Enero del 2010
Lucero llevaba toda la mañana sonriendo.
No porque hubiera pasado algo extraordinario, sino porque ese día era especial.
Habían pasado años desde que Manuel y ella habían comenzado su historia. Habían vivido momentos hermosos, discusiones, reconciliaciones, viajes, noches de risas y también días difíciles.
Pero para Lucero, aquella fecha seguía teniendo el mismo significado.
Era su aniversario.
Desde temprano había preparado todo.
La casa estaba impecable. Había mandado a pedir la comida favorita de Manuel y colocado unas velas sobre la mesa. Incluso había elegido cuidadosamente un vestido que sabía que a él le gustaba.
Sobre la mesa había un pequeño regalo envuelto.
Lucero miró el reloj.
-Ya casi debe llegar...
Eran las ocho de la noche.
Luego las nueve.
Después las diez.
Lucero tomó su teléfono y miró la pantalla.
Ningún mensaje.
Suspiró y volvió a sentarse.
Intentó convencerse de que seguramente Manuel estaba ocupado.
Últimamente estaba mucho tiempo fuera de casa.
Cada vez llegaba más tarde.
Cada vez hablaba menos.
Y cuando Lucero preguntaba si algo ocurría, él
simplemente respondía:
-reina, estoy cansado. Mañana hablamos si?
Ella había comenzado a acostumbrarse a esa respuesta.
Pero aquella noche no quería pensar en eso.
Quería pensar que Manuel llegaría por la puerta, sonreiría y le diría que la amaba.
A las once de la noche, la comida ya estaba fría.
Las velas se habían consumido.
Lucero seguía sentada frente a la mesa.
Finalmente escuchó que se abría la puerta.
Se levantó rápidamente.
—¡Manuel!
Él entró a la casa con el saco sobre el brazo y el teléfono en la mano.
Ni siquiera parecía recordar qué día era.
Lucero sonrió, aunque tenía los ojos llenos de
lágrimas.
—Llegaste...
—Sí. Perdón por no avisarte, se me hizo un poco tarde
Lucero esperó unos segundos.
Tal vez él lo recordaría.
Tal vez diría algo. Que se veía hermosa.
O algo lindo.
Pero Manuel simplemente dejó sus cosas sobre una silla.
—¿Ya cenaste?
preguntó Manuel, como cualquier otro día cuando llega y Lucero siempre lo está esperando
Lucero bajó la mirada.
—No.
—Pues come algo.
Ella tragó saliva.
—¿No recuerdas qué día es?
Manuel se quedó callado.
La miró.
Por unos segundos, Lucero tuvo la esperanza de que su expresión cambiara.
Pero no.
—¿Hoy?
Lucero sintió un nudo en la garganta.
—Nuestro aniversario.
El silencio llenó la habitación.
Manuel se pasó una mano por el cabello.
—Lucero, de verdad... tuve muchísimo trabajo.
Ella soltó una pequeña risa, pero no porque le causara gracia.
—No te estoy reclamando que trabajes.
—Entonces, ¿qué quieres?
Lucero señaló la mesa.
—Quería que estuvieras aquí.
Manuel miró las velas, la comida y el regalo.
—Lo siento.
Lucero asintió lentamente.
—Está bien.
—¿Segura?
—Sí.
Pero no estaba bien.
Por dentro Lucero se sentía destrozada, ella no esperaba un regalo caro, un simple abrazo, unas flores, un beso.
Cualquier cosa.
Pero simplemente que él no lo hubiera olvidado.
Manuel tomó el regalo.
—¿Esto es para mí?
Lucero asintió.
Él lo abrió rápidamente y encontró algo que había escogido con mucho cariño.
—Gracias.
—De nada.
Manuel se acercó y le dio un beso en la frente.
Lucero cerró los ojos.
Por un instante quiso detenerlo y decirle todo lo que sentía.
Quiso decirle que extrañaba al hombre que antes llegaba a casa solamente para verla.
Al hombre que recordaba cada pequeño detalle.
Al hombre que podía notar cuando ella estaba triste aunque ella no dijera una palabra.
Pero no dijo nada.
—Voy a dormir —dijo Manuel.
—Está bien.
Lucero se quedó sola en el comedor.
Miró la mesa.
La comida que había preparado.
Las velas apagadas.
El regalo que él apenas había mirado.
Y entonces comprendió algo que todavía no quería aceptar.
El amor seguía ahí.
Ella todavía lo amaba.
Y ella estaba segura de que él también, solo había sido un pequeño desliz.
Pero algo estaba cambiando.
Y lo peor era que todavía no sabía que aquella noche sería apenas el comienzo.
Porque años después, cuando ambos estuvieran frente a frente hablando de abogados, papeles y divorcio, Lucero recordaría aquella fecha.
La fecha en la que por primera vez sintió que podía perder a Manuel...
aunque todavía lo tuviera a su lado.
