Nunca entendí por qué, de todos los intentos, de todas las despedidas ensayadas frente al espejo, de todas las noches en las que cerré los ojos esperando no volver a abrirlos, jamás me morí.
Me preguntaba qué había más allá, porque aquí, en este lado de la vida, ya no lograba ver nada.
Hubo una noche en la que el oxígeno se volvió escaso, y yo me sentí extrañamente en paz. Como quien observa la marea alejarse sin intentar detenerla.
Y mientras el mundo se volvía distante, una pregunta permanecía inmóvil:
¿Por qué no lo logro?
La última vez fue hace nueve meses.
Desde entonces, no pasó un solo día en que no me sentara frente a mi reflejo a interrogar a la desconocida que vivía detrás de mis ojos.
¿Qué hago con esta ansiedad?
¿Qué hago con este vacío?
¿Cuál es mi propósito?
¿Cuál es el plan?
¿De qué sirve existir cuando no encuentras razones para quedarte?
Estaba muriendo.
No de la forma romántica que cuentan los poemas, sino lentamente, en silencio, mientras mi cuerpo seguía respirando y mi alma olvidaba cómo hacerlo.
Hasta que toqué fondo.
Y no hablo de la muerte.
Porque el verdadero fondo llegó después.
Llegó el día en que alguien más intentó arrebatarme la vida.
Yo tenía veinticuatro años y apenas dos días de haber cumplido veinticuatro.
Todavía recuerdo el miedo.
Todavía recuerdo la lucha.
Todavía recuerdo descubrir, en medio del caos, una verdad que jamás había querido admitir:
Yo sí quería vivir.
Lo comprendí cuando tuve que pelear por mi vida.
Lo comprendí cuando el instinto gritó más fuerte que la tristeza.
Lo comprendí cuando, por primera vez, la muerte dejó de parecer una salida y la vida se convirtió en algo que no quería perder.
Desde entonces me aferré a la idea de encontrar un propósito.
No encontré respuestas grandiosas.
No hubo fuegos artificiales.
No hubo revelaciones divinas.
Solo pequeños objetivos, modestos, humanos.
Y uno a uno, los fui cumpliendo.
Hoy, veinticinco de junio, puedo decir que he cumplido algunos de ellos.
Y aunque todavía no sé qué lugar ocupo en este universo, aunque algunas noches sigan pesando, aunque la tristeza aún toque mi puerta de vez en cuando,
hay algo que sí sé.
Ya no busco razones para morir.
Ahora busco razones para quedarme.
No soy la sirena que soñé ser cuando era niña.
La vida no resultó ser un cuento de hadas.
Pero hay algo más valioso que encontré entre las ruinas:
Me encontré a mí.
Y este amor que estoy aprendiendo a sentir por mi propia existencia, imperfecto, torpe, a veces tembloroso,
es genuino.
Es real.
Y por primera vez en mucho tiempo,
cuando el mundo se oscurece,
sé que no estoy sola.
Porque me tengo a mí misma.
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Cartografía de un océano
PoetryPorque existen tormentas que no me dejan ver. Porque existo y resisto Porque todos merecemos un día más. porque el alma libera poemas cuando no hay manera de decir te amo directamente. Porque muchas veces solo se necesita un café tres días y un al...
