Te quiero, te amo.
Son frases muy fáciles de decir.
Te quiero, te amo.
Pensemos un momento,
solo un momento,
en nuestra cabeza.
¿Qué significa?
¿Por qué?
¿Por qué hay peros?
¿Por qué existe el miedo?
¿Por qué está la duda
justo donde debería estar la certeza?
Pensemos un momento
por qué tenemos que generar un vínculo
con alguien que no conocemos,
con alguien que, en realidad,
no lleva nuestra sangre.
¿Cómo sé que no lleva nuestra sangre?
¿Cómo sé que mañana no será un extraño?
¿Por qué tengo que querer
a alguien que llegó de la nada
y darle un pedazo de mí
como si siempre hubiese pertenecido a su cuerpo?
Hay demasiados porqués.
Demasiados peros.
Pero te quiero.
Te amo.
Quiero estar con alguien
que no ponga peros
ni delante
ni detrás
de un te quiero.
Quiero que el amor no tenga condiciones escondidas,
que no haya un -te quiero, pero...-,
ni un -te amo, aunque...-,
ni un -te amo, si...-.
Yo quiero que esos peros
dejen de ser peros
delante de un te quiero
y detrás de un te amo.
Te quiero.
Te amo.
Por favor.
Esas son dos palabras
que no están en mi cerebro.
Te quiero.
No.
Te amo.
No.
Por favor.
Esas son dos palabras
que no están en mi cerebro,
pero rebotan una y otra vez
contra las paredes de mi corazón.
Como un eco
que nadie invitó,
pero que decidió quedarse.
Te quiero.
Te amo.
Una y otra vez.
Por favor,
arranca mi corazón del pecho.
Arráncalo.
Entiérralo.
Pisotéalo.
Embárralo de mierda
si hace falta.
Haz con él lo que quieras
mientras te vas caminando.
Pero llévatelo lejos.
Porque te quiero,
te amo,
son dos palabras
que jamás llegarían a mi cerebro,
pero que mi corazón
repitió tantas veces
que mi cerebro terminó
normalizando escucharlas.
Te quiero.
Te amo.
Sí.
Solo a ti.
Y ese es precisamente el problema.
Por favor,
destruye mi corazón.
Hazlo pedazos
hasta que no quede nada
capaz de pronunciar tu nombre.
Hazlo.
Que no tenga que volver a escuchar
un -te quiero-.
Que no tenga que volver a escuchar
un -te amo-.
Que no tenga que preguntarme
qué significan,
por qué duelen,
por qué existen,
por qué todavía las siento
si ya no quiero sentirlas.
Por favor.
Hazlo.
Destruye mi corazón
antes de que vuelva a creer
que un -te quiero-
puede significar algo.
Antes de que vuelva a pensar
que un -te amo-
puede quedarse.
Por favor.
Porque esas dos palabras
no viven en mi cerebro.
Pero llevan demasiado tiempo
viviendo en mi corazón.
