El bosque estaba inquieto aquella noche.
El viento atravesaba las copas de los árboles arrastrando consigo pequeños copos de nieve, y las ramas desnudas crujían unas contra otras bajo un cielo completamente oscuro. En el Norte, el invierno no pedía permiso. Llegaba, cubría la tierra y obligaba a todo ser vivo a recordar una verdad sencilla:
Solo sobrevivían aquellos que sabían escuchar al bosque.
Y aquella noche, entre el viento y la nieve, el bosque estaba intentando decir algo.
Un llanto.
Débil.
Tan débil que por momentos desaparecía bajo el silbido del viento.
Después volvía.
Lykiri levantó la cabeza.
La loba blanca permaneció completamente inmóvil durante unos segundos, con las orejas erguidas y la mirada clavada entre los árboles.
A su lado, Odín también lo había escuchado.
El enorme lobo negro olfateó el aire.
No era el sonido de un ciervo herido.
Tampoco el de un cachorro de lobo.
Era algo que ninguno de los dos esperaba encontrar allí.
El llanto volvió a escucharse.
Esta vez más cerca.
Lykiri echó a correr.
Odín la siguió inmediatamente.
Sus patas se hundían en la nieve mientras avanzaban entre los árboles, esquivando raíces y atravesando matorrales congelados. El sonido era cada vez más claro.
Hasta que dejó de ser lo único que escuchaban.
Había alguien más.
Lykiri se detuvo.
Un olor desconocido impregnaba el aire.
Humano.
Odín se adelantó lentamente.
Entre los árboles apareció una pequeña figura envuelta en mantas oscuras, abandonada sobre la nieve.
Una niña.
Apenas un bebé.
Su pequeño rostro estaba enrojecido por el frío y sus manos se movían desesperadamente buscando un calor que no encontraba.
Pero no estaba sola.
Un hombre se inclinaba sobre ella.
Lykiri enseñó los dientes.
El gruñido que nació de su garganta hizo que el desconocido se girara.
—Largo.
Odín salió de entre las sombras.
Sus ojos amarillos brillaron en la oscuridad.
El hombre retrocedió.
Entonces apareció Lykiri.
Blanca como la nieve que la rodeaba.
Durante unos segundos, ninguno se movió.
Hasta que el hombre llevó una mano hacia el arma que colgaba de su cintura.
No llegó a tocarla.
Odín se lanzó contra él.
El hombre cayó hacia atrás mientras Lykiri se colocaba inmediatamente delante de la pequeña, interponiendo su cuerpo entre ella y cualquier amenaza.
El bosque se llenó de gritos.
Después, silencio.
El desconocido consiguió incorporarse y huyó entre los árboles sin mirar atrás.
Odín permaneció observando la oscuridad hasta que dejó de escuchar sus pasos.
Solo entonces regresó.
La niña había dejado de llorar.
Lykiri se acercó lentamente.
La olfateó.
El bebé abrió los ojos.
No gritó.
No tuvo miedo.
Simplemente la miró.
Lykiri inclinó ligeramente la cabeza.
Había algo extraño en aquella pequeña humana.
Un mechón de cabello oscuro escapaba de las mantas.
Junto a él, otro tan claro que parecía plata bajo la luz de la luna.
Odín se acercó también.
La niña movió una de sus diminutas manos y, sin saber lo que hacía, cerró los dedos alrededor del pelaje negro de su hocico.
El enorme lobo permaneció inmóvil.
Lykiri lo observó.
Después volvió a mirar a la pequeña.
El viento sopló de nuevo.
La niña comenzó a temblar.
Lykiri no dudó.
Se tumbó junto a ella y envolvió su pequeño cuerpo con el suyo, protegiéndola del frío. Odín se acomodó al otro lado.
Blanco.
Negro.
Y entre ambos, una pequeña vida que no pertenecía a aquel bosque y que, sin embargo, parecía haber sido esperada por él desde siempre.
La niña cerró los ojos.
Por primera vez aquella noche, dejó de temblar.
No sabía dónde estaba.
No sabía por qué la habían abandonado.
No sabía que por sus venas corría la sangre de dos de las casas más poderosas que jamás habían existido.
No sabía de lobos, dragones, reyes ni coronas.
Todavía no tenía idea de cuánto cambiaría el mundo por su existencia.
Aquella noche solo sabía una cosa.
Estaba caliente.
Estaba protegida.
Ya no estaba sola.
Lykiri apoyó el hocico junto a su cabeza.
Odín permaneció despierto, vigilando la oscuridad.
Y mientras la nieve comenzaba a borrar las huellas de quienes habían llevado a la pequeña hasta allí, el bosque hizo lo que los hombres no habían sido capaces de hacer.
La aceptó.
Años después, muchos discutirían sobre quién era Ayla.
Unos hablarían de su sangre.
Otros de su apellido.
Algunos la llamarían Stark.
Otros, Targaryen.
Pero todos se equivocarían en una cosa.
Antes de pertenecer al hielo.
Antes de pertenecer al fuego.
Antes incluso de conocer su propio nombre...
Ayla perteneció al bosque.
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Canción de sol y luna
RomanceAbandonada siendo apenas un bebé en los bosques del Norte, Ayla creció lejos de castillos, coronas y guerras, protegida por dos lobos, Lykiri y Odín, que se convirtieron en la única familia que necesitaba. Pero Ayla nunca fue una niña cualquiera. Su...
