La vida se ha vuelto extraña. Los días son como un trance, como un túnel con una única dirección por el que sólo puedo avanzar. Me alimento, existo, a veces supongo que duermo aunque no tengo sueño porque cada cierto tiempo siento que despierto. Pero todo ocurre desde una especie de niebla, en un entumecimiento, un trance del que me desprendo demasiado lento.
La casa es grande y muda con aire de templo o más bien de palacio abandonado. Mires donde mires siempre hay una chuchería, un cachivache curioso y detallado en que depositar tu atención por horas. No parece haber un orden y eso es bueno porque así no necesito buscarlo.
La casa no tiene ventanas; sólo arriba pero yo no puedo subir sin permiso. Jaime ha sido muy claro con eso. Uno de esos días que sale intento abrir la puerta de las escaleras pero está cerrada con llave y dejo de intentarlo. Con los días la idea de marcharme deja de interesarme tanto. Cuando él no está la casa es tan silenciosa que casi puedo oír los espíritus arrastrándose entre sus viejos muebles encantados.
Paseo despacio para entretenerme, me tumbo en el suelo debajo de un escritorio analizando los dibujos en sus molduras o me detengo durante horas delante de antiguos lienzos de unos paisajes pacíficos, envueltos por una niebla misteriosa que es como un abrazo y hacen que sienta ganas de internarme en la espesura. No en la espesura real, claro, eso sería sucio y asqueroso pero en una espesura ficticia que sólo fuese fragante y fresca y te acariciase la piel al adentrarte en ella.
Mucho menos pacíficos son los lienzos con representaciones marítimas. Los barcos, las rocas son azotados vigorosamente por unas olas cargadas con toda la fuerza de la naturaleza dispuesta a destruirlos. Parece que las rocas puedan ser tragadas entre explosiones de espuma blanca y aguas oscuras. Por suerte, ellas resistirán. Para los barcos el destino será otro. De poco servirán los marcos dorados.
La mayoría de mis aventuras sigilosas ocurren en penumbra entre las paredes de este palacio decadente y el eco de mis propias pisadas. Cuando el señor Quinn no está, se me olvida encender las luces.
Cuando él está, la casa puede ser igualmente silenciosa si está concentrado en algo más, mi presencia le molesta y me echa de su lado. Aun así me quedo cerca, en la habitación contigua escuchando el rasgar sobre el papel, música cuando la escucha o murmullos para sí mismo sobre temas que no entiendo. Otras veces me llama y me cuenta su noche o me pide que le ayude con algo. Cuando está de buen humor también mejora el mío y suele dejarme beber de él.
Sí, beber.
Todavía me impresiona algunas veces cuando se corta pero sé que no es algo malo. Bebo su sangre, me acaricia el pelo y todo mi cuerpo parece revitalizarse. Es una sensación cálida y suave, como llenarse la boca del mejor coulant. Creo que es el motivo por el que todavía no he tenido hambre aunque han pasado... no sé cuánto tiempo llevo aquí. Tampoco siento que deba preguntarlo. A veces tengo algo parecido a hambre pero lo que en realidad quiero es que me dé más.
A veces trae gente a casa. La gente no tiene nombres. A veces me cuenta a qué se dedican, como curiosidad. Todos están tranquilos aunque un poco distraídos y el señor Quinn bebe de ellos. A veces de sus brazos, otras de sus cuellos. A la gente le encanta que lo haga. A veces me pide que también lo haga y me deja escoger los que más me gustan. Si voy a tocar a alguien con la boca, prefiero que sea atractivo. También me gustan los tipos grandes. Me encanta cómo se rinden y cuando se quedan sin fuerzas como si se quedasen blanditos.
Parar de beber es más complicado. El señor Quinn suele indicarme cuándo he tomado suficiente de él y, aunque no me gusta, he tenido que aprender a hacerle caso. Con la gente es más difícil. Si no saben tan bien como el señor Quinn al menos debería poder beber más. Él no me deja y cuando ordena que me detenga mi cuerpo se anquilosa como si con su voz tuviera poder sobre mi motricidad. Es un poco sexy, hasta que me amenaza. Una cosa es jugar y otra...
El señor Quinn quiere que vuelva a trabajar dentro de poco. Yo no estoy tan emocionado como él con la idea. Sugiere que podría tener mi propia marca. Eso me gusta pero pronto vuelve a hablar de mi desempeño en VOGUE y que el señor Cobb está contento con mi desempeño allí. Cuando bebo de otro más, las opciones me importan un poco menos. Excepto poder beber de Quinn otra vez. Eso sí me importa.
Hay una fiesta. También eso me da igual. Es justo como dice: el mundo empieza y termina en su sangre.
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Diario de Albert D. Waldorf [Arco II: Lo que dejamos atrás]
HorrorCon su nuevo trabajo soñado en VOGUE y una creciente conexión con su atractivo jefe, Albert hizo la única cosa razonable: engañar a uno de los vampiros más antiguos de la ciudad para poder salir una noche con su chiquillo y acostarse tan fuerte que...
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