Julieta cruzó el Atlántico con un solo objetivo: comerse el mundo del periodismo deportivo. Conseguir la pasantía de sus sueños en el área de prensa del Inter de Milán era el primer gran paso de su carrera, pero el contrato venía con una advertencia...
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El ruido del cierre de la valija sonó como un punto y aparte. Julieta se tiró de espaldas sobre el colchón, soltando un suspiro que venía conteniendo desde hacía semanas. De fondo, su celular reproducía su playlist favorita de Rosalía, pero ni siquiera la música lograba tapar el latido acelerado de su corazón.
Miró a su alrededor. Su pieza ya se sentía vacía, despojada de su esencia. Faltaban apenas unas horas para cargar todo en el auto y salir hacia el aeropuerto de Fisherton. La realidad le estaba pegando de lleno: iba a dejar Rosario. Por un buen tiempo, ya no iba a tomarse el 102 negro a las apuradas rogando llegar a tiempo, ni iba a caminar los pasillos de la facultad esquivando gente con apuntes.
Se incorporó para revisar por quinta vez su mochila de mano. Adentro estaba su vida entera, o al menos lo que iba a necesitar para sobrevivir en Europa: su cámara réflex profesional, el arma principal para demostrar que merecía el puesto; su cámara analógica, esa con la que sacaba fotos estilo Polaroid para capturar momentos sin filtros; el equipo de mate, envuelto cuidadosamente para que no se rompiera el termo; y la carpeta con el contrato impreso de la pasantía.
Julieta sacó las hojas del contrato y pasó el dedo por el logo oficial del Inter de Milán. Todavía no podía creer que su portfolio fotográfico y sus artículos deportivos hubieran llegado hasta Italia y la hubieran elegido a ella. Era la oportunidad de su vida para meterse de lleno en el periodismo deportivo de primer nivel.
Sus ojos bajaron hasta la cláusula número seis, resaltada en negrita: «El pasante deberá mantener estricta distancia profesional con el plantel de Primera División. Cualquier vínculo afectivo o extralaboral será motivo de cancelación inmediata del programa y revocación de la visa de patrocinio».
-Tranquilos, tan loca no estoy -murmuró para sí misma, guardando el papel y colgándose la mochila al hombro. No iba a tirar su carrera por la borda por ningún jugador, por más estrellas que tuvieran en la camiseta. Con esa seguridad, apagó la luz de su cuarto y salió a enfrentar su nueva vida.
El trayecto en auto hasta el Aeropuerto de Fisherton fue silencioso, de ese silencio pesado que anticipa una despedida difícil. Cuando cruzaron las puertas automáticas y llegó el momento de despachar el equipaje, la realidad les golpeó de frente a los tres.
Su mamá fue la primera en quebrarse. La abrazó tan fuerte que a Julieta casi se le resbala la mochila del hombro.
-Cuidate mucho, mi amor. Abrigate que allá en el norte de Italia hace más frío, comé bien, no te saltees comidas y, por favor, no te olvides de avisar apenas el avión toque el piso -le pedía, entre lágrimas, acomodándole un mechón de pelo detrás de la oreja.
-Ma, voy a estar bien. Es una oportunidad increíble, te lo prometo -Julieta intentó sonreír, aunque sentía un nudo gigante apretándole la garganta.
Su papá, intentando mantener la compostura, se acercó y la envolvió en un abrazo de oso, de esos que te reinician la vida. Le dio un par de palmaditas en la espalda y, al separarse, la miró a los ojos con un orgullo inmenso.
-Rompela toda, Juli. Demostrales a esos tanos lo que vale una rosarina -le guiñó un ojo, tratando de aflojar la tensión emocional con un poco de humor-. Y acordate, vas enfocada. Vas a trabajar, no a pedirle fotos ni autógrafos a las estrellitas del equipo, ¿estamos?-
Julieta soltó una carcajada húmeda y se secó rápido una lágrima traicionera que se le había escapado por la mejilla.
-Quedate re tranquilo, pa. El contrato es súper estricto. Cero jugadores, cien por ciento laburo. No voy a tirar todo esto por la borda.-
Con un último beso colectivo y la promesa de hacer videollamada apenas tuviera wifi en Europa, Julieta se dio media vuelta y caminó hacia la zona de preembarque. No quiso mirar hacia atrás por miedo a llorar más fuerte, pero mientras entregaba su pasaporte, una sonrisa inmensa, mezcla de terror y pura adrenalina, se le dibujó en la cara. El próximo destino era Milán.