(Narra Chloe)
Mierda.
Un día de mierda.
Mierda.
Madre iba a regañarme. Lo sabía perfectamente; el simple eco de sus tacones en el ala este de Auradon Prep ya era suficiente para ponerme los nervios de punta. Todo por culpa de Max. Sí, Max Hatter, el hijo del Sombrerero Loco, el chico que mi madre eligió para mí con una sonrisa rígida y ensayada.
"Ni pienses en terminar con él, es el caballero que siempre esperaste", me había dicho esa mañana en el desayuno, sirviéndose té como si mi vida amorosa fuera un decreto real.
¿Siempre? ¿Quién diablos dijo siempre? Lo único que yo siempre quise hacer era mandar sus tazas de té al fondo del foso del castillo. Anhelaba mi propia historia, no seguir el guión que mi madre, la reina perfecta, preparó meticulosamente para mí.
Con toda la furia contenida, salí de casa, solo para darme cuenta de que mi "caballero" ya me esperaba recostado en su auto para llegar como la pareja perfecta. Iba a ser un día horriblemente largo en Auradon Prep.
El trayecto en el carro fue una auténtica tortura, un silencio espeso e incómodo donde descubrí que, en realidad, no teníamos absolutamente nada en común. Él se esmeraba en tratarme "súper bien", abriéndome la puerta, preguntando por mis planes con esa amabilidad empalagosa que solo conseguía crisparme los nervios; y yo... yo solo me quedaba ahí sentada, sin saber cómo corresponderle ni fingir un interés que no existía. Porque la verdad era aplastante: no estaba enamorada de él. No de Max, ni de la vida que representaba.
Al llegar a la entrada, las miradas de los estudiantes no tardaron en posarse sobre nosotros. Para todos éramos eso, la estúpida definición de la pareja perfecta de la realeza. Caminamos juntos por los pasillos bajo un coro de susurros de aprobación que me daban náuseas, hasta que por fin Max se detuvo y me dejó en la cafetería.
No había probado bocado en todo el día debido a la brutal discusión que tuve con mi madre por la mañana. Con el estómago vacío y los nervios a flor de piel, llegué arrastrando los pies, sintiéndome completamente agotada, mental y físicamente. Lo único que quería era un rincón oscuro donde nadie me molestara, un espacio seguro donde no tuviera que fingir una sonrisa más.
No quería saber absolutamente nada de nadie. Y fue justo en ese maldito instante, con la paciencia reducida a cenizas, cuando todo explotó.
Caminaba sin mirar al frente, con la vista fija en el suelo y la mente hecha un nudo, hasta que chancué de golpe contra alguien. El impacto fue seco y desestabilizador; mis pies resbalaron y, en una fracción de segundo, caímos al piso juntas en medio de un estrépito metálico.
Un charco de café hirviendo, leche y restos de tazas rotas se desparramó por todo el suelo. Las bebidas que la becaria llevaba en la bandeja habían volado por los aires antes de estrellarse contra el piso, salpicando su ropa y la mía. El dolor del golpe se mezcló instantáneamente con una rabia ciega y visceral.
—¡Pero qué tienes, maldita estúpida! —le grité furiosa, incorporándome a medias mientras me sacudía la falda con asco, mirando los lamparones oscuros en mi ropa—. ¿Es que acaso no ves por dónde estás pasando, o tu cerebro de becaria ni para eso te alcanza? ¡Mira nada más lo que has hecho, idiota!
Me burlé con una mueca de desprecio, señalando su delantal empapado y su cabello revuelto, riéndome de su desgracia con la maldad que mi madre siempre aplaudía en los círculos de la alta sociedad.
Ella se quedó un segundo en silencio, apoyada sobre las manos en el suelo pegajoso, con los ojos brillándole de una forma extraña. Cuando alzó la vista hacia mí, supe que no iba a quedarse callada. Había una mezcla perfecta de tristeza y un enojo profundo latiendo en su mirada.
