Nunca pensé que una decisión tan insignificante pudiera cambiar tantas cosas.
En ese momento, llevar a Valentino a un club nuevo no significaba nada más que eso. Un cambio de equipo, nuevos compañeros, otro entrenador y una nueva rutina que, con suerte, conseguiría mantenerlo igual de feliz que siempre. Después de la separación, intentaba que mis hijos sintieran que nada había cambiado demasiado. Aunque sabía perfectamente que sí.
Mi vida había tomado un rumbo diferente al que alguna vez imaginé. Tenía dos hijos, una casa que se sentía demasiado silenciosa algunos días y una nueva rutina que todavía estaba aprendiendo a manejar. Karen y yo habíamos encontrado la manera de seguir adelante sin dejar de ser una familia para nuestros hijos, pero eso no significaba que todo hubiera sido fácil, al contrario era complicado y bastante.
Había pasado casi un año desde que nuestras vidas dejaron de ser una sola. Y durante todo ese tiempo, enamorarme de alguien había sido lo último que se me había cruzado por la cabeza. No estaba buscando a nadie y no quería empezar de nuevo, ni siquiera se me cruzo por la cabeza empezar algo nuevo. Mucho menos quería complicar una vida que recién empezaba a acomodarse, o eso creía.
Pero entonces apareció él. Lisandro. Al principio no fue nada especial. Solo era el entrenador de mi hijo. Una persona más dentro de esa nueva rutina que, sin saberlo, terminaría ocupando un lugar demasiado importante. No sé exactamente qué fue lo primero que me llamó la atención, quizás su manera de hablarles a los chicos, o quizás la paciencia que tenía, o nomás simplemente fui yo, que por alguna razón con tan solo mirarlo me sentía diferente. Y solamente quedó así, o eso pensaba yo.
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