El sol de la tarde caía con una intensidad dorada sobre los rascacielos del centro de Miami, filtrándose a través de los enormes ventanales de cristal templado que iban del techo al suelo en el piso 38. Dentro del despacho, la temperatura era fría y controlada, pero la atmósfera se sentía sofocante para Park Jimin.
Jimin era uno de los abogados litigantes más jóvenes, cotizados y temidos de la firma Park, Vance & Associates. A sus veintisiete años, poseía una mente matemática para las leyes, una reputación intachable y una cuenta bancaria que le permitía vestir trajes italianos hechos exclusivamente a su medida. Sin embargo, detrás de esa fachada de éxito impecable, refinamiento y control absoluto, Jimin llevaba semanas al borde del colapso.
Se desabrochó el primer botón de la camisa de seda blanca, se aflojó el nudo impecable de la corbata y se masajeó con fuerza el puente de la nariz. Soltó un suspiro pesado que resonó en el silencio de la amplia habitación decorada con tonos grises, madera de nogal y estanterías abarrotadas de tomos jurídicos.
-Si tengo que revisar un solo contrato más sobre litigios marítimos y derechos de atracadero en el puerto, voy a lanzar a alguien personalmente por el balcón -murmuró para sí mismo, dejando caer la cabeza hacia atrás sobre el respaldo de su sillón de piel negra.
Su escritorio era una zona de guerra de papel blanco: expedientes de fusiones corporativas, contratos multimillonarios, requerimientos judiciales y una pantalla de ordenador donde las notificaciones de correos sin leer no dejaban de parpadear. A eso se le sumaban tres llamadas perdidas de clientes neuróticos que exigían respuestas que Jimin no tenía ganas de dar en ese momento.
Decidido a regalarse al menos diez minutos de paz mental antes de la reunión de socios de las cinco de la tarde, Jimin hizo girar su sillón ejecutivo hacia la enorme pared de vidrio que ofrecía una vista panorámica impresionante de la bahía de Biscayne. Las embarcaciones se veían pequeñas allá abajo, surcando el agua turquesa mientras el cielo de Florida comenzaba a teñirse de tonos anaranjados y rosados.
Fue en ese preciso instante de evasión cuando una silueta descendió abruptamente desde el marco superior del gran ventanal, interrumpiendo su miseria visual y congelando el aire en sus pulmones.
Sujeto por un complejo sistema de arneses, cuerdas de alta resistencia y poleas profesionales, un chico se encontraba trabajando suspendido a más de cien metros de altura.
Jimin se quedó completamente paralizado, con los labios ligeramente entreabiertos y las manos aferradas a los apoyabrazos de piel del sillón.
El joven limpiador de ventanales era sencillamente deslumbrante. Tenía una estructura facial digna de una escultura renacentista: una mandíbula afilada y marcada, piel dorada y bronceada por el implacable sol de Florida, y el cabello castaño claro ligeramente despeinado por el viento costero que soplaba con fuerza en las alturas. Las gotas de agua y jabón salpicaban a su alrededor, atrapando la luz del atardecer como si fuera un marco diseñado únicamente para resaltarlo.
El arnés de seguridad negro y naranja se ceñía con una firmeza casi erótica a sus hombros anchos, su torso musculoso y la curva pronunciada de sus muslos. Cada vez que el joven se estiraba para deslizar el haragán de limpieza sobre la superficie transparente, la tela de su camiseta gris de trabajo se pegaba a su piel sudorosa, marcando la definición de su espalda y el relieve firme de sus bíceps.
Jimin no podía apartar los ojos. Sentía que mirar era una imprudencia profesional, pero su cuerpo simplemente se negó a obedecer a su cerebro.
El chico llevaba puestos unos pantalones de trabajo azul marino que, lejos de ser holgados o voluminosos como los del resto del personal de mantenimiento, eran marcadamente ajustados, abrazando sus piernas fuertes y su cadera. Y fue al descender la mirada por la línea de su cuerpo cuando a Jimin se le cortó la respiración de golpe.
