𝔏𝔞 𝔥𝔢𝔯𝔢𝔡𝔢𝔯𝔞 𝔡𝔢 𝔥𝔦𝔢𝔩𝔬

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Lilith Montero aprendió a guardar silencio mucho antes de aprender a leer.

Tenía ocho años cuando comprendió que, en el Castillo Montero, las paredes escuchaban.

Lo supo una tarde de invierno.

La nieve cubría los tejados y se acumulaba sobre las almenas como una capa de azúcar. Desde las ventanas altas del ala este, Lilith podía contemplar los jardines completamente blancos. Los rosales habían desaparecido bajo la nieve y las fuentes estaban congeladas.

Era hermoso.

Y, sin embargo, Lilith llevaba casi una hora mirando aquel paisaje sin atreverse a tocar el cristal.

—Una dama no apoya las manos en las ventanas.

La voz de su institutriz sonó detrás de ella.

Lilith retiró las manos inmediatamente.

—Lo siento, señora Elsbeth.

—¿Y qué debe hacer una dama?

Lilith bajó la mirada.

—Mantener la postura.

—¿Y?

—Hablar cuando se le permite.

—¿Y?

La niña tragó saliva.

—No hacer preguntas innecesarias.

La señora Elsbeth asintió satisfecha.

—Muy bien.

Lilith volvió a mirar la ventana.

Tenía ocho años, pero ya sabía que existían respuestas que era mejor no pronunciar.

Su padre, el duque Aurelio Montero, decía que una heredera debía ser como el hierro: hermosa cuando se pulía, pero imposible de doblar.

Su madre, la duquesa Isolde, prefería compararla con una rosa.

Una rosa blanca.

Perfecta.

Sin espinas visibles.

Lilith no sabía cuál de las dos comparaciones odiaba más.

Desde que podía recordar, su vida había estado organizada alrededor de horarios, lecciones y obligaciones.

Por las mañanas estudiaba historia, geografía y genealogía.

Después aprendía idiomas.

Por las tardes recibía clases de música, danza y etiqueta.

Y, antes de dormir, su madre se sentaba junto a ella para explicarle cómo debía comportarse algún día como duquesa.

—Nunca debes levantar demasiado la voz.

—Nunca debes demostrar miedo.

—Nunca debes contradecir a un hombre delante de otros nobles.

—Nunca debes olvidar quién eres.

Aquella última frase era la que más se repetía.

Quién eres.

Lilith era una Montero.

Eso parecía significar que no podía ser simplemente Lilith.

No podía correr.

No podía ensuciarse el vestido.

No podía trepar a los árboles.

No podía reír demasiado fuerte.

Y, sobre todo, no podía decir que quería marcharse.

El veneno de la corteStories to obsess over. Discover now