Capítulo 1: El eco en el pasillo

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El timbre de salida retumbó por las paredes de concreto de la preparatoria con un zumbido agudo y ensordecedor que marcó oficialmente el final de la última y más pesada jornada de la semana escolar.
En cuestión de segundos, la aparente calma que había gobernado las aulas durante las últimas horas se desmoronó por completo.
Las puertas de madera pesada se abrieron de golpe en serie a lo largo de todo el corredor, y el pasillo principal del segundo piso se transformó en un cauce caótico y desbordado de estudiantes que buscaban salir cuanto antes del edificio.
El eco metálico de las mochilas chocando bruscamente contra los casilleros, el murmullo constante e indiferente de risas compartidas, los gritos a lo lejos de los chicos del equipo de baloncesto organizando su tarde y el andar apresurado de decenas de alumnos formaban la banda sonora habitual y agobiante de cada final de tarde.
​Entre toda esa masa humana en constante movimiento, Lee Minho caminaba a un paso notablemente pausado, manteniendo de forma intencional una distancia prudente del alboroto general. Llevaba su libreta de apuntes de danza fuertemente sujeta bajo el brazo derecho, mientras la otra mano permanecía hundida en el bolsillo profundo de su chaqueta oscura del uniforme.
Tenía la intención inicial de dirigirse directamente al salón de ensayo del club de baile para revisar las últimas modificaciones de la coreografía de cara al próximo festival de primavera, pero justo al acercarse al descanso de la escalera trasera
-una zona apartada donde la luz del sol matutino apenas lograba filtrarse y el flujo de gente disminuía drásticamente-, un tono de voz cortante, agrio y desprovisto de cualquier atisbo de afecto lo obligó a detener su marcha en seco.
​Minho se pegó sutilmente a la pared lateral, quedando a la sombra de una columna, y se asomó apenas lo necesario sin llamar la atención de los involucrados.
A unos pocos metros de distancia, arrinconado contra la fría fila de casilleros del fondo, se encontraba Han Jisung. El chico sostenía sus libros de texto y un cuaderno grueso de partituras apretados contra el pecho con tanta fuerza que parecía intentar utilizarlos como un escudo invisible frente al mundo exterior.
Traía el uniforme ligeramente holgado, el cabello castaño desordenado por las largas horas de clase y la mirada clavada fijamente en el suelo de linóleo, con los nudillos completamente blancos debido a la presión con la que aferraba sus pertenencias.
​Frente a él, bloqueándole de manera deliberada cualquier margen de paso o vía de escape, se encontraba Minjae. Su postura era completamente rígida, con los brazos cruzados con fuerza a la altura del pecho y una expresión de fastidio tan evidente que ni siquiera se molestaba en disimularla, a pesar de que de vez en cuando algún estudiante despistado pasaba cerca de ellos.
​-Llevo más de quince minutos esperándote abajo en la entrada principal del edificio, Jisung- reclamó Minjae, endureciendo de manera intencional el tono de voz para que cada una de sus palabras sonara como un reproche directo y humillante.
-Habíamos quedado muy en claro en que ibas a salir a tiempo para acompañarme a la parada del autobús. No entiendo qué demonios tenías que hacer quedándote a perder el tiempo en el maldito pabellón de música!-
​-Lo siento mucho, Minjae... De verdad, lo siento- respondió Jisung. Su voz era apenas un hilo frágil, tembloroso y apagado que casi se perdía por completo entre el ruido distante del pasillo.
Se mordió el labio inferior con una mezcla de nerviosismo y culpa antes de atreverse a continuar.
-El profesor de producción se extendió unos minutos más de lo previsto revisando los arreglos de la pista para la entrega de la próxima semana y me fue imposible cortar la clase a la mitad. Incluso te mandé dos mensajes al teléfono para avisarte que me demoraría un poco...-
​-A mí no me sirve absolutamente de nada que me mandes un mensaje de texto cuando ya estoy abajo esperando como un idiota- lo interrumpió Minjae de inmediato, sin dejarlo terminar la justificación, mientras daba un paso más hacia él para acentuar la presión psicológica.-Lo único que me sirve y me importa es que cumplas lo que prometes a la hora que es. Siempre pasa exactamente la misma maldita historia contigo, Jisung. Priorizas cualquier tontería absurda del taller antes que los compromisos que hacemos juntos. Me haces perder el tiempo de una manera increíblemente egoísta-
​Jisung ya no intentó defenderse ni argumentar nada más en su favor. Se limitó a asentir ligeramente con la cabeza, bajando aún más la barbilla hacia su pecho y pidiendo una disculpa silenciosa por un retraso involuntario que claramente no había sido su culpa.
