PRÓLOGO

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Una fuerte tormenta eléctrica azotaba sin piedad los bosques aquella trágica noche. Las gotas de lluvia caían frenéticamente como filosas agujas; algunos rayos iluminaban de manera macabra el camino, mientras otros fulminaban a su paso los árboles. Los truenos hacían temblar la tierra.

Era como si el mismo cielo se lamentara, furioso, por lo que ocurría.

Una joven se detuvo para refugiarse en un tronco hueco. Intentaba recobrar el aliento, pero sus pulmones no podían hacer mucho más por ella. Había estado corriendo durante más de dos horas y, aunque faltaba poco para llegar a su destino, no estaba segura de lograrlo. Su corazón amenazaba con estallar en cualquier momento.

Tal vez sería mejor terminar con la lenta agonía, pensó mientras se limpiaba las lágrimas que se confundían en sus mejillas con la lluvia. Tal vez, si se entregaba, la perdonarían y todo volvería a ser como antes...

Tal vez.

Suspiró y giró el rostro hacia el pequeño bulto que llevaba oculto entre sus brazos. Destapó un poco la cobija y contempló el rostro regordete de su bebé, quien dormía plácidamente, ajeno a todo lo que ocurría a su alrededor. Ajeno a toda maldad.

Y eso fue suficiente para hacerla sentir como la peor madre de todas.

¿Cómo podía siquiera pensar en rendirse?

Tenía que protegerlo.

Un aullido largo y profundo, seguido de otros, la sobresaltó.

Estaban cerca.

No importaba que la lluvia les hiciera perder el rastro. Aún la seguían y no desistirían hasta lograr su objetivo.

Necesitaba darse prisa.

Con gran determinación y con todo el dolor que una madre puede sentir al saber que aquellos podían ser sus últimos minutos junto a su hijo, se quitó el impermeable y la cobija que lo cubría. Colocó ambas prendas en un tronco, por encima de su cabeza, y comenzó a correr una vez más, tan rápido como sus piernas se lo permitieron.

Menos de diez minutos después, finalmente pudo verla.

Una pequeña iglesia se levantaba sobre una colina y, detrás de ella, las luces del pueblo rompían el tétrico panorama de la tormenta.

✦

Eran más de las doce de la noche cuando unos fuertes golpes en la puerta hicieron que el padre Carlos se levantara de un brinco de su cama.

Algo malo debía estar pasando para que llamaran con tal insistencia a esa hora. Quizás el río se había desbordado y necesitaban de su ayuda. No sería la primera vez que personas del pueblo se refugiaban allí mientras las lluvias se calmaban. Al estar en un lugar elevado, la iglesia no corría riesgo de inundarse.

-¡Santo Dios! ¿Pero qué...?

El padre Carlos se quedó sorprendido al abrir la puerta.

Una hermosa joven de unos quince o dieciséis años estaba de pie frente a él, completamente empapada. Su cabello rubio estaba pegado a su cabeza y sus enormes ojos azules lo miraban con incertidumbre mientras sujetaba con fuerza al pequeño bebé que llevaba entre sus brazos.

-¿Es usted el encargado de esta iglesia? -preguntó con la voz entrecortada por la falta de aliento.

-Sí... ¡Sí! Perdón, pasa, por favor. ¿Qué te ha pasado? ¿Se desbordó el río?

-Tome.

Lo interrumpió sin vacilación mientras le entregaba al bebé.

Él lo sujetó con cuidado. Aunque también estaba mojado, no se comparaba con ella. El pequeño parecía dormir tranquilamente.

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⏰ Última actualización: Sep 19 ⏰

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