Tengo que marcarte

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El silencio en la biblioteca del Campus de la Universidad siempre había sido, para Will, una forma de consuelo. Pero esta noche, bajo la luz de su lámpara de escritorio, el silencio se sentía pesado, como una manta húmeda que amenazaba con asfixiarlo. Las 2:00 a.m. se burlaba de él desde el reloj de la pared. Debería estar en su dormitorio, durmiendo, no desenterrando registros de propiedad del siglo XIX para su tesis.

—Un documento más —se prometió a sí mismo, frotándose los ojos cansados. Sus dedos, manchados de tinta y polvo de papel viejo, pasaron sobre una carpeta forrada de cuero.

El sonido de una puerta metálica abriéndose y cerrándose con un golpe sordo en el pasillo del lado lo hizo saltar. No se suponía que hubiera nadie más allí. El personal de seguridad solo pasaba a las 11 p.m. y a las 4 a.m.

Un murmullo de voces, bajo pero urgente, se filtró por la rendija de la puerta principal. Movido por una curiosidad imprudente, apagó su lámpara y se acercó a la puerta, entreabriendo apenas unos milímetros.

En el pasillo de la sección de manuscritos raros, tres figuras estaban de pie. Dos de ellas parecían estudiantes normales, pero el tercero... Había algo en él, una quietud depredadora que enviaba escalofríos por la columna vertebral de Will. Era alto, moreno, sus ojos parecían absorber la luz del pasillo. Llevaba una chaqueta de cuero que parecía más cara que la matrícula de todo un semestre.

—No entiendo, Lucas —dijo una de las figuras—. Pensé que solo querías el manuscrito original.

El hombre de la chaqueta de cuero, sonrió, y el corazón de Will se detuvo. Sus dientes eran... demasiado afilados. Demasiado largos.

—Y lo quiero —dijo Lucas, su voz sonó como seda rasgada—. Pero también necesito... un refrigerio.

Lo que sucedió a continuación fue de temer. Lucas se movió con una velocidad inhumana, sujetando a la otra figura, una chica, por el cuello. Sus ojos brillaron con un carmesí antinatural justo antes de que sus colmillos se hundieran en frágil cuello de la mujer.

Un grito mudo quedó atrapado en la garganta de Will. Retrocedió, golpeando accidentalmente un estante de metal. El sonido resonó como un disparo en el pasillo silencioso.

Lucas se detuvo, todo era tétrico, su boca se encontraba manchada de sangre, sus ojos vieron directamente en la puerta principal.

—Vaya, parece que tenemos compañía —ronroneó, dejando caer el cuerpo inerte de la chica como un juguete roto—. Un testigo. Qué conveniente.

Will no se quedó a esperar. Corrió hacia la salida de emergencia del fondo, pero antes de que pudiera llegar a la manija, otra figura apareció de la nada, bloqueándole el paso.

Este hombre no era Lucas. Era más joven, con una elegancia que parecía más natural. Su cabello era más oscuro que la noche y sus ojos...Will nunca había visto ojos tan intensos, tan llenos de una mezcla de aburrimiento y algo más que no podía descifrar.

—Llegas tarde —dijo el hombre, su voz era tan profunda que vibraba en el aire—. Y muy imprudente.

Will retrocedió, su espalda golpeando el metal de los estantes. —Yo... yo no vi nada —tartamudeó—. No diré nada, lo prometo.

La mirada del hombre se suavizó por una fracción de segundo al ver el miedo en los ojos de Will, pero luego sus facciones se endurecieron. —Ese es el problema. No puedes no haber visto nada.

En ese momento, Lucas irrumpió, su sonrisa era depredadora más amplia que nunca. —¿Y quién es este pequeño ratoncito de biblioteca? —preguntó, acercándose.

El joven alto se interpuso entre Will y Lucas. 

—Él es mi responsabilidad. Es un estudiante de la universidad. Está bajo mi protección.

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