Capítulo 0 - Día a día

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El frío se me metía entre las costillas como agujas oxidadas.
Me desperté antes de que el sol terminara de trepar por encima de las colinas del este. La casucha donde dormíamos no tenía más que tres paredes de verdad; la cuarta era un montón de tablas podridas y pieles de conejo mal curtidas que dejaban pasar el viento. El techo de paja había aguantado el invierno anterior de milagro, pero ahora goteaba en tres sitios distintos cada vez que llovía. Aquella mañana el aire olía a tierra mojada y a humo lejano de alguna cocina del pueblo.
Pochita estaba enroscado contra mi estómago, temblando un poco. Le pasé la mano por el lomo, notando cómo las costillas le marcaban la piel. Estaba más flaco que la semana pasada. Yo también.
-Hoy igual encontramos algo bueno -le dije en voz baja.
Él solo movió la cola una vez, sin abrir los ojos.
Me levanté con cuidado para no pisar el charco que se había formado cerca de la entrada. El suelo de tierra apisonada estaba duro y agrietado en algunos sitios, blando y pegajoso en otros. Me puse la túnica que usaba para dormir (la misma que usaba para todo) y me ajusté la cuerda que me servía de cinturón. Los zapatos los tenía agujereados en la suela izquierda; cada paso sobre piedra mojada me mandaba un escalofrío directo hasta la rodilla.
Salí.
El cielo estaba de un gris sucio, como si alguien hubiera frotado ceniza sobre el azul. Más allá de los campos de centeno medio muertos se veían las primeras casas del pueblo: tejados de paja oscura, paredes de adobe agrietado, humo fino saliendo de algunas chimeneas. El camino que bajaba hasta allí era un surco de barro y piedras sueltas. A ambos lados crecían ortigas y cardos. El aire olía a estiércol, a madera quemada y a algo dulzón que venía de los manzanos silvestres que nadie se molestaba en podar.
Caminé despacio. Pochita trotó a mi lado, con esa forma torpe que tenía de moverse cuando aún no había comido nada. De vez en cuando se detenía a olfatear algún rastro en el barro, pero no encontraba nada interesante.
El pueblo ya estaba despierto cuando llegamos. Las mujeres sacudían mantas desde las ventanas. Un hombre gordo con el delantal manchado de sangre de cerdo afilaba un cuchillo sentado en un banquito frente a la carnicería. Dos niños perseguían a una gallina coja entre los charcos. Nadie me miró. Estaba acostumbrado. La gente del pueblo sabía quién era yo: el chico de la casucha de las afueras, el que hacía los trabajos que nadie más quería hacer.
Me dirigí primero al establo del señor Harald. El hombre tenía tres caballos y un burro viejo, y siempre necesitaba que alguien limpiara la mierda. Me pagaba con dos rebanadas de pan de centeno y, si estaba de buen humor, un trozo de queso duro. Aquel día no estaba de buen humor. Me miró por encima del hombro mientras yo trabajaba con la pala, y solo gruñó cuando terminé.
-Tira eso lejos -dijo, señalando el montón-. Y no dejes que ese animal entre otra vez al establo.
Pochita se había quedado en la puerta, sentado sobre sus patas traseras, mirando con esos ojos redondos y oscuros. Le hice una seña para que se alejara. Obedeció, aunque arrastrando las patas.
El pan estaba reseco. El queso sabía a humo y a cubo. Aun así, lo repartí con Pochita detrás de la herrería, donde el calor del fuego aún se sentía un poco. Me senté en un tronco caído y mastiqué despacio, intentando que cada bocado durara. Él comió más rápido, con esa urgencia nerviosa que siempre tenía, como si temiera que alguien se lo fuera a quitar.
Después fuimos al río.
El agua venía fría de las montañas. Me arrodillé en la orilla y me lavé la cara y el cuello. El frío me cortó la respiración un segundo. Me quité los zapatos y metí los pies. La corriente era fuerte; tenía que agarrarme a una raíz para no resbalar. El barro del fondo se me metió entre los dedos. Cuando terminé, me sequé como pude con el borde de la túnica y seguí caminando río arriba, buscando si había quedado alguna trampa de pesca de los días anteriores. Encontré una. Dentro había un pez pequeño, ya medio muerto. Lo saqué, le di un golpe contra una piedra y lo guardé en el saco de tela que llevaba al hombro.
Pochita ladró una vez, bajo, como aprobando.
El resto de la mañana la pasé ayudando a descargar sacos de harina en el molino. El molinero era un hombre alto y callado que casi nunca hablaba. Me pagó con un cuenco de gachas todavía calientes. Me las comí sentado en el umbral, con las piernas estiradas hacia el camino. El vapor me empañaba la cara. Por un momento, solo un momento, el frío dejó de molestarme.
A mediodía el cielo se abrió un poco. Un trozo de sol pálido cruzó entre las nubes y se posó sobre los tejados. Las gallinas cacarearon más fuerte. Alguien empezó a cantar en una casa lejana, una canción de las que se cantan mientras se cose. El olor a pan recién horneado llegó hasta donde yo estaba. Me quedé quieto oliéndolo, con los ojos entrecerrados.
Pochita se acostó a mi lado y apoyó la cabeza en mi muslo. Le rasqué detrás de las orejas. Su cola se movió despacio, una, dos, tres veces.
-Algún día -le dije- vamos a comer hasta que nos duela la panza. Carne de verdad. Pan blanco. Miel. Todo lo que queramos.
Él no contestó, claro. Solo suspiró, un sonido largo y cansado, y cerró los ojos.
El sol no duró mucho. Las nubes volvieron a cerrarse y el viento cambió de dirección, trayendo el olor húmedo del bosque que quedaba al norte del pueblo. Me levanté, me sacudí la túnica y empecé a caminar de regreso hacia la casucha. Todavía quedaban algunas tareas por la tarde: revisar las trampas de conejos, buscar leña seca, ver si el techo necesitaba algún arreglo antes de que volviera a llover.
El camino de vuelta se me hizo largo. El barro se pegaba a los zapatos. Pochita iba un poco detrás, olfateando cada raíz y cada piedra. De vez en cuando se detenía y miraba hacia el pueblo, como si esperara que alguien nos llamara.
Nadie lo hizo.
Cuando llegamos a la casucha, el viento ya había empezado a colarse por todas las grietas. Entré, dejé el saco con el pez en un rincón y me dejé caer sobre el montón de paja que usábamos de cama. Pochita se subió encima de mi pecho y se acomodó allí, como siempre. Su cuerpo era pequeño, pero el calor que daba era real.
Me quedé mirando el techo. Una gotera nueva había aparecido cerca de la esquina. La gota caía con un ritmo lento y constante sobre una olla oxidada que había puesto días atrás.
Cerré los ojos.
Afuera, el pueblo seguía con su ruido lejano de voces, de animales, de vida ordinaria. Adentro solo estaba el sonido de la respiración de Pochita y el goteo del agua.
Por ahora, eso era suficiente.

 El Hilo Rojo [Chainsaw man AU Medieval]Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora