La luz del sol me quemó las retinas en cuanto salí del túnel camino a la pista.
El eco de mis botas rebotaba contra las paredes de concreto, pero ese sonido quedó completamente opacado cuando el rugido de la multitud me golpeó de lleno.
Veintitrés de diciembre de 2018. El cuarto domingo del mes. Era el Arima Kinen, la carrera más importante de todo Japón. Aquí solo corren los mejores del país, seleccionados por el propio público. Quien gana hoy, escribe su nombre para siempre en la historia.
El hipódromo de Nakayama temblaba bajo los pies de 100 184 almas. No eran solo gritos de júbilo; en el aire se sentía una mezcla pura de desesperación, deseo, odio y amor. Una presión de ese tamaño aplastaría a cualquiera... pero a mí no.
Iba a demostrarles, una vez más, por qué mi nombre estaba en boca de todos.
Sin embargo, al dar el siguiente paso para acercarme al césped, una punzada seca me atravesó la rodilla izquierda. Sentí cómo el dolor subía como una descarga hasta la cadera. Apreté los dientes disimuladamente, ajustando la postura para que ninguna cámara ni espectador notara el leve cojeo.
Llevaba semanas así. Ningún analgésico de los que me recetó el médico lograba apagar ese fuego sordo por completo. Sabía perfectamente que mi cuerpo me estaba pidiendo a gritos un descanso, que continuar exigiéndole este ritmo era jugar con fuego.
Pero esto era el Arima Kinen. Ni loco me iba a retirar por un simple dolor. Había entrenado duro, me había privado de demasiado como para dar un paso al costado en la cúspide de mi carrera.
Llegué a la zona de los partidores sin cruzar mirada con los demás competidores. La tensión en el ambiente se podía cortar con un cuchillo, el cielo estaba completamente nublado, y la pista estaba húmeda, pero dentro de mi cabeza solo había un silencio frío.
Avancé hacia mi cajón. El eco metálico de las compuertas cerrándose tras de mí marcó el punto de no retorno.
Ajusté la correa, me acomodé en posición y fijé la vista en el carril frente a mí. La hierba verde de Nakayama parecía brillar bajo el sol tenue de invierno.
Escuché el sonido acelerado de mi propia respiración.
Tres...
El murmullo de las cien mil personas pareció apagarse por completo.
Dos...
La rodilla volvió a latir con fuerza, pero obligué a mis músculos a tensarse.
Uno...
-¡BANG!-
El disparo de salida resonó en mi cabeza, pero no hubo pista. No hubo explosión de velocidad. No hubo cien mil personas gritando mi nombre.
Solo el sonido de una botella de vidrio vacía al chocar contra el suelo.
Abrí los ojos de golpe, aturdido y agitado, con la camiseta completamente pegada al cuerpo por el sudor. De inmediato, ese maldito dolor estuvo de regreso: una quemazón ardiente que me atravesaba la rodilla izquierda.
-Solo fue una maldita pesadilla... -me dije a mí mismo para intentar volver a la realidad.
Me llevé los dedos al puente de la nariz y presioné con fuerza, cerrando los ojos mientras una punzada de dolor me recorría la frente.
La luz del sol que se colaba por las cortinas me quemaba las retinas, mientras que el hedor a humedad, tabaco rancio y alcohol barato me nublaba los sentidos. Tenía la garganta seca como un desierto. Con la vista nublada, eché un vistazo a mi alrededor: platos amontonados, facturas vencidas sobre la mesa y frascos de analgésicos vacíos.
De la gloria de Nakayama solo quedaba la sombra. Y, a decir verdad, a veces creía que ni siquiera eso servía para describir mi estado actual.
Estiré la mano a ciegas hacia el suelo para buscar el teléfono, con la única intención de ver la hora. Sin embargo, la pantalla encendida mostraba una notificación que no me esperaba. Un mensaje de un remitente al que no leía desde hacía casi una década.
Symboli Rudolf:
"Ha pasado tiempo, T/N. Mucho tiempo. Espero que te encuentres bien donde sea que estés.
Ojalá puedas leer esto y considerar una propuesta que tengo para hacerte.
Hace poco, una de mis alumnas aquí en la academia experimentó un... tropiezo en su rendimiento. La directora Akikawa está desesperada porque ningún entrenador quiere acogerla, y los pocos que lo intentaron no duraron ni la primera sesión.
Tiene un carácter muy similar al tuyo, y es por esto que decidí escribirte."
Me enderecé a duras penas sobre el borde de la cama, soltando un leve gruñido cuando la cabeza me dio un latido violento. La resaca de la noche anterior no me la iba a poner fácil.
Entorné los ojos, enfocando la pantalla iluminada que parecía lastimarme la vista, y continué bajando en el mensaje.
Rudolf detallaba con su habitual tono formal la delicada situación en la que se encontraba la chica: el estancamiento en sus tiempos, la presión mediática y, sobre todo, esa actitud indomable que chocaba de frente contra cualquiera que intentara imponerle un método tradicional. Ningún entrenador de la academia quería arriesgar su reputación con alguien a quien consideraban un caso perdido.
Seguí deslizando el pulgar por la pantalla gastada, leyendo cada palabra con un cinismo creciente, hasta que finalmente llegué a la última línea del texto.
"Sé que has pasado por demasiado y que es muy probable que te limites a ignorar este mensaje. Pero si aún te queda un mínimo de interés por las pistas, te lo pido directamente: quiero que seas su entrenador."
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LA DAMA DE HIERRO
FanfictionLas Uma Musumes y Uma Musukos nacen para correr, heredando los nombres y el espíritu de legendarios caballos de otro mundo. Sin embargo, la gloria en las pistas nunca es gratis... y T/N lo sabe mejor que nadie. Hace casi una década, T/N era una leye...