Minjae soltó un chasquido despectivo con la lengua en señal de profunda desaprobación, se dio la vuelta de manera brusca sin despedirse y echó a andar a grandes y pesadas zancadas hacia la salida principal, dejando a Jisung completamente solo frente a la hilera de casilleros metálicos.
​Cuando las pisadas de Minjae se perdieron por completo en la distancia, Jisung dejó escapar un larguísimo suspiro contenido, apoyando por fin la espalda contra el frío metal del casillero mientras cerraba los ojos con fuerza por unos segundos. Su rostro reflejaba un agotamiento profundo, que trascendía con creces el cansancio académico; era el peso constante de tener que rendir cuentas por cada minuto de su existencia.
​A corta distancia, oculto tras la columna, Minho apretó el puño en el interior del bolsillo de su chaqueta hasta el punto de que le dolieron las falanges. Llevaba semanas enteras observando exactamente la misma escena repetirse con una frecuencia alarmante: en los breves recesos del almuerzo, en los pasillos silenciosos de la biblioteca y a la salida de la escuela.
Cada semana parecía ser una copia exacta de la anterior. Veía cómo Jisung, un chico infinitamente talentoso, brillante, alegre y lleno de una creatividad desbordante cuando estaba rodeado de sus amigos en el estudio de música, se encogía, se volvía reservado y se llenaba de inseguridades cada vez que Minjae aparecía para dictarle cómo debía comportarse.
​Minho esperó pacientemente a que Jisung terminara de acomodar sus cuadernos dentro de la mochila y comenzara a caminar despacio en dirección opuesta.
Decidió no abordarlo en ese preciso instante para evitar exponerlo o incomodarlo tras el mal rato público que acababa de pasar, pero cambió su rumbo directo hacia la zona de los talleres artísticos.
​Unos diez minutos más tarde, la puerta de madera pesada del taller de música número dos se abrió de par en par con un leve y familiar rechinido. Jisung entró arrastrando literalmente los pies, dejando caer la mochila con un golpe sordo sobre una de las bancas laterales. Sin embargo, al levantar la vista de manera automática hacia la mesa auxiliar de trabajo ubicada en el centro del salón, su expresión cansada cambió de golpe.
​Sobre la superficie de madera, perfectamente ordenada y limpia, reposaba una lata de jugo de durazno bien fría -su bebida favorita indiscutible-, acompañada por un pequeño paquete sellado de galletas de avena que solía comprar en la cafetería.
A un lado, la silla estaba colocada de forma acogedora, como invitándolo a sentarse a descansar de inmediato.
​En el rincón opuesto del salón, sentado directamente sobre el suelo de parqué y apoyado con comodidad contra la caja de un amplificador de sonido, se encontraba Minho. Sostenía una guitarra acústica entre sus brazos y giraba las clavijas con absoluta calma, afinando las cuerdas una a una sin romper el silencio de manera abrupta. No levantó la mirada de inmediato hacia la puerta para no abrumar a Jisung con preguntas innecesarias; simplemente dejó que el ambiente cálido, seguro y silencioso del aula hiciera su trabajo de contención.
​-Gracias por esto, hyung... De verdad me hacía muchísima falta algo así en este preciso momento- dijo Jisung en un tono sumamente bajo, casi un susurro sincero, mientras se acercaba a la mesa para tomar la lata de jugo y sentir el frío reconfortante en sus palmas cansadas.
​-No tienes absolutamente nada que me tengas que agradecer, Hannie- respondió Minho con una voz pausada, cálida y serena. Dejó la guitarra a un lado sobre su soporte, levantó finalmente la mirada y le dedicó a Jisung una sonrisa tranquila, completamente carente de cualquier tipo de juicio o expectativa.
-Solo quiero que cada vez que cruces esa puerta te sientas completamente en paz. Tu música, tu talento y las ganas que le pones a las cosas valen demasiado como para que vengas a agotarte el alma por discusiones absurdas en un pasillo..-
​Jisung sostuvo la mirada de Minho por unos segundos eternos. En los ojos del mayor no había reclamos ocultos, ni exigencias aplastantes, ni reproches; solo una disposición absoluta y genuina de estar presente para él. Por primera vez en toda esa complicada tarde, Jisung sintió cómo la tensión acumulada en sus hombros y en el cuello comenzaba a ceder despacio, permitiéndole respirar con auténtica tranquilidad.

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