—Oye, baja la voz y bájale a tu maldita actitud de princesa intocable —escupió Hazel con la voz temblorosa por la rabia, limpiándose un poco de café de la mejilla con furia mientras se ponía de pie—. No ha sido mi intención, ¿okey? Yo venía trabajando y cargando con esto mientras tú ibas por la vida flotando en tu burbuja de cristal sin mirar a nadie. ¡Tú tampoco ibas fijándote por dónde caminabas, estúpida alcurnia!
Me quedé en seco. Nadie, absolutamente nadie en Auradon Prep, me había hablado jamás con ese tono, con esa fiereza tan cruda.
El escándalo en medio de la cafetería no tardó en atraer la atención equivocada. A los pocos segundos, el encargado del local, un hombre regordete con el delantal manchado y expresión de pocos amigos, se abrió paso a empujones entre los curiosos que se habían agolpado alrededor de nuestro charco de café.
—¿Qué está pasando aquí? ¡¿Qué es este desastre?! —exclamó el jefe, mirando furioso los restos de tazas rotas y luego posando sus ojos aterrorizados sobre mí—. ¡Oh, Alteza! ¿Se encuentra bien? ¿La ha lastimado esta... esta muchacha?
Yo seguía de pie, cruzada de brazos, con el ceño fruncido y intentando limpiar una mancha invisible de mi chaqueta, todavía hirviendo de ira.
—Pues claro que no estoy bien —le solté con desprecio, señalando a Hazel de mala manera—. Su empleada es una incompetente que no sabe caminar ni atender. Debería enseñarle un poco de modales antes de dejarla salir a servir a la gente.
El hombre palideció todavía más, inclinándose de inmediato en una reverencia exagerada y patética.
—Le pido mil disculpas, Princesa Chloe. Esto es inaceptable, se lo aseguro. —Luego giró bruscamente hacia Hazel, cambiando el tono sumiso por uno severo y desalmado—. ¡Hazel, estás despedida! No puedes gritarle así a los clientes y menos a una princesa. ¡Recoge tus cosas y vete ahora mismo!
Hazel abrió los ojos de par en par, con la incredulidad pintada en el rostro, mientras la sangre se le retiraba de las mejillas.
—¡¿Qué?! ¡Pero si ella tampoco iba mirando por dónde caminaba! ¡Yo no hice nada malo, solo me defendí! —protestó Hazel con la voz quebrada, dando un paso al frente sintiendo la injusticia quemándole en la garganta.
—¡No me importa! ¡¿Qué te sucede, te has vuelto loca?! ¡No puedes contestarle así a la realeza! —le gritó el jefe, cortándole cualquier oportunidad de defensa con un gesto despectivo—. Estás fuera. Está dicho.
El silencio se apoderó de golpe de toda la cafetería. Vi cómo los labios de Hazel empezaron a temblar ligeramente. Sus ojos marrones, que segundos antes echaban chispas de orgullo y rabia, se llenaron de lágrimas que amenazaban con desbordarse.
Me miró por una última vez antes de irse. Sus ojos llorosos se clavaron en los míos con una mezcla de dolor, traición y una profunda impotencia, y con un hilo de voz que apenas logró salir, me susurró:
—Gracias por nada, Chloe.
Dio media vuelta de inmediato, conteniendo un sollozo, y salió corriendo por la puerta trasera de la cocina, con los hombros encogidos y las manos hechas puños a los costados.
Me quedé ahí parada, con la mirada fija en el espacio vacío por donde se había ido. Los murmullos de la gente volvieron a sonar a mi alrededor y el jefe seguía disculpándose torpemente, pero yo ya no escuchaba nada. Por fuera seguía con el ceño fruncido, manteniendo mi fachada de princesa altanera y enojada, pero por dentro... una punzada extraña y pesada se me instaló de golpe en la boca del estómago. La imagen de sus ojos llorosos se grabó a la fuerza en mi cabeza, haciéndome sentir, por primera vez en el día, horriblemente mal.
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I wish you loved me less (charmwaves)
FanfictionChloe Charming lo tiene todo: belleza, estatus y la aprobación de su madre, la Reina. Su vida es un camino pavimentado hacia la perfección. Pero todo su mundo cuidadosamente construido comienza a desmoronarse cuando sus ojos se posan en Hazel
