleras, su mente no dejaba de repetir: ¿Por qué se me hace tan conocida? ¿Por qué me duele verla? No tenía ni la menor idea de que su hija, su Mónica, estaba allí, a unos metros, respirando el mismo aire, creciendo bajo su techo. Y faltaba tanto tiempo para descubrirlo...

Porque primero, antes de la verdad, tendría que renacer lo que hace quince años quedó inconcluso: el amor entre ella y Aldo. Entre discusiones, trabajos juntos, recuerdos que regresan y secretos que salen a la luz poco a poco... tendrían que aprender a confiar de nuevo, a perdonar la partida de aquel joven de veinticuatro años, y descubrir que lo mejor no se había perdido para siempre... solo había estado esperando el momento justo para volver a sus vidas.

Y quizás, solo quizás, cuando el amor vuelva a unirlos por fin, entonces, y solo entonces, los ojos de Dalilah se abrirán y verán lo que tiene justo delante desde el primer instante.

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NUNCA SOLTARE A MONICA ... ES mi mejor guerrera Aldo y Dalilah también

El destino que nos unió Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora