El silencio en el departamento era espeso, de esos que duelen profundamente tras un día entero cargando un peso invisible.
Rin Itoshi estaba sentado en el borde del sofá, con los codos apoyados en las rodillas y la mirada perdida en el suelo de madera.
En la pantalla del teléfono, aún encendida sobre la mesa de centro, descansaba el último mensaje enviado a su hermano mayor, Sae. Ni siquiera ponía un mísero "Leído". Solo dos palomitas grises que confirmaban lo mismo dé siempre, para su hermano, Rin simplemente no existía, no importaba.
La presión en su pecho se sentía como una mano apretándole las costillas. Cerró los ojos con fuerza, tragándose ese nudo amargo de rabia y soledad que amenazaba con aplastarlo ahí mismo.
De pronto, el roce suave de una manta sobre sus hombros lo hizo dar un leve salto.
—Te vas a enfriar si te quedas así, Rinnie. Mejor toma esto...
La voz de Hiori entró en la habitación borrando de golpe la densidad del aire y el silencio. Apoyó una bandeja sobre la mesa —dos tazas humeantes de té de manzanilla— y se sentó justo al lado de Rin.
Sin pedir permiso, deslizó sus dedos entre los cabellos oscuros y despeinados del emo, acariciándole la nuca con una calidez que rozaba lo tierno.
—Otra vez él, ¿verdad? —preguntó Hiori con un tono tan dulce, tan lleno de lástima comprensiva, que a Rin se le aflojaron los hombros casi por instinto.
Rin no respondió con palabras, solo dejó caer la cabeza hacia un lado, apoyándola fuertemente contra el hombro de Hiori, soltando un suspiro pesado. Se aferró a la tela de su suéter como un náufrago sujetándose a la última tabla sobre el agua.
Necesitaba ese contacto. Necesitaba convencerse de que el mundo no era un lugar completamente malo.
—No dejes que te afecte tanto —susurró Hiori, inclinando la cabeza para besarle la sien con infinita ternura—. Sabes que no lo necesitas. Me tienes a mí. Yo nunca me iría a ningún lado ni tampoco te abandonaría.
Rin cerró los ojos y suspiró nuevamente, dejando que el aroma a limpio a lavanda y la calidez de Hiori lo envolvieran por completo. Se sintió a salvo, cuidado y sobre todo, amado.
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Lo que Rin no podía ver, con la frente pegada al cuello de su novio, era la expresión en la cara del mismo.
Mientras sus dedos seguían trazando círculos tranquilos en la espalda de Rin, los ojos celestes de Hiori permanecían fríos, fijos en la pared del fondo. Su boca no dibujaba amor ni consuelo, sino una mueca casi invisible de pura satisfacción al sentir cómo Rin se desarmaba por completo bajo sus manos, sumiso, roto y absolutamente dependiente de él.
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El reloj digital marcaba las 3:14 a.m. cuando Rin abrió los ojos.
No hubo un ruido fuerte que lo despertara, sino una ausencia directa, el frío repentino en la cama y la falta del abrazó de Hiori rodeándole la cintura que le hacía conciliar el sueño.
Rin se giró despacio, parpadeando con pesadez para acostumbrarse a la oscuridad de la habitación. La puerta del dormitorio estaba entreabierta, dejando pasar un hilo casi inexistente de luz amarillenta desde el pasillo.
Se levantó sin hacer ruido, descalzo, sintiendo el suelo helado bajo los pies.
Al asomarse con cuidado hacia la sala, vio al peliazul de pie junto a la ventana del balcón. Llevaba solo un pantalón holgado y la luz de la pantalla del teléfono le iluminaba la cara casi por completo.
Lo que hizo que a Rin se le frenara la respiración por un segundo no fue verlo despierto, sino la expresión de Hiori, tenía los labios entreabiertos en una sonrisa pequeña, juguetona y extrañamente cálida, mientras sus pulgares se movían rápidamente sobre el teclado.
Rin nunca lo había visto sonreírle así a la pantalla. Ni siquiera cuando hablaban de sus videojuegos favoritos o algún entrenamiento que le interesara.
Un nudo extraño, denso y caliente, se le instaló a Rin en el fondo del estómago. Antes de que pudiera procesarlo o dar un paso atrás para regresar y fingir demencia, el suelo de madera crujió bajo su peso.
En un movimiento casi imperceptible pero ridículamente rápido, Hiori bloqueó la pantalla con rapidez y guardó el teléfono en el bolsillo.
La sonrisa desapareció en un parpadeo, sustituida de inmediato por su habitual mirada pacífica y dulce. Se giró hacia Rin sin el menor rastro de nerviosismo.
—¿Te desperté, Rinnie? Perdóname —dijo Hiori con voz suave, dando dos pasos hacia él y reduciendo la distancia entre ambos con total naturalidad—. Es que me dio un poco de insomnio y me puse a revisar unos correos que nos mandaron tarde. Ya sabes cómo se ponen con las cosas de la semana.
Hiori extendió las manos y le acomodó el cuello de la franela a Rin. Al hacerlo, sus dedos rozaron la piel sensible del cuello de Rin, y en ese instante, un olor muy sutil atravesó el aire.
No era el jabón neutro de Hiori ni el té de manzanilla que habían bebido en la tarde. Era un perfume dulce, caro, algo elegante que Rin no reconoció.
Rin se le quedó mirando fijamente a los ojos, con la mandíbula apretada. La consciencia de su cabeza le gritaba que preguntara, que exigiera ver el teléfono, que indagara sobre ese aroma ajeno. Pero entonces miró la cara de Hiori —tan serena, tan dispuesta a cuidarlo— y el pánico lo paralizó.
"Si pregunto y es algo malo, lo voy a perder. Y si lo pierdo, ya no me queda nada."
—No pasa nada —murmuró Rin con la voz rasposa, bajando la vista al suelo—. Vamos a dormir ya.
—Claro que sí —sonrió Hiori, rodeándole los hombros con el brazo y guiándolo de vuelta al cuarto de forma casi tierna—. Vamos, que tienes que descansar para mañana, cielo.
Rin se dejó llevar en silencio, cerrando los ojos con fuerza mientras se metía bajo las cobijas, obligándose a creerse la mentira.
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HolaHola.
¿Me extrañaron a que si?
Les juro que si queda en flop, y no votan y comentan los funare a cada uno.
¡Lean las advertencias de la descripción!
¿HioRin o TabiHio?
(1030 palabras)
— 🫧
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Dulce agonía
FanfictionRin Itoshi no tiene a nadie. Con una relación destruida con Sae y un abismo de soledad amenazándolo cada día, Hiori se ha convertido en su único pilar... o al menos eso es lo que necesita creer. Rin huele los perfumes ajenos, nota las ausencias noct...
