Prólogo

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POV: Lookmhee Punyapat

La mañana ya se despedía dando paso a la tarde cuando terminó nuestra primera clase. Se suponía que debíamos pasar directo a la segunda, pero la profesora encargada tuvo que ausentarse por un asunto familiar, así que la habían reprogramado. Eso nos dejó casi dos horas libres antes de la tercera clase: la exposición de Historia de Japón sobre el período Heian, con especial énfasis en la vida de Murasaki Shikibu, la dama de la corte que escribió La historia de Genji, la primera novela del mundo. Un tema hermoso, la verdad, con todos esos kimonos de capas, la poesía y las intrigas del palacio imperial. Un tema que, por supuesto, cierta persona no había tocado ni con el pétalo de una flor.

—¡Ven aquí! —grité, sin importarme que mi voz rebotara por todo el pasillo.

—¡Déjame en paz, idiota!! —me respondió, sin siquiera voltear a verme, apurando el paso entre las columnas de piedra clara del edificio antiguo.

—¿Cómo me dijiste?

No hubo respuesta. Solo el eco de sus pasos apresurados y el crujido de las suelas de sus zapatos escolares contra el piso de madera pulida.

Llevaba ya cinco minutos persiguiendo a esa chica por todos los pasillos de la escuela. A nuestro alrededor, las demás alumnas —futuras señoritas de sociedad, educadas para caminar con la espalda recta y la voz baja— nos miraban pasar con esa mezcla de curiosidad y escándalo tan propia de St. Michael's. No me importaba. Solo quería atraparla, así tuviera que perseguirla hasta el último rincón del internado.

—Vaya que eres rápida —le dije, casi sin aliento, aunque en realidad estaba fingiendo cansancio.

—Ya deja de perseguirme.

—No, hasta que hablemos.

—¡No tengo nada que hablar contigo!

Lo que ella no sabía era que yo no estaba corriendo a mi máxima velocidad. La conocía lo suficiente como para saber que, si de verdad quería atraparla, primero tenía que dejar que se cansara. Ella siempre ha sido así: pura energía nerviosa, como un gato asustado. Yo, en cambio, tengo algo de talento para el atletismo —herencia de años enteros en el club de atletismo—, así que solo esperé. Cuando noté que su respiración se agitaba y sus mejillas empezaban a teñirse de un rojo delator, aceleré. Ella se asustó, intentó refugiarse en el baño de chicas y cerrar la puerta con seguro, pero llegué justo a tiempo. La sujeté con firmeza del brazo y luego de la muñeca.

—Por fin te atrapé.

—Suéltame... auch, me duele.

Le solté la muñeca de inmediato.

—Para ser de mi tamaño, eres bastante delicada.

—¡Cállate!

—No. Ahora sí me vas a escuchar.

La llevé de regreso al salón. Ella caminaba con la cabeza gacha, esquivando las miradas curiosas de nuestras compañeras, que observaban la escena como quien mira un drama de sobremesa. Yo, en cambio, caminaba erguida, sin ningún tipo de vergüenza. Al final, yo tenía razón de mi lado.

—¿¡Qué tienes que decirme!? —soltó apenas cerramos la puerta del salón.

—¿Sabes qué día es hoy?

—Miércoles. ¡Cómo no lo voy a saber!

—Es el día de la exposición de la tarea, y tú no has hecho absolutamente nada.

—La tarea estaba difícil. No entendí nada del libro.

—¿Y por qué no me preguntaste? Te di mi usuario de LINE la primera semana de clases.

Unida a ti por amor | (LMSY)Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora