Hace siglos, mucho antes de que existieran los grandes reinos, las guerras y las fronteras que dividían el mundo, todo comenzó con un pequeño destello de luz. Apareció en medio de una oscuridad infinita, tan pequeño que parecía imposible que pudiera cambiar algo. Sin embargo, aquella chispa comenzó a crecer. Primero iluminó el vacío y después se extendió lentamente hasta convertirse en un resplandor inmenso que dio forma a los mares, levantó las montañas y cubrió la tierra de bosques. De aquella misma luz surgieron los animales, las plantas y, finalmente, las primeras civilizaciones. Durante un tiempo, el mundo pareció un lugar perfecto. Los pueblos convivían en paz, compartían sus conocimientos y aprendían unos de otros. Pero aquella tranquilidad no duró para siempre. Con el nacimiento de las civilizaciones también nació la ambición. Los pueblos comenzaron a construir ciudades más grandes, murallas más altas y ejércitos más numerosos. Los gobernantes descubrieron que podían utilizar sus recursos para someter a otros y, cuando comprendieron que tenían el poder para hacerlo, comenzaron las conquistas.
Los reinos más poderosos invadieron a los más pequeños, saquearon sus tierras, destruyeron sus hogares y separaron familias enteras. Quienes intentaban resistirse eran castigados, mientras que aquellos que no podían defenderse eran olvidados. Al contemplar cómo su propia creación comenzaba a destruirse a sí misma, un grupo de hermanos, los creadores de aquel universo, decidió intervenir. Pensaron que, si cada civilización recibía un poder propio, los pueblos más débiles podrían defenderse de quienes intentaran conquistarlos. Sin embargo, el resultado fue completamente diferente. Algunos pueblos recibieron el poder del fuego, otros aprendieron a dominar la tierra y otros obtuvieron habilidades relacionadas con la energía. Poco a poco, aquellos que poseían los dones más destructivos comenzaron a utilizarlos para conquistar a los demás. Entre los pueblos más perseguidos se encontraban los Komera, conocidos por sus habilidades para sanar heridas, ayudar a los enfermos y devolver la vida a la vegetación. Eran un pueblo pacífico que jamás había buscado dominar a nadie, pero su bondad terminó convirtiéndose en su mayor debilidad. El Reino del Fuego, Eliot, comenzó a capturarlos y obligarlos a trabajar para la corona. Con el paso de los años, se estableció una ley cruel: cuando un niño Komera cumplía diez años, debía llevar un collar especial que limitaba sus habilidades e impedía que pudiera utilizarlas para escapar o rebelarse. Para los gobernantes de Eliot era simplemente una herramienta de control; para los Komera era una cadena que llevaban alrededor del cuello.
Con el paso de los siglos, Eliot se convirtió en uno de los reinos más poderosos del mundo. Sus murallas eran enormes, sus ejércitos numerosos y su influencia se extendía sobre grandes territorios. Y dentro de aquel reino vivía un niño destinado a heredar todo aquello: Rabbit, el príncipe heredero. Sin embargo, aunque todos esperaban que algún día se sentara en el trono, Rabbit no se sentía orgulloso de lo que significaba ser el hijo del rey. Desde pequeño había aprendido a temerle a su padre. El rey era una figura imponente, severa y respetada por todos. Cuando entraba en una habitación, las conversaciones se detenían y hasta los soldados más valientes bajaban la cabeza. Rabbit sabía que debía medir cada palabra cuando estaba cerca de él. Pero había algo que le preocupaba todavía más: la historia de su propia familia. Sabía que los reyes anteriores habían construido la grandeza de Eliot mediante guerras, conquistas y esclavitud. Cada vez que veía a un Komera usando uno de aquellos collares, sentía una extraña tristeza que no sabía explicar. Y mientras crecía, una pregunta comenzó a perseguirlo cada vez más.
¿Qué clase de rey quiero ser?
Aquella mañana, Rabbit se encontraba sentado en el salón de clases mientras el profesor Kinea explicaba la historia del reino. La luz del sol entraba por los enormes ventanales y caía sobre los pupitres de madera, mientras varios mapas antiguos cubrían las paredes. Rabbit observaba uno de ellos con atención. Las fronteras de Eliot estaban marcadas con tinta roja, extendiéndose sobre territorios que alguna vez habían pertenecido a otros pueblos. El príncipe imaginó cuántas familias habrían perdido sus hogares para que aquellas líneas pudieran existir.
