Castigo #1

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Pov Harry:

Siete años en Hogwarts. Siete.

Y no es secreto que amo mi vida aquí. Este castillo es lo más cercano a un hogar que he tenido. No sé si es porque he vivido con muggles, pero siento que literal se puede respirar magia en el aire. Sin duda, todo es perfecto.

Todo, excepto él.

Draco Malfoy.

Desde que nos conocimos en el tren supe que ese tipo y yo nunca íbamos a llevarnos bien. Y antes de que me salgan con el cliché de Gryffindor contra Slytherin, no. No es por eso.

Es porque es un presumido, grosero, arrogante, malintencionado, engreído, narcisista, egocéntrico rubio oxigenado.

Si tuviera aunque sea un poco de empatía o humildad, te juro que la historia sería otra. Pero no. El tipo vive para arruinarme la jodida existencia.

Como esta mañana...

Íbamos los tres camino al Gran Comedor. Hermione y Ron discutían sobre el reporte de Snape, esa tarea estúpida de escribir los pasos para hacer una poción... o algo así.

- ¡Les falta una semana y ninguno de los dos ha empezado! Esta vez no les pienso pasar nada - replicó Hermione, ya molesta.

- No exageres, son solo tres pergaminos, será sencillo - dijo Ron, demasiado relajado.

- Son trece, Ronald. Trece - corrigió Hermione.

Ron y yo la volteamos a ver incrédulos.

- ¿Trece? ¿De dónde quiere que saquemos trece pergaminos para una poción sencilla? - pregunté.

- ¡Por Merlín! Tienen que redactar quién creó la poción, los ingredientes, los efectos de cada uno, el procedimiento y la bibliografía del creador. ¡Nos lo explicó!

La cara de Ron se puso pálida. Normalmente me reiría, pero hasta a mí se me fue el aire. Esto me pasa por distraerme en clase.

Iba a preguntarle algo más a Hermione cuando sentí toda mi camisa empaparse de golpe. Fría.

Choqué con algo. O alguien.

- Ups. Lo siento - dijo una voz que conocía demasiado bien.

Draco Malfoy. Con esa sonrisa burlona que ya me tenía harto.

Miré mi camisa. Empapada. Goteando algo que apestaba a jugo de calabaza aguado.

- ¿Qué carajo me echaste encima, Malfoy? - le reclamé.

Él ni siquiera intentó ocultar la sonrisa. Al contrario, la ensanchó.

- ¿Importa? - dijo, ladeando la cabeza -. Te ves ridículo de todas formas.

Detrás de él, Crabbe y Goyle ya se estaban riendo.

- Draco, es muy temprano para que empieces con esto - dijo Ron, molesto. Hermione lo tomó suavemente del brazo.

Como diciéndole sin palabras que no le siguiera el juego.

- Esto no es contigo, Weasley - comentó Draco con asco, sin siquiera mirarlo.

No lo soporté más.

Lo empujé con las dos manos. Fuerte. Lo hice tambalear un par de pasos.

- ¡¿Cómo te atreves?! - me gritó furioso, con la cara roja.

Pero a mí ya no podía importarme menos. Tenía la camisa empapada y pegada al cuerpo y él me estaba viendo como si yo fuera basura.

Tomé un vaso de agua de una de las mesas más cercanas y se lo arrojé directo a la cara.

El agua le escurrió por la frente, por el pelo. Ese pelo perfectamente peinado.

Draco se quedó helado por un segundo. Tenía ojos de pistola.

- Me las pagarás, Potter... - siseó.

- Cuando quieras, Malfoy - le solté, a centímetros de su cara.

En cuestión de segundos, tomó un pedazo de tarta de una mesa sin siquiera pedir permiso y me lo estrelló en el pecho.

Yo no me quedé atrás. Agarré lo primero que vi - gelatina verde temblorosa - y se la lancé.

La gelatina le explotó en la cara. Literalmente. Le quedó un pedazo verde colgando de la barbilla.

Todo el pasillo que da al Gran Comedor se había parado a vernos. Algunos de segundo ya sacaban risas, otros nos miraban horrorizados.

Draco se limpió la cara con asco, pero antes de que pudiera tomar otra cosa para lanzarme, una voz nos heló la sangre a los dos.

- ¿SE PUEDE SABER QUÉ SIGNIFICA ESTO?

La profesora McGonagall.

Estaba parada a tres metros de nosotros, con los brazos cruzados, tenía una cara de pocos amigos, que pocas veces se le ve.

Su mirada fue de mi camisa empapada de jugo de calabaza, a la tarta en mi pecho, a la cara de Draco llena de gelatina verde.

Hermione y Ron se quedaron callados, sabían que no debían de entrometerse sino querían un regaño igual.

- Señor Malfoy, señor Potter - dijo, con una calma que daba más miedo que si gritara -. En mi despacho. Ahora.

- ¡Pero profesora, él empezó! - soltamos los dos al mismo tiempo.

McGonagall arqueó una ceja.

- ¿Cincuenta puntos menos para Gryffindor y Slytherin o prefieren seguir discutiendo y que sean setenta? La agresión es algo serio.

Nos callamos.

Ella avanzo sin esperarnos del todo. Draco y yo la seguimos a su oficina en silencio, lanzandonos miradas de odio en secreto.

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En el despacho de la profesora:

McGonagall nos miraba por encima de sus lentes.

- No puedo creer que a estas alturas sigan comportándose como niños de once años - empezó, decepcionada -. No me importa quién empezó. Ninguno de los dos actuó con madurez. Mírense. Ni los de primer año me dan estos problemas.

Yo abrí la boca para defenderme, pero no tenía nada bueno que decir. Nada que no fuera "él empezó, profesora".

McGonagall suspiró.

- Bien. Esto es lo que va a pasar. Después de sus clases, van a ir a la Sala de los Menesteres a ordenar cada cosa. Cada objeto, por mínimo que sea. Y tienen estrictamente prohibido usar la varita.

¿La Sala de los Menesteres? ¿Es una broma?

- ¿La Sala de los Menesteres? Pero ese lugar es enorme y está lleno de porquerías, nos tomará años - replicó Draco, indignado.

- En efecto, señor Malfoy. La Sala de los Menesteres está extremadamente desordenada y necesita ser organizada - dijo McGonagall, sin inmutarse -. Y con respecto al tiempo, tendrán todo el que necesiten. Mientras no terminen, ninguno de los dos tendrá permitido jugar Quidditch. Ni partidos, ni prácticas.

Sentí cómo se me caía el estómago. Tanto Draco como yo éramos buscadores de nuestros equipos.

- Pero, profesora, tenemos partido en dos semanas - intenté razonar.

McGonagall nos dedicó una sonrisa estricta.

- Entonces les recomiendo que se apresuren, muchachos. Pueden retirarse.

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